Otras efervescencias

Rápida reflexión sobre la enseñanza bilingüe

Hace algún tiempo apareció en la prensa un artículo de Javier Marías sobre el sistema de enseñanza bilingüe en los centros públicos de la Comunidad de Madrid. En él, el escritor denunciaba que se trata de una pésima modalidad porque los docentes no poseen el nivel de inglés adecuado, lo que les produce inseguridad a la hora de dar sus clases, de manera que tienen que recurrir constantemente al español para poder llevar a cabo ciertas explicaciones. A su vez, esto perjudica a los alumnos, pues ni aprenden los contenidos de la materia ni aprenden inglés. Si esto es realmente así (las fuentes en las que se basaba Marías eran amigos profesores o padres de alumnos, creo recordar), es fácil llegar a la conclusión de que se trata de un sistema pernicioso que debe ser revisado o cancelado. Tengo cierta experiencia como docente en centros bilingües, pero no dispongo de información tan precisa como para suscribir la tesis de Marías. Al contrario, los profesores que conozco, y con los que hablo a menudo en la sala de profesores (yo no doy mi asignatura en inglés), parecen tener una preparación adecuada, más que suficiente, y muestran una gran preocupación por su práctica docente.

Pero mi reflexión no está centrada en este aspecto —importantísima, sin duda, la formación del profesorado—, sino sobre otro que, a menudo, pasa desapercibido para todos los integrantes de la comunidad educativa, incluidos los padres y los propios alumnos: tengo la impresión de que el sistema bilingüe es un sistema perverso que está conduciendo, probablemente de forma involuntaria, a una segregación de los alumnos en función de su riqueza, de su situación social y de su encaje en el tipo de aprendizaje que se les exige (basado, fundamentalmente, en su capacidad para memorizar contenidos y reproducirlos en un examen, en el tiempo que deben dedicar en sus casas para hacer deberes y en la ayuda extraescolar que pueden recibir cuando los profesores no logran que los estudiantes aprendan en el aula).

Como saben, los centros bilingües tienen dos tipos de alumnos: los que cursan la modalidad bilingüe y los que cursan la modalidad en castellano. Todos ellos conviven en el mismo centro y tienen, además, los mismos profesores. No obstante, se dan unos hechos en los centros que conozco que deben hacernos desconfiar:

  1. Los alumnos de la modalidad bilingüe suelen obtener mejores notas.
  2. Los alumnos de la modalidad bilingüe tienen menos amonestaciones y menos castigos por faltas de disciplina.
  3. Más alumnos de la modalidad bilingüe traen los deberes hechos de casa.
  4. Los alumnos de la modalidad bilingüe disfrutan de más actividades fuera del centro (es mayor el número de alumnos de la modalidad en castellano que dicen no poder pagar el precio de dichas actividades).
  5. Es mayor el número de padres que piden cita con los profesores para conocer cómo marchan sus hijos en el instituto en la modalidad bilingüe.
  6. Los alumnos de la modalidad bilingüe tienen interiorizada la idea de que ellos son el «grupo de los buenos estudiantes».
  7. Los alumnos de la modalidad en castellano tienen interiorizada la idea de que ellos son el «grupo de los malos estudiantes».
  8. Algunos profesores se quejan más de los alumnos de la modalidad en castellano que de los alumnos de la modalidad bilingüe.
  9. Algunos profesores se lamentan de que sus alumnos de la modalidad en castellano no sean tan aplicados y obedientes como los alumnos de la modalidad bilingüe.

Me pregunto, entonces, si el bilingüismo no estará creando dos sistemas de enseñanza de calidad desigual; si la modalidad de estudios en castellano no se estará convirtiendo en un colector al que llegan los alumnos con mayores dificultades, los alumnos más desfavorecidos y los alumnos con mayor riesgo de fracaso y de exclusión; si no estaremos negando recursos a quienes más los necesitan; si no estaremos contribuyendo, como docentes, a aumentar las desigualdades bajo la ilusión, la máscara, de que nuestra profesión sirve para crear un mundo más justo y mejor.

