No pienso llamarlo ‘sexo’

Se me ha vestido, con los años,

de novia la cabeza.

Just for men no me llama,

querida Lady Grecian.

La curva de tus labios aún me excita;

sigue anotado entre mis folios

aquel beso.

Tus piernas tras la falda

me siguen atrayendo.

Tu mar, la mer,

toujours recommencée,

no llega a ahogarme

y navego;

tu piel, tan salpicada,

es un espejo

en el que se refleja el firmamento.

Tu pelo me señala

la dirección del viento.

Tus pechos se endurecen

con mis manos

y suspiras,

y de tus gritos yo respiro el aliento.

(Del Diario impersonal del Arcipreste de Ítaca, vividor, tarambana y sabio)

Cuando me paro a contemplar mi estado

C

umples la semana que viene treinta y seis años. Treinta y seis, y tal vez te encuentres, como Dante, nel mezzo del cammin di nostra vita, y buscas el lasciate ogni speranza, voi ch’intrate entre los carteles publicitarios y los neones, entre las caderas tatuadas, en las páginas de los periódicos, en los televisores del metro y en el cuadro que devuelve el espejo del ascensor. Te gustaría parar un momento, ¿verdad?, para entenderlo. Todo te ha pillado por sorpresa, como quien dice. Te gustaría saber quién eres tú, más allá de los nombres y de los hombres, conocer lo que está en lo hondo, donde tú ya no eres Duarte ni eres E ni eres nadie; donde ocurrieron y ocurren y ocurrirán las cosas todas a la vez sin tiempo que lo impida; donde no tienes sexo ni lenguaje ni voz. Donde no hay posesiones, donde otros no llegan, donde sólo estás tú, tan bien acompañado de tu propia ausencia. Te gustaría parar un momento, ¿verdad?, para entenderlo. Pero no se puede parar. Nadie puede pararlo. Por eso lo escribes. Así comprenderás. Treinta y seis años. Los más mayores te dirán ¡un crío!, pero sabes que ellos también lo llevan en el pecho y les duele lo mismo. Eso no te consuela. Lo mejor es celebrarlo. ¡Y qué mejor regalo…!

De Adriano

A

driano crece y juega y ríe y llora y aprende y me tira de las orejas y me mete el dedo en la nariz y me llama cuando estoy ocupado y tira de mi mano para que lo acompañe y no quiere comer la fruta —¡no, no, no, no no!y sus pedos huelen fatal y me echa sonrisas y descoloca los libros y le encanta encender el lavavajillas y me tira besos desde lejos y no quiere salirse de la bañera y lanza por el balcón mis cosas a la calle y me hace pedorretas y se alegra de verme y me ha dicho V que metió una galleta maría en el dvd y le gusta buscar la Luna en el cielo y encuentra todos los aviones y le duelen los dientes y se pone mimoso y nos vamos a la camita y me tumbo con él y se queda dormido contra mí y si me voy de la habitación me llama y me señala con su mano el lugar donde quiere que me tumbe, a su lado, a su ladito. Y se vuelve a dormir, cubierto de besos, de besitos.

Es el hombre de mi vida.

Del nudo en el estómago

E

l amor crea un pasado como por encantamiento y nos rodea de él. Nos da, por así decirlo, la conciencia de haber vivido durante años con un ser que no hace mucho nos resultaba casi extraño. El amor es sólo un punto luminoso, y sin embargo parece apoderarse del tiempo. Hace unos días no existía, pronto dejará de existir, pero mientras existe, expande su luz tanto sobre la época que lo ha precedido como sobre la que debe seguirlo. 

Benjamin Constant, Adolphe (1816).