En clase

©Tamara Lichtenstein

El otro día, unos pocos alumnos manifestaron en clase que se sentían desgraciados por el mero hecho de vivir. «¡Por qué he tenido que nacer!», se lamentaba uno. «¿Vivir para después morirte?», preguntaba otro. «Esto es una mierda, profe», afirmaba otra. Casi todos asentían. Se montó un pequeño guirigay existencial que yo, a pesar del ruido, no me atreví a parar; al contrario, me frotaba las manos para mis adentros y los dejaba decir. ¿Cómo iba a parar lo que tanto tiempo llevaba esperando? ¡Qué alegría al ver que van saliendo las preguntas! «¡Ahí os quería yo ver!», les dije mientras sonaba el final de la clase.

Preparé para el día siguiente tres poemas sencillos, fáciles, apropiados y bonitos. Nos sentamos formando un círculo y leímos. En primer lugar, «Vivo y mortal», de Blas de Otero. Después de comentarlo brevemente, seguimos con «Palabras para Julia», de José Agustín Goytisolo, y  acabamos la sesión con la lectura de «En paz», de Amado Nervo.

Los versos sonaban bellísimos por entre el silencio.

Notas rápidas sobre mi existencia en este siglo.

Comprended que no quiera vivir ni aquí ni ahora.
Mi mundo se acabó hace ya algunos años,
y vivo más por obligación
—criar una familia, pagar una hipoteca—
que por las ganas de seguir
hacia adelante.
¡Fue todo tan bonito a pesar del dolor!

Este mundo que piso,
en el que nada es verdad y a casi nadie importa
que todo sea mentira;
este mundo, profecía cumplida,
no es ya el mío ni me deja recuerdos.

Permitid que lo habite como un fantasma habita
las ruinas de una casa en la que fue feliz.
Dejadme vivir en los escombros.
No necesito más.
Quedaos con el resto, con el hoy y el mañana,
todo para vosotros,
metedlo donde os quepa,
dadle «like» y «me gusta»,
podéis ponerlo en Facebook,
haced lo que sepáis.

¡Dejadme!
Yo seré silencioso, no os meteré miedo, no asustaré a los niños
—¿queda algún pacifista, algún hippie hoy en día?—
Soy un fantasma bueno, un espíritu antiguo
ya para los modernos habitantes de ahora,
jóvenes de este siglo que empieza, que aborrezco.

(Sierra de Madrid, 24 de noviembre de 2019)

Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde

© Sakiko Nomura

Midnight Dreams

Anoche, estando solo y ya medio dormido,
mis sueños de otras épocas se me han aparecido.

Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías
y de felicidades que nunca han sido mías,

se fueron acercando en lentas procesiones
y de la alcoba oscura poblaron los rincones.

Hubo un silencio grave en todo el aposento
y en el reloj la péndola detúvose al momento.

La fragancia indecisa de un olor olvidado,
llegó como un fantasma y me habló del pasado.

Vi caras que la tumba desde hace tiempo esconde.
Y oí voces oídas ya no recuerdo dónde.

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Los sueños se acercaron y me vieron dormido,
se fueron alejando, sin hacerme rüido

y sin pisar los hilos sedosos de la alfombra,
y fueron deshaciéndose y hundiéndose en la sombra.

(José Asunción Silva, Bogotá, 1865-1896)

Aquí, en España

Michael David Adams
© Michael David Adams

«The basic tool for the manipulation of reality is the manipulation of words. If you can control the meaning of words, you can control the people who must use the words».
(Philip K. Dick)

 

La gente que nos gobierna, o, más certeramente, la gente (fundamentalmente si usa redes sociales), debería ser consciente del poder que tienen las palabras de la misma manera que es consciente del poder que tienen las armas de fuego. No decir, no matar. La paz está también —y sobre todo— en el silencio. Contenerse ante una idea como uno se contiene ante ante otra copa de vino, como uno se contiene ante las caderas desnundas que le han de llevar al abismo.
Los poetas —¡cuánta contención, cuánto silencio  hay en un poema!— quizás sean las personas más sensatas del mundo. Los poetas son las personas a las que menos caso se les hace.