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Memorias, Otras efervescencias

El niño suicida

De pequeño cogí fama de suicida. Nunca he sentido deseos de morir, y siempre he procurado no exponerme mucho a los peligros, al menos conscientemente. Con todo, todavía hay quien me pregunta alguna vez que cómo se me ocurrió lo de intentar ahorcarme. La cosa fue de este modo:
Era un sábado de hacia 1980 o así, es decir, tendría yo nueve o diez años. Estaba en casa viendo Sesión de tarde con unos amigos. Ponían una película de aventuras que bien podría haber sido de las protagonizadas por Errol Flynn o por Burt Lancaster. Una película de acción, golpes, espadas, etc. En una de las escenas finales apresaban al protagonista y lo llevaban a la horca, donde lo colgaban. Pero, cuando acudieron al rescate sus compañeros, que lo daban por muerto, resultó que no se había muerto y, finalmente, entre todos acababan derrotando a los malos.
Al terminar, salimos a la calle y, con la merienda en la mano, decidimos jugar a la película. Para la escena final, me subí a una piedra pequeña y me puse alrededor del cuello una cuerda de las de las balas de heno, alpacas las llaman, que colgaba clavada de una pared, con la mala suerte de que, acto seguido, resbalé y, aunque sólo me separaban del suelo unos pocos centímetros, fue distancia suficiente para que la cuerda se deslizase por mi cuello y me produjese una herida alrededor, una quemadura por la fricción. Sentí el escozor y me llevé la mano. Había muy poca sangre, pero me dolía mucho. Salí corriendo y llorando a casa, donde mi madre me curó la herida con agua y jabón.
Pero se corrió el rumor de que había intentado suicidarme y me ha quedado entre alguna gente fama de suicida a pesar de que haya explicado el caso muchas veces.
Cuando ahora alguien me recuerda el asunto, «¿Te acuerdas de cuando te quisiste colgar? ¡Mamaciña!», actúo como si estuviese arrepentido de semejante locura y suelo contestar con un «¡Ay, las cosas del amor, del desamor!».

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El niño pío

   «¿Dónde está el niño que fui?», se preguntan a menudo los poetas. Hoy por fin conocemos la respuesta: ese niño está en Twitter, tantos años silente. Vuelve a nacer, aprende a hablar de nuevo, mensajes breves, balbuceos desde su cuerpo adulto, con tanto pelo ya en los cojones o en el coño moreno o castaño o rubio o pelirrojo o depilado. No, me equivoco, no aprende a hablar: regresa a aquel lenguaje mediante el «baby talk», y, en vez de decir «sí», nos dice «chi» o dice «pupa» o pide mimos, tres ejemplos inocuos, sí, algo hay de ternura. La infancia perdida, cualquier tiempo pasado, la niñez con carrera, con máster, con trabajo. Ahora, sí, da gusto ser un crío. El niño travieso, gamberrete, un poco repeinado y relamido, sapientín. En su primera infancia, aquella con el cuerpo y con la mente por hacer, descubría el mundo, tomaba posesión de él, se enriquecía. Ese niño, hoy, destruye cuanto observa, cuanto le sale al paso. Y se ha vuelto fanfarrón. Como si no le quedase nada que aprender, otorga los diplomas del Grado en Cuñadismo y busca agravios desquiciado y busca aplausos, palmadas en el hombro, la mano de otros untándole la espalda, el lomo, tiralevitas, ¡ay! ¡Cómo son estos niños de ahora! La curiosidad se le ha vuelto vigilancia, quiero ver todo aquello que odio, porque, mirad, esto es lo que odio y esto y esto otro y también esto. No ama nada o no dice lo que ama, lo que anhela, lo que sueña; es un niño sin mente creadora, un niño destructor y destructivo. Busca, como digo, no aquello que le agrada, sino lo que le enfada y le molesta para hacer visibles su molestia y su enfado. Soy lo que me repugna. Es un niño chivato que parece feliz con el dolor ajeno que provoca el escarnio del punto delante de la arroba o diciéndole al jefe, al jefe del otro, que lo mande al paro porque no le gusta lo que el otro dice. Tan adulto y tan niño; en cierto modo, es un camino cortado, un Estado fallido, «es una fruta vana». A veces cuesta penetrar en la mente de un niño. Aunque igual me equivoco y, en realidad, no sea más que un adulto intentando follar, plumaje de urogallo, del ciervo la berrea, la llamada —tan bella— de la naturaleza.

