Duarte va a la pista de hielo

Y comprende —ninguna lección mejor— que cada cosa tiene su momento en la vida. Y, agarrado a la valla, sobre unos pies frenéticos e incapaces de fijarse al suelo, medio cayéndose,  descubre que el tiempo afecta al cuerpo para mal, y no sabe cuánto más podrá aguantar levantado ese improvisado, zigzagueante e interminable movimiento de caderas, rodillas y piernas al ritmo de una música a la que no puede prestar atención.

 

Pero llega una alumna —¿o es un ángel?— y le tiende su mano. ¿Te ayudo? Y ella le muestra vida dos metros más allá de la valla y le dice algo acerca de la postura y del equilibrio, y después lo suelta, se va y lo deja solo. Allí, eternamente quieto como un mimo en tiempos de desaceleración económica, circunvalado por alumnos tan ágiles como veloces, trata de hacerse una idea de las caídas que le puede costar el trayecto de vuelta para ver si le compensa o no. Aprende Duarte que en la vida todo es a costa de algo, y se da cuenta de que si quiere volver a ver a su mujer y a sus hijos, debe salir de donde está y llegar a la valla; debe agarrarse a ella y deslizarse despacito hacia la salida, con cuidado de no soltarse del agarradero cuando vuelvan el zigzagueo, los aspavientos y la tensión. Afuera, además de los suyos, lo esperan el cemento áspero, el asfalto recién puesto, los caminos de ripio y las bañeras con antideslizante. También es consciente de que si opta por quedarse a vivir sobre la pista de hielo, morirá de hambre o de frío durante la noche.

 

Duarte decide sabiamente. Se cae al primer movimiento. Y se levanta como puede, y, casi erguido, mueve los brazos caóticamente para equilibrarse, como saludando de lejos en todas direcciones, y da una vuelta sobre sí mismo, y otra, y otra vuelta y más manotazos al aire. Y se vuelve a caer. Y lo levantan entre varios, y otra vez al hielo, y así sucesivamente hasta que, en una de tantas, se levanta y ve que está ya en la salida, y sale. Sudado, magullado y victorioso; igual que llegaba a casa cuando niño. Y piensa Duarte que eso del tiempo es algo muy extraño, que hay veces que parece no pasar, no transcurrir.