De las ovejas negras

Estaba yo rememorando en el balcón unos versos de Jaime Gil de Biedma y me dio por pensar que tal vez Jaime Gil de Biedma tuviera en vida algún parentesco con Esperanza Aguirre Gil de lo mismo.  No lo sé, pero el caso es que a Jaime Gil de Biedma le pega mucho tener en la familia a Esperanza Aguirre (él, tan decadente, tan venido a menos, tan artista, tan genial, tan poeta).

-Duarte, ¿y ella?

-Ella… tan así…

-Así ¿cómo?

-Así… no sé… Tan así… 

De la amistad

Pese a que Leopoldo B. y Federico N. aparentaban una amistad cordial, se odiaban ferozmente. Nadie conocía esta enemistad entre ellos, la cual se vino consolidando durante la última década por motivos que no vienen al caso en esta historia.

Una noche, Federico quiso experimentar hasta dónde podría llegar Leopoldo y hasta dónde podría llegar él mismo, por lo que provocó una discusión envenenada, fruto de la cual Leopoldo le arreó un certero puñetazo en la mandíbula y lo tiró al suelo de la cocina, contra el que se dio un golpe seco en la cabeza. Federico no sufrió más daño que el que se puede imaginar el lector, pero decidió hacerse el muerto para ver si conseguía arrancar del rostro de su agresor algún signo de arrepentimiento, de tristeza o de amor. Aprovechando su conocimiento de las técnicas de respiración que había aprendido en el curso de yoga, se relajó y redujo su ritmo respiratorio a intervalos de tres minutos, de manera que Leopoldo se imaginase lo peor.

Federico, abriendo los ojos de manera imperceptible, veía cómo Leopoldo lo miraba desconcertado. Vio cómo sacaba su pañuelo de la chaqueta y creyó, soberbio, que las lágrimas aparecerían acto seguido. Pero Leopoldo, lejos de llorar, enrolló su pañuelo, se agachó, juntó las manos de Federico y se las ató. Federico disfrutaba del engaño y se reafirmaba en el odio hacia su amigo. Después, Leopoldo arrastró de los pies a Federico y lo llevó al salón, donde lo colocó sobre la alfombra. Federico permanecía callado y quieto, lleno de curiosidad y enfadado por no apreciar en su agresor signos de dolor. Luego observó cómo comenzaba a enrollarlo en la alfombra, dándole vueltas y más vueltas. Federico se asustó y sintió miedo, pero la presión de la alfombra sobre su cuerpo le impedía ya hacer cualquier movimiento y emitir cualquier sonido. Notó aterrorizado cómo ataba con una cuerda la alfombra y cómo la cargaba sobre sus espaldas. Sintió cómo bajaba las escaleras y cómo abría el maletero del coche, donde depositó la alfombra con él dentro. Oyó el ruido del motor y de la puerta automática del garaje.

Federico nunca supo nada más de sí mismo. Y nadie supo nunca nada más de Federico, pero todos acompañaron en el dolor a Leopoldo, extrañadísimo por la desaparición de su amigo y tristísimo por haber sido abandonado.

De los requiebros amorosos

C

uando una mujer pasa junto a una piara de hombres suele haber entre ellos unanimidad a la hora de decidir si se le suelta piropo o no. Existe, digo, una unanimidad de fondo; sin embargo, en la forma hay discrepancias que, por lo menos en lo geográfico, alejan a los miembros de la manada entre sí, pues unos dicen que pondrían a la piropeada mujer mirando a Pamplona, otros mirando a Zaragoza, otros a Tafalla, otros a Cuenca, otros a Formentera, otros a Navalcarnero; pa Chamberí los más castizos… Otros dicen que mirando a Benidorm y otros, más europeístas, que mirando a Bruselas.

—¡Mirando pa tu puta madre, impotente!, le contestó una vez una mujer a un compañero de trabajo que tuve.

Lo que más le dolió fue lo de impotente, palabra que parece que ningún hombre quisiera escuchar referido a sí mismo de la boca de una mujer, más por deshonor que por otra cosa. Tal vez fuera por cosa del honor por lo que esa misma tarde mi querido compañero decidiera irse de putas y se lo pasara a lo grande, según nos contó a todos al día siguiente por la mañana mientras tomábamos café en el bar.