No conectado

¿Qué es la vida?: un frenesí.

¿Qué es la vida?: una ilusión,

una sombra, una ficción;

y el mayor bien es pequeño,

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.                   (Calderón de la Barca, LVS, 2, II)

 

 

 

Segismundo era un hombre afortunado. Había heredado un piso de una tía rica, tenía un trabajo cómodo y estable, llegaba con holgura a fin de mes, jugaba al golf, se leía todas las revistas de tendencias, tenía buenos amigos, era guapo, lo consideraban muy atractivo y tenía mucho éxito a la hora de ligar. Estaba soltero y sexualmente se sentía “d) muy satisfecho“, según contestó una vez en una encuesta para el CIS.

Un día, Segismundo se abrió una cuenta en Hotmail para chatear. Se puso por nick Astolfo, se intercambió la dirección con amigos, con compañeros y con clientes, y los agregó a todos en el messenger. A él también lo agregó todo el mundo, pero se le hizo insoportable el hecho de que nadie le dijese nunca nada (ni un fugaz zumbido de cortesía), y se quitó la vida, la de Segismundo. Porque Astolfo sigue en la red, agregado y silencioso, como no conectado, esperando a que Segismundo inicie su sesión en cualquier momento.

De las matemáticas y otras efervescencias

 

Las penitencias calculadas

ArribaAbajo   Va a consultar a un padre jubilado
un joven frailecito,
de confesor ya aprobado,
y empieza el pobrecito
diciendo: – Yo quisiera  5
que Su Paternidad norma me diera
de aplicar penitencias competentes
a toda calidad de penitentes,
porque a las veces se me ofrece el caso
de no saber salir, padre, del paso.  10
– No se aflija por eso; tome y lea,
que en este papel va lo que desea.
Toma, se inclina y parte presuroso
con muy grande alegría,
y el manuscrito examinando ansioso  15
encuentra que su título decía:
«Lista de penitencias calculadas».
Acelerando entonces las pisadas,
a su confesionario marchó ufano
sin dejar el cuaderno de la mano,  20
y, según la tarifa, exactamente
va despachando a todo penitente.
Un quídam llega en esto y dice: – Padre,
yo tengo una comadre
alegre y juguetona de costumbre  25
y hallándola ayer sola,
el diablo, que no huelga, aplicó lumbre…
y por tres veces hice carambola.
El fraile, oyendo tal, baja la vista
y busca «carambolas» en su lista;  30
y ve que manda: «Al par de carambolas,
pues no es de general que vayan solas
y hacer dos es corriente y ordinario,
corresponde una parte de rosario».
Pierde entonces la flema  35
ante lo inesperado del problema:
pues siendo tres, dos partes no le cabe;
una es poco, y así qué hacer no sabe.
Pónese a discurrir y determina
una idea fácil y peregrina:  40
– Vaya, le dice, y busque a su comadre,
y que el hecho le cuadre o no le cuadre,
la cuarta carambola hágale al punto,
y por ésta y las otras de por junto,
con mucha devoción y gran sosiego,  45
dos partes de rosario rece luego.

Félix María de Samaniego, El jardín de Venus (h. finales s. XVIII).

Anécdotas vespertinas

Estaba leyendo tranquilamente en el despacho y me di cuenta de que llegaba a un punto poco claro para mí que decía así:

Sería el holomovimiento, el constante fluir del movimiento. Pero va más allá. Podríamos decir que, incluso en este nivel de pensamiento, existe una forma de verlo en la cual el vacío es pleno, ¿no es así? A lo que me refiero es que lo que llamamos hechos reales, en verdad no son más que minúsculas ondas que, si bien tienen su lugar, han usurpado el todo, el lugar del todo.

Dada la oscuridad del concepto (y ante el temor de que se me llenase el despacho de lechuzas y murciélagos, o de que se me presentase la Santa Compaña) decidí salir a echar un cigarrillo a la calle, donde sobre el azul infinito brillaba el sol, el cual templaba e iluminaba los cuerpos adolescentemente bellos de dos muchachas que fumaban sumergidas en una conversación privada que no pude -a mi pesar- dejar de oír ni escuchar:

¿Sabes? Es como algo que no deseas para nada que ocurra, pero que tienes que estar segura que [sic] la otra persona está dispuesta a hacer. ¿Sabes? ¡Y no! ¡Para nada! ¿Verdad? Una ralladura, o sea. ¿Sabes? ¿Verdad? Pero que no quiero que eso ocurra nunca, pero sí quiero estar segura que [sic] está dispuesto a hacerlo.

Ya ni fumé ni hostias. Me di la vuelta y, más confundido todavía de lo que me había dejado David Bohm, me fui a la máquina del café y arrimé la oreja para que me dijera con su dulcísima voz cibernética al oído:

 Su café cortado. Gracias.

-Sin duda, esta máquina ha leído a Cervantes, dije yo para mí.

N. del A.: Lo de los murciélagos y las lechuzas es de Quevedo, y puede leerse en La hora de todos o La fortuna con seso.