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Arcipreste de Ítaca, Manual de instrucciones

Ars Amandi: Sexo y ropa.

     Ame a la mujer vestida. Localice sus partes desnudas y comience por ellas. La cara. Las mejillas tienen algo de fraternal o familiar que puede ser contraproducente, aunque, quién no ha tenido una prima que… Mejor los labios o la nariz o la barbilla o el cuello. Si no llevase guantes, podría besar sus manos con estilo aristocrático, y luego morder sus dedos o chuparlos mientras la mira a los ojos. También los de los pies si estuviese descalza (cosa que ocurre mucho en verano) y los tobillos. O ir piernas arriba, las rodillas. O el cuello o un hombro o un escote o un ombligo. Ame a la mujer vestida, y que vayan cayendo las prendas como se van desnudando los árboles en otoño: con naturalidad. El cuerpo desnudo que no ha sido desnudado pierde la gracia de la sorpresa, del descubrimiento. Y la ansiedad que produce no saber por dónde comenzar a besarlo.

También es recomendable toda la ropa, eso sí, contando con la ayuda de unos botones desabrochados o una cremallera bajada. Sea cuidadoso: es probable que a ella le guste ver cómo lo hace. Es un sexo urgente y pudoroso, un poco adolescente y un poco prohibido, un aquí te pillo de manos por entre los pantalones y las blusas, avanzando sobre capas de ropa interior, de gomas que aprietan los dedos, dedos que son como las raíces de un árbol que buscan la humedad de la tierra entre sus piernas. Usted ya me entiende. Posturas imposibles para hacer sitio, entrega, sometimiento de los cuerpos, escorzos, tensión. Es el deseo, que, como fuerza incontrolable, no está nada mal, punto de no retorno: cuando se pasa de risas a veras y se acabaron las tonterías. No subestime esta modalidad, y sea rudo y áspero cuando sus manos estén sobre la ropa, y delicado cuando estén sobre la piel. Es como ver con las manos, reconocer las formas mediante el tacto, visualizarlas pero no verlas. Es una gran responsabilidad. Los susurros atrevidos, algo indecorosos, pueden multiplicar el descontrol y adelantar el advenimiento. Usted tiene el control y debe decidir los tiempos. Como se aprende esto es con la práctica, con la interpretación de lo que va pidiendo un cuerpo cuando se estremece: más estremecimiento.

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Memorias

Un bautizo

      Después de la misa, cuando había bautizo, un grupo de niños nos juntábamos en la plaza esperando a que saliesen los familiares o, más concretamente, el padrino, que era quien llevaba la bolsa. A las primeras voces de ¡padrino, tacaño!, metía la mano en ella y comenzaba a lanzar al aire las monedas de peseta y de duro. Las tiraba de poco en poco para que durasen todo el camino hasta la casa donde había de celebrarse el banquete familiar. Caía al suelo el dinero, y los niños hacíamos tumulto para cogerlas entre un bosque de piernas y brazos, de zapatos y katiuskas, compitiendo muchas veces con algunos mayores, que también las querían y, quizás, las necesitasen más. Por su mayor altura, algunos las agarraban antes de tocar el suelo, en el aire, para nuestra frustración y enfado.

      En una ocasión, mientras esperábamos la salida de la comitiva, un grupo de hombres que bebían vino del malo en la plaza, tiraban pesetas al pastor del pueblo, como quien tiraba penaltis. El hombre permanecía atento y, desde una poca distancia, le lanzaban la moneda. Él se estiraba como el portero en el fútbol, la agarraba y caía contra el suelo de tierra y polvo; si no la agarraba a la primera, después del golpe se levantaba rápido y la buscaba a su alrededor. Algunos picardeaban, haciéndole creer que iba hacia un lado y luego tiraban hacia el otro. Gritaban ¡gol!, se reían, bebían de sus vasos y se pinchaban unos a otros para ver quién era el siguiente en gastar la moneda. El infeliz esperaba tenso, la boina calada,  fija la mirada en la moneda y en la mano. Cuando se cansaron, pidieron más vino y se pusieron a hablar de cosas de mayores mientras el pastor se volvía contando las monedas al monte donde había dejado el rebaño al cuidado de los perros.

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