Don Lenocinio va a misa de Adviento

Se cuenta que una vez, al contrario que Pablos, Don Lenocinio decidió no mudar de lugar pero sí de vida y costumbres,  para lo cual optó por hacerse decente y acudir, lo primero de todo, a misa. Se duchó, se afeitó, se peinó, se atusó bien el bigote y se puso su ropa de los domingos. También sacó algo de brillo a las partes de sus zapatos que todavía conservaban la capacidad de brillar.

Para que el café no lo arrastrase después al aguardiente y éste a su vez a la borrachera, prefirió no tomarlo. ¡Desayuno mediterráneo!, pensó contento, y se preparó un zumo con unas naranjas algo mohosas que tenía en la despensa, el cual fue bebiendo mientras se comía un tarro de abruños en aceite de oliva virgen. Y al acabar se fue a misa.

Como nunca había sido muy asiduo, no quiso quitarle el asiento a ningún devoto que se lo mereciera más que él, y se quedó de pie en la parte de los reclinatorios, acompañado de su mala sombra, porque resultó que, al poco de empezada la liturgia, la mezcla —a quién se le ocurre— de naranjas y abruños junto con el aceite de oliva desencadenó en su aparato digestivo las reacciones químicas que eran de esperar, y sus tripas comenzaron a sonar y se puso muy pálido y empezó a encontrarse mal pero que muy mal. Fatal, con ganas de llorar y  consciente de que no era descartable una desgracia.

Para cuando tocó arrodillarse, don Lenocinio había pegado un bajón tan grande que tuvo que hacerlo muy lentamente, despacísimo, con mucho cuidado de no forzar ningún músculo insurgente, de tal forma que cuando terminó de ponerse de rodillas, tocaba ya levantarse, movimiento que ni siquera intentó a sabiendas de cómo estaba la situación de comprometida. No. Permaneció de rodillas, temblorosas las manos sobre el reclinatorio, inclinada hacia adelante la cabeza, los ojos cerrados, suavísima la respiración, encomendado como pecador a la clemencia de Dios.

Pero no pudo ser, y, como si todo en el Universo estuviese perfectamente conectado, fue decir el cura la palabra ‘adviento’ y la ventosidad reprimida cobró fuerzas y salió tronando, anunciando lo que vino justo después como colofón, que fue terrible, lamentable y penoso, y que llegó a oídos de las más altas esferas eclesiásticas, las cuales se plantearon en un primer momento la posibilidad de que aquello hubiese sido sacrilegio, pero finalmente prefirieron archivar el caso y no airear más el asunto, aunque sí la iglesia.

8 comentarios

  1. Meursault

    Lo que me he podido reír con este episodio de D.Vivales… (Por cierto: si los capítulos del Diablo Cojuelo se llamaban “trancos”, los de este ‘sujecto’ se podían llamar “tumbos”, verbigracia: “Tumbo cuarto: Don Lenocinio va a misa de adviento”).

    La asociación entre misa y ventosidades me ha recordado este ripio de Quevedo, en forma de adivinanza:

    Entre dos peñas feroces / sale un fraile dando voces

  2. Ay, pobre Lenocinio, y mira que lo intenta ¿eh? Pensé que iba a ser algo peor, sinceramente. Rollo “cagalitis” liquidilla… jajaja… (soy mucho más guarra que tú).

  3. MR

    jejejej! lo peor cagarse…
    la ventosidad puede ser fruto de la contricción 🙂

    saludos duarte.

    mr

  4. Anikin

    ¡Probe! Ya non ye solo que sea un desastre, ¡ye gafe!
    Las altas esferas repunan, de todos modos.
    Besote

  5. teoriadecatastrofes

    Jaja, pero qué bueno. Me encanta el estilo.

  6. Hola Dddddddd!
    Tenemos un personaje? hmmmm, debo leerlo de ‘pe a pa’ …. mientras tanto, un beso desde el estanque.

  7. ¡Pobre don Lenocinio! A ciertas edades ya es muy dificil cambiar de vida. Mejor que lo deje para el lecho de muerte, que con una contrición completa, asunto solucionado.
    De todas maneras tampoco viene mal purgarse de vez en cuando, y se le quedarían las tripas como la patena, si se me perdona la comparación con un objeto litúrgico, que me parece que en estas circunstancias viene muy a cuento.

  8. Alicia

    Con el adviento, ya se sabe… Hay que estar preparado.
    Me ha encantado el relato.
    Un saludo

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