Yazgo,

y mientras lees queda

de mí

no más que una osamenta,

no más que arqueología.

Y ya mi calavera,

laboriosos gusanos de la tierra,

habrá cambiado las ideas por arena,

y se habrán cambiado los dolores

por la losa que me pesa;

y los amores,

por las hierbas que me enredan;

y los placeres, por las flores.

¡Que liben las abejas sus sabores!

Un comentario en “Epitafio II

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