Anécdotas vespertinas

Estaba leyendo tranquilamente en el despacho y me di cuenta de que llegaba a un punto poco claro para mí que decía así:

Sería el holomovimiento, el constante fluir del movimiento. Pero va más allá. Podríamos decir que, incluso en este nivel de pensamiento, existe una forma de verlo en la cual el vacío es pleno, ¿no es así? A lo que me refiero es que lo que llamamos hechos reales, en verdad no son más que minúsculas ondas que, si bien tienen su lugar, han usurpado el todo, el lugar del todo.

Dada la oscuridad del concepto (y ante el temor de que se me llenase el despacho de lechuzas y murciélagos, o de que se me presentase la Santa Compaña) decidí salir a echar un cigarrillo a la calle, donde sobre el azul infinito brillaba el sol, el cual templaba e iluminaba los cuerpos adolescentemente bellos de dos muchachas que fumaban sumergidas en una conversación privada que no pude -a mi pesar- dejar de oír ni escuchar:

¿Sabes? Es como algo que no deseas para nada que ocurra, pero que tienes que estar segura que [sic] la otra persona está dispuesta a hacer. ¿Sabes? ¡Y no! ¡Para nada! ¿Verdad? Una ralladura, o sea. ¿Sabes? ¿Verdad? Pero que no quiero que eso ocurra nunca, pero sí quiero estar segura que [sic] está dispuesto a hacerlo.

Ya ni fumé ni hostias. Me di la vuelta y, más confundido todavía de lo que me había dejado David Bohm, me fui a la máquina del café y arrimé la oreja para que me dijera con su dulcísima voz cibernética al oído:

 Su café cortado. Gracias.

-Sin duda, esta máquina ha leído a Cervantes, dije yo para mí.

N. del A.: Lo de los murciélagos y las lechuzas es de Quevedo, y puede leerse en La hora de todos o La fortuna con seso.

9 comentarios sobre “Anécdotas vespertinas

  1. Se que no me he presentado y que seguramente a nadie le importe, pero me he caido sin querer en este post y me ha encantado. Sobre todo porque he tenido una experiencia parecida esta mañana. (en realidad, no se parecía mucho, pero me ha gustado el post).
    No molesto mas.
    ah, la cafetera de mi oficina no habla. al menos a mi. pero esque yo le doy mas al te…

  2. Se que no me he presentado y que seguramente a nadie le importe, pero me he caido sin querer en este post y me ha encantado. Sobre todo porque he tenido una experiencia parecida esta mañana. (en realidad, no se parecía mucho, pero me ha gustado el post).
    No molesto mas.
    ah, la cafetera de mi oficina no habla. al menos a mi. pero es que yo le doy mas al te…

  3. También es una lástima que acabemos teniendo conversaciones mas coherentes con la máquina del café, la que nos vende los cigarrillos, la que nos sirve la gasolina… No me extraña que el mundo vaya como va.
    Menos mal que nos quedan estos desahogos blogueros para echarnos unas risas.

  4. Yo ni siquiera tengo máquina de café…
    Así que escucho música todo el día y hablo en voz alta conmigo misma.
    Eso sí, mi ventana a la realidad está cuando vuelvo a casa en el metro, aplastada contra las conversaciones (imposible no oirlas) de los demás.
    Saúdos.

  5. Escribes francamente bien y además tienes gracia y esto último ya no es tan fácil. La cultura y la disciplina pueden ayudar mucho en la literatura pero tener esa chispa, saber encontrar el punto justo no es cuestión de disciplina.
    Me permites que te haga una pregunta. ¿Has escrito algún libro? Si fuera así, me gustaría saber dónde puedo encontrarlo para leerlo.

    Y ya que estoy metida en harina sigo ¿te importaría que figurase, entre mis favoritos, tu blog? Por favor, contestáme.

  6. Hola, Francisca. Mucha sgracias por los piropos. Estoy ahora rojo como un tomate.
    No he escrito ningún libro, ¡ya me gustaría saber hacerlo! No debe de ser nada fácil. Además, seguro que la SGAE me acusaría de “intertextualidad” y tendría problemas, porque es muy probable que dicho libro comenzase así, con Quevedo, la primera en la frente:

    Miré los muros de la patria mía,
    si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
    de la carrera de la edad cansados,
    por quien caduca ya su valentía.

    Salíme al campo, vi que el sol bebía
    los arroyos del yelo desatados,
    y del monte quejosos los ganados,
    que con sombras hurtó su luz al día.

    Entré en mi casa; vi que, amancillada,
    de anciana habitación era despojos;
    mi báculo, más corvo y menos fuerte;

    vencida de la edad sentí mi espada.
    Y no hallé cosa en que poner los ojos
    que no fuese recuerdo de la muerte.

    Por cierto, si escribiese algún día algún libro, ten por seguro que podrías encontrarlo en esta página y descargártelo y reenviarlo y fotocopiarlo y plagiarlo y mejorarlo y regalarlo, además de leerlo. Y te saldría gratis.

    Puedes ponerme en tus favoritos o donde desees, que sin duda estaré muy cómodo dada la amabilidad que demuestras, etc.
    Saludos.

  7. Saudade, voy a confesarte un secreto:
    la máquina del café de donde estoy yo tampoco habla. Pero es que me estropeaba el post…
    La realidad del metro, sí. Y ahora que llega el calor, la olorosa realidad del metro. No sé cómo somos capaces de amarnos los unos a los otros ¡con lo mal que olemos!
    Saúdos. Apertas.

  8. Probablemente gracias al desodorante, o no, o tal vez por lo mal que olemos. ¿Sabes? Mi cafetera sí habla. Da órdenes. ¿Si no cómo iba a poner yo el café por las mañanas? Que cosas tienes Señor Duarte. Por cierto, o sea, me parece super super fuerte que abandonaras al pobre último cigarrillo del día por las ralladuras de unas niñas. Me parece super super empatico. O super super sabio. En fin, me super super voy antes de gastar la palabra super.
    Besiños

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