Fútbol y tiempo

Recuerdo el día en que comenzaron a hacer el campo de fútbol. Llegaron unas máquinas excavadoras, abrieron un claro entre los matorrales —toxos, uces, xestas e carqueixas— de cien metros de largo por cincuenta y cinco de ancho, lo allanaron bien con una apisonadora y lo cercaron con bloques de cemento. Después trajeron unas porterías de siete treinta de ancho por dos cuarenta de alto y las plantaron  en ambos fondos. Las gradas, de a pie.

Recuerdo el día en que terminaron de hacer el campo de fútbol. No puedo asegurarlo, pero diría que fui de los primeros niños que corrieron su banda derecha, cosa que no puedo decir con respecto a lo de meter el primer gol ni aun el enésimo, ¡ah, los dichosos goles! Después me hice portero. La portería es el lugar idóneo para jugar al fútbol y comerse la merienda a la vez. Hay que tener cuidado, eso sí, de dejarla resguardada cuando atacan los contrarios, no vaya a ser que, además del gol —en caso de haberlo—, se quede uno sin bocadillo. Digo que «en caso de haberlo» porque los contrarios atacaban también con su bocadillo en la mano, y también cuidando de que no se les cayese.

Estuve dando un paseo por allí el otro día.

 campo de fútbol

 

 

 

 

 

 

 

 

Paseé entre los matorrales —toxos, uces, xestas e carqueixas. Algún pardal anida en la maleza.

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 La crisis del campo no es cosa únicamente de invernaderos ni de precios, sino de un dignísimo modo de vida que muere sin auxilio y de un campo —locus amoenus— que se hace selva, sin gentes que lo aren, sin bestias que lo pasten, que lo rumien, sin niños que lo jueguen dejándose la piel entre sus zarzas. Quizás, también, sin esperanza.

Vestigio y memoria de tiempos más poblados.

De recomendable lectura el artículo de Ángel Rupérez. Ideal, además, para trabajar en el aula.

Recuerdo que Á. R. nos tuvo en cuarto de carrera tres clases analizando el poema “Ballet del papel”, de Claudio Rodríguez: “Y va el papel volando con vuelo bajo a veces…”. Quizás fuera en alguna de esas clases cuando te vi por primera vez.

Gramática parda

En uno de los blogs de publico.es puede leerse el siguiente comentario aclaratorio que hace su autora:

«Para evitar redacciones engorrosas, blogueros y blogueras, uso la «e» [blogueres] para resumir todos los géneros, porque gays, lesbianas, bisexuales o transexuales, son géneros diferenciados a integrar también en nuestros escritos».

Yo pondría este texto en la selectividad. Sin ningún género de dudas…

El viajero

El viajero, listos los preparativos, pone como puede el pie en el estribo y se sube a la silla, también como puede. Se acomoda. El viajero agarra las riendas con ganas. En su cara —en su cuerpo entero— se aprecia el deseo de partir otra vez. El viajero ha cruzado montañas e inviernos hasta aquí, se ha enfrentado a lobos hambrientos, ha atravesado ríos, ha escapado de las flechas de Cochise. El viajero no sabe a qué lugar se dirige ni de qué lugar huye. Viaja. Quien viaja, encuentra.

Suena la señal que indica la marcha. Los caballos dan vueltas y los niños van entregando las fichas a la señora. A oídos del viajero llegan amenazadores los ecos de tambores que percuten ritmos de guerra contra el aire de la tardenoche.

Verba volant

Para mí, escribir sin bolígrafo es muy laborioso:

Primero recorto las letras por su contorno, teniendo cuidado de no salirme y de no dejar ningún pico blanco en algún vértice, todo ello esquivando las vampíricas puntas de las tijeras. Recortar una «g» suele llevarme toda una mañana.

Una vez que tengo la suficiente cantidad de letras (necesito miles de cada una por las aliteraciones, además de las dichosas tildes y los otros signos de puntuación) y listo el pegamento, y me dispongo a unirlas  —sílabas, palabras, oraciones, párrafos, libro—, entra un viento por la ventana y las nieva por el despacho. Luego, mientras las recojo y las clasifico de nuevo, envejezco y muero.

Y así todos los días.