De la amistad

Pese a que Leopoldo B. y Federico N. aparentaban una amistad cordial, se odiaban ferozmente. Nadie conocía esta enemistad entre ellos, la cual se vino consolidando durante la última década por motivos que no vienen al caso en esta historia.

Una noche, Federico quiso experimentar hasta dónde podría llegar Leopoldo y hasta dónde podría llegar él mismo, por lo que provocó una discusión envenenada, fruto de la cual Leopoldo le arreó un certero puñetazo en la mandíbula y lo tiró al suelo de la cocina, contra el que se dio un golpe seco en la cabeza. Federico no sufrió más daño que el que se puede imaginar el lector, pero decidió hacerse el muerto para ver si conseguía arrancar del rostro de su agresor algún signo de arrepentimiento, de tristeza o de amor. Aprovechando su conocimiento de las técnicas de respiración que había aprendido en el curso de yoga, se relajó y redujo su ritmo respiratorio a intervalos de tres minutos, de manera que Leopoldo se imaginase lo peor.

Federico, abriendo los ojos de manera imperceptible, veía cómo Leopoldo lo miraba desconcertado. Vio cómo sacaba su pañuelo de la chaqueta y creyó, soberbio, que las lágrimas aparecerían acto seguido. Pero Leopoldo, lejos de llorar, enrolló su pañuelo, se agachó, juntó las manos de Federico y se las ató. Federico disfrutaba del engaño y se reafirmaba en el odio hacia su amigo. Después, Leopoldo arrastró de los pies a Federico y lo llevó al salón, donde lo colocó sobre la alfombra. Federico permanecía callado y quieto, lleno de curiosidad y enfadado por no apreciar en su agresor signos de dolor. Luego observó cómo comenzaba a enrollarlo en la alfombra, dándole vueltas y más vueltas. Federico se asustó y sintió miedo, pero la presión de la alfombra sobre su cuerpo le impedía ya hacer cualquier movimiento y emitir cualquier sonido. Notó aterrorizado cómo ataba con una cuerda la alfombra y cómo la cargaba sobre sus espaldas. Sintió cómo bajaba las escaleras y cómo abría el maletero del coche, donde depositó la alfombra con él dentro. Oyó el ruido del motor y de la puerta automática del garaje.

Federico nunca supo nada más de sí mismo. Y nadie supo nunca nada más de Federico, pero todos acompañaron en el dolor a Leopoldo, extrañadísimo por la desaparición de su amigo y tristísimo por haber sido abandonado.

10 comentarios

  1. Siempre he dicho que hay cosas con las que es mejor no bromear…

    Un saludo!

  2. Y no hay curiosidad más perniciosa que la de aquéllos que desean investigar la parte humana del ser humano.

  3. Menos mal que eran amigos…..

  4. La Uge

    Lo tenías que haber titulado “De la amistad y otras efervescencias”.

  5. Los humanos no tenemos parte humana, Duarte.

  6. La Uge

    Como arriba no dejas hacer comentarios, lo hago aquí. Con la imagen que has puesto queda clarísimo que “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve” (lo dijo Machado).

  7. Laura

    Me parece genial, qué buena historia, qué bien contada y cómo me la creo (por desgracia).

  8. Qué bueno, lo que más me gusta: “Federico nunca supo nada más de sí mismo”.

  9. Qué bueno, lo que más me gusta: “Federico nunca supo nada más de sí mismo”.

    Laura, me dejas pensativa, leches: ¿has matado a alguien? ¡¿te han matado a ti?! ¡¡¿Tienes algún amigo cordial al que odias ferozmente?!! Si no lo conozco no me lo presentes 😛

  10. Hola a todos, muy queridos. A mí lo que más me llama la atención es que la policía no haya descubierto nada. Supongo que estarán muy liados protegiendo los intereses de la SGAE, o algo así.

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