Grandeza

Una vez quise hurgar en el origen de mi honra por conocer desde cuándo había entrado en la sangre que llevo la distinción del resto, y acudí a los archivos de mil sacristías y a los registros, y rastreé romances y aun cantares de gesta. Cuando llevaba ya más siglos recorridos de los que César Vidal conoce en su millón de libros, terminada la “fase de campo”, hablando un día con un señor del pueblo, me contó una no sé qué pendencia de mi padre que me dejó confuso. Tiré lo que llevaba escrito al corral y vine a darme cuenta de que toda herencia guarda motivos para renunciar a ella, y a comprender aquello de que “la sangre se hereda y la virtud se aquista”.

Cuernos

Recuerdo una novia ―¡qué tiempos!― con la que rompí porque empezó a salirme en la cabeza un sinfín de cuernos, los más de ellos astifinos, dándose el agravante de que fui el último enenterarme, no ya del grupo de implicados, sino de todo el pueblo, el cual ya entonces contaba con siete mil vecinos sin incluir las parroquias. Llegué incluso a dejarme barba para que nadie pudiese decir de mí que iba afeitado.
Herido en lo más, quise devolvérsela corregida y aumentada, y justo es reconocer que algo hice, pero eran tan feas y menesterosas y borrachas todas ellas que no me atrevía, de pura vergüenza, a ir a restregárselo por la cara, no fuera a ser que, además, empezase a darle lástima y, lo que es peor, se enterase todo el mundo.
Me compré un sombrero de copa que me tapase bien esa corona que me proclamaba Rey de Cornualles y cambié de pueblo. Eso fue todo.