Del Photoshop y otras efervescencias

Resulta que los de Playboy han querido quitar las imperfecciones de una de sus modelos brasileñas y, ya picados, le han quitado hasta el ombligo, aunque fue por error. Vendieron, con todo, 605.000 ejemplares. Pero la gente no cayó en el detalle, pues ya sabemos todos que los lectores compran el Playboy por sus rigurosos ensayos acerca de la física y de la mecánica cuánticas.

photoshop

La competensia

Nunca llegué a pensar que pudiera existir un periódico en internet más desinformativo que la Libertad Digital de Losantos. Pero todo es superable en esta vida. El plural, de Enric Sopena, gana en el fondo y en la forma, aunque sea más cutre. Lo más destacable de esta inmundicia digital es lo de sus respectivos nombres. Ambas palabras -‘libertad’ en uno y ‘plural’ en el otro- se despojan de su significado en el diccionario para convertirse en sinónimos de ‘indecencia’, de ‘degeneración’, de ‘brutalidad’, de ‘estulticia’, de ‘mentira’, de etcétera. Pero la culpa es mía por leerlos, aunque sea por encima.

-¿Y por qué los lee, Duarte?

-Por vicio; por puro vicio.

Photoshop del tiempo perdido

La Vida se aparece como un sueño
en nuestra infancia… Luego despertamos
a verla, y caminamos
el encanto buscándole risueño
que primero soñamos;
… y, como no lo hallamos,
buscándolo seguimos,
hasta que para siempre nos dormimos.

Manuel Machado, Ars moriendi.  

Estimados señores:

El motivo de la presente es informarles de los fatales acontecimientos producidos durante el día de ayer, algunos de los cuales considero gravemente equivocados y completamente perjudiciales para mi persona o lo que quede de ella. Paso, a continuación, a relatarle brevemente dichos acontecimientos:

  1. A las 8:34:27 a.m. de ayer, jueves 14 de junio de 2007, sentí un desmayo consciente, entre agradable y misterioso, es decir, seductor, que me obligó a interrumpir mi paseo matinal y a sentarme bajo un roble que en el camino había.
  2. A las 8:36:12 a.m. noté cómo ese desmayo era más intenso y cómo mi consciencia era cada vez más clarividente. Cuanto menos sentía el cuerpo, mayor era la lucidez de mis pensamientos.
  3. A las 8:37:01 a.m., en virtud de la Orden Ministerial 115/33, pude ver mi vida pasar como en diapositivas.
  4. A las 8:37:02, cumpliendo mi obligación, fallecí, me salí del cuerpo yacente y fui hacia la luz.
  5. En estos momentos, celebrado ya mi juicio,  me encuentro a la espera de que se dicte sentencia sobre mi vida, sentado en la orilla de un lago.

Sobre los puntos 1, 2, 4 y 5 no tengo nada que objetar, pues en ningún momento hubo sufrimiento alguno y todo se desarrolló según nos habían enseñado durante las clases de preparación para el tránsito, el año pasado. Sin embargo, pongo en su conocimiento que el punto 3 —que con tanto mimo y dedicación he venido preparando durante todos estos años— ha resultado estar equivocado. Con el debido respeto, quisiera aclarar lo siguiente:

a)      Lo de enseñarle el culo al director del cole fue en el mes de mayo, no en el de enero, con el frío que hace.

b)      Me muestran ustedes el recuerdo de aquello que hice como si fuese algo bello y han omitido todo el capítulo del cura sobre la masturbación, el pecado y el Infierno.

c)      No estábamos comentando ningún libro de Antonio Gala cuando nos conocimos, sino ¡a Salinas!, La voz a ti debida,

Porque si tú me llamas
«¡si me llamaras, sí, si me llamaras!»
será desde un milagro,
incógnito, sin verlo.
Nunca desde los labios que te beso,
nunca
desde la voz que dice: «No te vayas».

Por tanto, considerando que se ha producido por parte de la Administración un error que me afecta gravemente y que no puedo solucionar por mis propios medios, solicito de ustedes que me sea devuelta la vida a las 8:34:27 a.m. del día 14 de junio de 2007 y que todo el proceso de tránsito vuelva a comenzar, subsanándose los errores relativos al punto 3 de dicho proceso.

Atentamente,

D. M.

Kafkiano

ANTE LA LEY

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.

Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:

Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.

¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.

Todos buscan la Ley–, dice el hombre. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras:

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora la cerraré.

F. Kafka, El libro del hambre.