¡Es gae!

Érase una vez un no tan joven infeliz  que malvivía del oficio de escribir discursos. Escribía discursos para bodas, discursos para inauguraciones, discursos para pregones de fiestas en capitales de provincia, discursos políticos para la oposición municipal o discursos encargados por el gobierno autonómico, discursos para mítines y cierres de campaña, discursos académicos, discursos suspensivos… Dicen los más informados que llegó a escribir más de un sermón dominical y alguna pastoral, y que «algo no baladí» tuvo que ver en cierta encíclica muy famosa.

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