Una vez quise hurgar en el origen de mi honra por conocer desde cuándo había entrado en la sangre que llevo la distinción del resto, y acudí a los archivos de mil sacristías y a los registros, y rastreé romances y aun cantares de gesta. Cuando llevaba ya más siglos recorridos de los que César Vidal conoce en su millón de libros, terminada la “fase de campo”, hablando un día con un señor del pueblo, me contó una no sé qué pendencia de mi padre que me dejó confuso. Tiré lo que llevaba escrito al corral y vine a darme cuenta de que toda herencia guarda motivos para renunciar a ella, y a comprender aquello de que “la sangre se hereda y la virtud se aquista”.

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