Del dinero

Recuerdo una vez que, en un bar, tomando a sorbitos un café y maldiciendo el fin de mes, vi en el suelo un billete de cinco mil. Puse el pie encima y me perdoné por no decir nada a dos señoras que alegremente conversaban ajenas, una de las cuales bien podría ser la dueña. Me quedé allí esperando que se fueran y, mientras llegaba el momento, ya lanzado por el valor del botín, pedí por adelantadao un suizo con canela y dos biscotelas, una de chocolate blanco y otra negro, además de otro café y chupito. Invité también a Sonia, que ya por entonces se ponía tanga y bien merecía una atención por mi parte en pago por mis muchas y muy lascivas miradas, que si hubiera yo mirado tanto los libros como miré su precioso culo, ahora sería catedrático.
Cuando se fueron las mujeres y me agaché para retirar la presa pude comprobar que era falso. En realidad no era falso, sino que era una publicidad de una empresa que se dedicaba a la usura, según decía la otra cara del billete en cuatricomía.

¡Su puta madre a caballo!, dije para mis adentros.

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