Nocturno

La Luna brillaba sobre el barrio, callado en la madrugada, íntimo ya. De repente, el reposado silencio se tensó y un orgasmo profundo, largo y femenino se echó a correr por alguna ventana afuera y fue rebotando contra las paredes del patio de luces, sonando vivo a izquierda y a derecha, arriba y abajo.

A don Lenocinio Vivales, que fumaba su insomnio apoyado en la ventana, no se le ocurrió otra cosa que gritar etílico: ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Dale pa que tenga! ¡Bravo!, acompañando sus soeces palabras, de efusivos aplausos y de gestos obscenos, y despertando así de sus sueños a la vecindad, a la que molestaron sobremanera sus voces, sus palmadas y la tos gargajeada con que concluyó su desafortunada intervención.

Aunque esta vez ―todo hay que decirlo― nuestro infeliz amigo no fue el más grosero de cuantos cromagnones poblaron el mundo, sino algún vecino indignado con el ruido, cuya réplica fue de tan poco gusto, tan incisiva y tan hiriente contra la persona de don Lenocinio y contra su difunta madre, que no es digna de reproducir. Al poco, todo volvía a estar en silencio.

Aquella noche no pasó nada más, pero a la mañana siguiente aparecieron en el buzón del señor Vivales varias notas amenazantes, anónimas todas. Entre ellas había una hojita en blanco con unos labios Margaret Astor estampados a modo de beso.

2 comentarios sobre “Nocturno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s