Los silencios infantiles

Los silencios infantiles son tres: el de cuando duermen, que los ve uno tan acurrucaditos; el de cuando se sacan un moco, que están para comérselos (a ellos, se entiende), y el de cuando están preparando alguna gorda, que es cuando a continuación uno mira al Cielo pidiendo explicaciones y maldiciendo. Clamando, esto es, desencajado el rostro, airado el ánimo.
Y el de cuando no estás en casa, claro. Son cuatro.

Se me dás un bico

Se me dás un bico, levas unha bofetada. Pero tamén levas bico. E se non mo dás, enfádome e inda levas outra por andares con díxome-díxome. Elixe. Elixo bico, ¡ei, lume negra que me arde no peito! ¡Quita a man de aí! Vas cobrar ben, xa cho dixen…

La meta física

Pero no podía recordar sus nombres. Los conocía a todos. Allí estaban, frente a mí, contemplando mi cuerpo y —sin ellos saberlo— también mi alma. Luego cerraron la caja y noté que me elevaban. Llevaban con llantos todo el día, con ataques de nervios, con rezos bisbiseantes. Sentí que me sacaron de casa. ¡Sentí que me sacaran de casa! Al bajar las escaleras que conducen a la calle, alguno de los porteadores debió de dar un mal paso porque noté un movimiento muy brusco y mi cuerpo y mi alma, se movieron dentro del féretro. Volví, después de unos gritos salidos del tumulto, ¡por Dios!, a mi movimiento horizontal, tedioso y rectilíneo. Hacía ya rato que comprendía qué había ocurrido, por lo que pude pronosticar sin equivocarme los acontecimientos siguientes: unos trescientos metros hasta la iglesia, inclinación de unos 45º para subir las escaleras, horizontal, una misa, otra elevación, horizontal, inclinación de otros 45º para bajar las escaleras, horizontal, un kilómetro hasta el cementerio. Aun así, se hace corto. ¿Nicho o fosa?, me preguntaba durante el trayecto mientras

tristes de cara,
cuatro hombres portaban
la madera labrada
.

Por el golpe —un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio— entendí que era una fosa.
Es una fosa. Desde esta dimensión del mundo las cosas no resultan aburridas porque aquí no hay cosas, ¿qué te creías?. Sé que debo esperar a que mi carne sea devorada por estos gusanos que ya hace unos días que han comenzado su trabajo. A que la madera se pudra. A que me olviden, memoria de una piedra sepultada entre ortigas. A que vuelvan a abrir esta parte del cementerio. Entonces podré salir y pasear por las noches. Y recorrer con estos dedos etéreos el contorno de mis iniciales en la lápida envejecida. Y comprender mis fechas.

(11 de abril de 2006)

«Los caballos negros son. Las herraduras son negras»

¿Viva la GC?

Porque, claro, cuando un etarra denuncia haber sido torturado, cabe preguntarse: ¿Creo a la Autoridad o a un terrorista?

En este caso la pregunta, a mi juicio, es: ¿Creo a la Autoridad o a un inocente?

Quizás (digo “quizás”), las imágenes que le hayan obligado a ver lo acompañen el resto de su vida, quizás lo despierten en mitad de la noche, de todas las noches que consiga dormir, sudoroso; quizás no puedan los buenos recuerdos ni las felices fotografías que conserve sobreponerse a esas malditas, míseras e indecentes fotografías de una niña descuartizada después de una autopsia. Quizás los torturadores estén ahora tranquilamente en sus casas pensando que han cumplido con su deber y, quizás, cenen marisco en Nochebuena; quizás brinden con buenos licores y quizás les pidan a los Reyes Magos algún regalo por haberlo merecido.

Es un extraño Estado de Derecho.