Y comprende —ninguna lección mejor— que cada cosa tiene su momento en la vida. Y, agarrado a la valla, sobre unos pies frenéticos e incapaces de fijarse al suelo, medio cayéndose,  descubre que el tiempo afecta al cuerpo para mal, y no sabe cuánto más podrá aguantar levantado ese improvisado, zigzagueante e interminable movimiento de caderas, rodillas y piernas al ritmo de una música a la que no puede prestar atención.

 

Pero llega una alumna —¿o es un ángel?— y le tiende su mano. ¿Te ayudo? Y ella le muestra vida dos metros más allá de la valla y le dice algo acerca de la postura y del equilibrio, y después lo suelta, se va y lo deja solo. Allí, eternamente quieto como un mimo en tiempos de desaceleración económica, circunvalado por alumnos tan ágiles como veloces, trata de hacerse una idea de las caídas que le puede costar el trayecto de vuelta para ver si le compensa o no. Aprende Duarte que en la vida todo es a costa de algo, y se da cuenta de que si quiere volver a ver a su mujer y a sus hijos, debe salir de donde está y llegar a la valla; debe agarrarse a ella y deslizarse despacito hacia la salida, con cuidado de no soltarse del agarradero cuando vuelvan el zigzagueo, los aspavientos y la tensión. Afuera, además de los suyos, lo esperan el cemento áspero, el asfalto recién puesto, los caminos de ripio y las bañeras con antideslizante. También es consciente de que si opta por quedarse a vivir sobre la pista de hielo, morirá de hambre o de frío durante la noche.

 

Duarte decide sabiamente. Se cae al primer movimiento. Y se levanta como puede, y, casi erguido, mueve los brazos caóticamente para equilibrarse, como saludando de lejos en todas direcciones, y da una vuelta sobre sí mismo, y otra, y otra vuelta y más manotazos al aire. Y se vuelve a caer. Y lo levantan entre varios, y otra vez al hielo, y así sucesivamente hasta que, en una de tantas, se levanta y ve que está ya en la salida, y sale. Sudado, magullado y victorioso; igual que llegaba a casa cuando niño. Y piensa Duarte que eso del tiempo es algo muy extraño, que hay veces que parece no pasar, no transcurrir.

10 comentarios en “Duarte va a la pista de hielo

  1. Si que afecta el tiempo al cuerpo, tú piensa que es que si ahora te caes, te caes desde mucho más alto y con algo más peso, no es un problema de pérdida de agilidad…
    A mí, de todas formas, me quedó muy claro nada más empezar que en esta profesión en las excursiones lo que se hace es acompañar y mirar desde la valla. Mi primera sustitución fue a un profe que se rompió una pierna patinando con unos de 1º de eso y estuvo de baja seis meses y cuando volvió, volvió con bastón y cojera para toda la vida! Glups!

  2. Por cierto, me preguntan por aquí que si conozco a ese tal “Said” que sale siempre en todos los comentarios.
    ¿No será uno de esos de Malqueda?

  3. jajajjaja… “como saludando de lejos en todas direcciones”… ¡eso mancantao! Es que eres un “esitoso”, niño!! es lo que tiene eso del hielo, que es incómodo pero resbala que no veas!! Yo no patino porque me entra la risa floja.

    Un besote, du, du, ah!!!!!
    Mar.

  4. Llevaba mucho tiempo sin venir, pero ahora me he leído un montón de entradas de golpe y he pasado un rato estupendo. Eres contagioso, leches.

    Hala, ahí queda eso.

  5. Si la madre naturaleza hubiéra querido que nos desplazasemos deslizándonos, nos hubiera puesto cuchillas en vez de pies. Ya que tenemos la suerte de vivir en un clima templado, donde esas habilidades no son necesarias ¿para qué arriesgar la integridad de los huesos en esas aventuras? Yo pertenezco a una casta de esforzados “no deportistas” y procuro mantener la tradición. Celebro que salieras con bien de la experiencia. ¡Pero me he reído cantidad imaginándote, qué bien lo cuentas!

  6. ¡Malditos narcotraficantes colombianos y su manía de secuestrar al señor Duarte!
    Si lees esto, negocia.
    P.S. Y ya de paso dile a V si no es demasiado tarde que qué opina de La hierba roja de Boris Vian para tercero el año que viene.
    Gracias

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