Hay sentada una niña que peina una muñeca
sobre el suelo del rellano,
entre cajas, bolsas, maletas y paquetes
que en idas y venidas sus padres van sacando
cumpliendo con la orden de desahucio.
―En media hora el juez habrá llegado.
Quedan en las paredes de la casa
contornos de recuerdos enmarcados y costumbres,
y trastadas infantiles con el lápiz,
y el olor que dejan las familias.
Y en el techo se quedan las bombillas apagadas.
Cargado con las cosas que faltaban,
desciende el ascensor ―el descensor―hacia el invierno,
donde espera el nuevo propietario.
Los desahuciados pasan al lado del banquero
(que les dice que aún le deben otro tanto)
sin mirarlo a la cara y alienados.
Al verlos sueño que ojalá acabase,
que fuese aquí el final de este fracaso,
y no el comienzo de los nuevos esclavos.

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