Acto XIX

© Irina Ionesco

MELIBEA.-  ¿Qué quieres que cante, amor mío? ¿Cómo cantaré, que tu deseo era el que regía mi son y hacía sonar mi canto? Pues, conseguida tu venida, desapareciose el deseo, destemplose el tono de mi voz. Y pues tú, señor, eres el dechado de cortesía y buena crianza, ¿cómo mandas a mi lengua hablar y no a tus manos que estén quedas? ¿Por qué no olvidas estas mañas? Mándalas estar sosegadas y dejar su enojoso uso y conversación incomportable. Cata, ángel mío, que así como me es agradable tu vista sosegada, me es enojoso tu riguroso trato. Tus honestas burlas me dan placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón. Deja estar mis ropas en su lugar y, si quieres ver si es el hábito de encima de seda o de paño, ¿para qué me tocas en la camisa, pues cierto es de lienzo? Holguemos y burlemos de otros mil modos que yo te mostraré, no me destroces ni maltrates como sueles. ¿Qué provecho te trae dañar mis vestiduras?

CALISTO.-  Señora, el que quiere comer el ave quita primero las plumas.

LUCRECIA.-  Mala landre me mate si más los escucho. ¿Vida es ésta? ¡Que me esté yo deshaciendo de dentera y ella esquivándose por que la rueguen!

Fernando de Rojas, Tragicomedia de Calisto y Melibea (h. 1502).

Demasiado peligro para sólo una vida

© Tamara Lichtenstein

 

Alcoba cerrada

Por detrás de la puerta,
guardado por cerrojos de silencio y de agua,
esperando, desnudo, tu cuerpo. Tibiamente,
mansamente desnudo, hermoso hasta el dolor.
No entraré a descubrirte.
No violaré el santuario de tu carne entreabierta.
Demasiado peligro para sólo una vida,
demasiado pecado para tan sólo un alma.

Josefa Parra, Alcoba del agua (2002).

Como cauce de un río

rita lino

© Rita Lino (Polaroid Diary)

Sed

La sed me devoraba; una sed tan ardiente,
que por todos los poros absorbiera humedad.
Mi cuerpo era un desierto de arena tan candente
que a empapar no bastara toda el agua del mar.

Y puse mi garganta como cauce de un río…
Y sobre ella pasó cantando, la corriente…
Toda verde en su fresco y alegre murmurío,
el agua acariciaba mi sequedad doliente.

Y bebí… bebí toda la linfa cristalina…
Y goteaba diamantes, de la cabeza al pie.
¡Ay! no bastó a mis ansias la fuente cantarina:
¡yo misma he de ser agua para apagar mi sed!

Luisa Luisi (Uruguay, 1883 – 1940). Poema recogido de la antología Volver, que ofrece una selección de poemas de seis autoras hispanoamericanas de finales del siglo XIX y principios del XX.

 

Para limpiar el pus de las heridas

'Amy' - Another November

© Laura Stevens

SIMPLEMENTE UN CUENTO

Me estoy quedando a solas con la muerte,
que recorre la casa mientras finjo que duermo.
A veces me contempla dulcemente,
como una madre al borde de mi cama,
y para no arrojarme de bruces en sus brazos
invento que alguien me necesita urgentemente.
Unas veces soy pan para el hambriento;
otras, sonrisa y algodón
para limpiar el pus de las heridas,
o simplemente un cuento
para dormir a un niño de la calle.
Y después soy un sueño, el vino y la guitarra,
para espantar el miedo del parado;
soy los ojos, la luz para los ciegos,
la esperanza para el desesperado,
una estrella en la noche más oscura
o nieve pura en medio del desierto.
Así engaño a la muerte y sigo viva.

Elvira Daudet, Del amor y sus frutos amargos (Antología 1956-2016). Bartleby Editores. 2017.

Elvira Daudet

Inquilino en mi sombra

© Ramón Batlles i Fontanet

INVIERNO

Con montones de nieve hice el contorno de tus letras,
edifiqué tu nombre en la altura;
luego salió el sol
y deshizo tu nombre convirtiéndolo en agua.

Acabo de beber tu nombre en el último charco.
Tu nombre me persigue
inquilino en mi sombra;
desapareceré,
y él estará a mi lado.

Gloria Fuertes, Poeta de guardia. Torremozas. 2013.