¿Queres fiado? ¡Toma!

Después de más de un mes de no parar, de no sacar la vista de los papelotes, de hacer más horas que el reloj, de llevarme a casa trabajo, de estar los fines de semana leyendo, más que oscuros, tenebrosísimos textos (murciélagos acudían en masa a aquella falta de luz), después de haber tenido una semana de vacaciones en un año… Después, digo, de trabajar más que nunca en mi vida, ocurrió el otro día que me echó de su despacho un catedrático porque no quise reconocer como mío un error suyo.

—¡Fuera de aquí! ¡Yo no hablo con gente que no reconoce que se equivoca!, con las gafas medio de lado, desencajado el rostro, alborotados los pelos.

En ese instante vino a mi cabeza un Fiado, ya saben, el hombrecillo barbado que adorna cientos de bares galaicoportugueses. Se lo dedico al catedramático:

fiado

Y prometo concluir mi arrebato de ira con una invectiva en su honor, llena de octosílabos asonantados que no serán acrósticos, pero a partir de los cuales el lector sagaz podrá descubrir la identidad del personaje objeto de escarnio, mofa, befa y bufa; versos que voy componiendo en mis ratos all bran, muy apropiados para acordarse de quien parece estar constamente oliendo un trozo de inmundicia.