Érase una vez un no tan joven infeliz  que malvivía del oficio de escribir discursos. Escribía discursos para bodas, discursos para inauguraciones, discursos para pregones de fiestas en capitales de provincia, discursos políticos para la oposición municipal o discursos encargados por el gobierno autonómico, discursos para mítines y cierres de campaña, discursos académicos, discursos suspensivos… Dicen los más informados que llegó a escribir más de un sermón dominical y alguna pastoral, y que «algo no baladí» tuvo que ver en cierta encíclica muy famosa.

Era para él un oficio desagradecido, pues a menudo se veía obligado a poner su estilo —por matar el hambre— en beneficio de personas viles, bellacas y ruines, sin otros valores que los consustanciales a lo crematístico; personas que, además, pagaban poco y tarde.

Un día, por un motivo que no viene al caso, le concedieron un premio literario en el «Boletín de la Asociación Nacional de Jugadores de Pádel», revista que gozaba de una gran tirada debido a la enorme difusión que tenía por todas las urbanizaciones…

…de los cojones.

Y tuvo que pronunciar unas palabras en la entrega del galardón, que era uno de los puntos de las bases del certamen.

Puesto que aquella iba a ser la primera vez que escribía para sí, preparó un bellísimo discurso —el que siempre había deseado escribir— tomando partes de otros que ya había escrito por encargo, hilvanando una cosa con otra y añadiendo ideas nuevas, de manera que el texto resultante estaba perfectamente construido, lleno de claridad y de precisión, de gran austeridad lingüística pero de enorme riqueza semántica. Y realmente honesto; es decir, que en ningún párrafo, en ninguna oración, en ningún sintagma ni en ninguna figura podía apreciarse ni mínimamente algún uso desaprensivo del idioma, que era una práctica, por lo general, muy extendida, recomendada y aplaudida.

Gustó tanto aquel discurso que, por esas cosas inexplicables que tiene internet, rápidamente se extendió a toda la sociedad, penetrando en ella por la parte del «pueblo llano» o «gente común», que es, al cabo, la que hace el folklore, aunque no escriba la Historia. Y aquí llegó su desgracia:

Como algunas personas habían notado el parecido con muchos otros discursos que también estaban en la red, se corrió la voz y, al poco tiempo, fue acusado de plagio por cuantas personas se habían convertido en «autoras» de los discursos que él mismo les había escrito, así que tuvo docenas de denuncias en los juzgados y fue, por lo tanto, requerido por la Justicia y declarado culpable, y todos sus bienes fueron confiscados, los cuales pasaron a disposición de la Sociedad General de Autores de Rapiña en concepto de daños y perjuicios. Después ingresó en prisión, donde parece ser que todavía permanece, dicen que profundamente triste y desencantado.

3 comentarios en “¡Es gae!

  1. Me gusta: “Sociedad General de Autores de Rapiña”. Será cosa de difundirlo. Citando la procedencia, claro, para que vuecencia cobre Derechos de Autor

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