Don Lenocinio va a misa de Adviento

Se cuenta que una vez, al contrario que Pablos, Don Lenocinio decidió no mudar de lugar pero sí de vida y costumbres,  para lo cual optó por hacerse decente y acudir, lo primero de todo, a misa. Se duchó, se afeitó, se peinó, se atusó bien el bigote y se puso su ropa de los domingos. También sacó algo de brillo a las partes de sus zapatos que todavía conservaban la capacidad de brillar.

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Lenocinio Vivales acude a un velatorio

A Lolita —¡vaite á merda!—, in memoriam

 

En una ocasión, durante unas vacaciones en su pueblo, don Lenocinio no tuvo más remedio que acudir a un velatorio a Vinhais, a unos pocos kilómetros, pero ya en Portugal. Y como durante el trayecto hasta allí había parado en todos los bares que había al pie de la carretera (y en todos ellos había tomado una copa de Porto por lo menos), cuando llegó a la casa del difunto llevaba ya los pies redondos y la camisa por fuera.

Entró, miró y vio al fondo de la habitación donde estaba la caja a unos de su pueblo, y decidió acercárseles para que le dijeran quiénes eran los del pésame. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, porque quiere la mala suerte que en esta zona de Trás-os-Montes tienen la costumbre inexplicable de presentar al finado dentro del ataúd pero sentado, de tal manera que parecía aquel señor un pasajero de Caronte, no digo más. Y don Lenocinio, que de camino a los de su pueblo ya había advertido la novedad mortuoria, desinhibido por su no saber estar, por su ignorancia, y empujado por la embriaguez, superándose a sí mismo se dirigió junto al muerto sedente y le dio la mano y unas palmaditas en la espalda, y le dijo en voz alta al oído, como si estuviese sordo: ¡A mí espéreme vocé muchos años!; palabras y ademanes que a casi nadie gustaron y que fueron la causa de que en torno a don Lenocinio se juntase un grupo no pequeño de ultrajados y dignísimos parientes y amigos que le pidieron explicaciones por su comportamiento después de que lo hubieron molido y escarmentado.

Lenocinio Vivales va a la discoteca

Un día acudió don Lenocinio a una discoteca de alto copete en la que un su amigo de la mili trabajaba como camarero desde hacía unos días, y le había prometido unas copas gratis.

Don Lenocinio se puso muy contento. Incluso le pareció un privilegio y un signo de distinción entrar por la puerta de servicio, la cual daba acceso, primero que a la discoteca, al almacén, estancia en la que sólo los clientes más selectos eran bienvenidos. Como había allí más rayas que en un cuadro de Miró, a don Lenocinio, viendo el festín, le dio por decirle a su amigo el camarero en altísima voz: ¡Joder, cómo viven los ricos!, y luego soltó una carcajada nada discreta. Por este motivo, justo antes de entrar a la discoteca propiamente dicha, los de seguridad lo invitaron a marcharse de allí alegando que aquel lugar no era para groseros ni indecentes como él. Don Lenocinio declinó la invitación por la tercera, como mare, maris. Pero se equivocó, porque la invitación a irse era solamente para él, y mare, maris es parisílabo. Así que, además de darle unas hostias como panes, le pusieron un cero en Latín.

Genio y figura de don Lenocinio Vivales

Don Lenocinio detallaba con presunción cómo se había acostado con un sinfín de mujeres. Luego decía a carcajadas que jamás se había levantado con ninguna de ellas, que sólo con su mujer. Después —todo a la vez— miraba el reloj, sorbía la copa, apuraba el cigarrillo hasta casi quemarse el bigote y se rascaba el culo. Finalmente, pedía cambio al camarero para seguir echando monedas a la máquina.