Vértebras e lóstregos

En enero me llegó por correo Vértebras e lóstregos, el poemario de Manuel Pérez Lourido.  Lo había estado esperando durante las navidades, así que cuando lo recibí lo tomé con ganas. Me gustó y, al acabarlo, lo dejé en un estante de la librería, sin guardarlo del todo, por si tenía que volver a echar mano de él: de manera interesada sabía que bien podría sacar de sus páginas una entrada para el blog, tan parado en los últimos años.

Suelo leer los libros y esperar a ver qué pasa. portada Hay veces que no ocurre nada, como con una exnovia que se olvida y ya no vuelve más a la memoria. Pero hace un par de días, fumando en el balcón, hablándome a mí mismo, me vino un verso a la cabeza, un verso de Lourido. Era el poso después de la lectura. Busqué en el estante y busqué el verso  y lo encontré. Y volví al libro y a la página 1 y a la cita tan reveladora de Whitman con que empieza. Tenía tiempo, estoy de vacaciones estos días. Limpié las gafas, busqué el lápiz: hacer anotaciones en los márgenes se parece bastante a acariciar un cuerpo hasta entender sus arrugas y sus cicatrices. Y el libro de Manuel, ya me salió Cortázar sin quererlo, está lleno de las arrugas del tiempo y de las cicatrices de la vida. Esto no es nada original, lo sé, pero es conditio sine qua non que no siempre se cumple.

Manuel Pérez Lourido se revela como un poeta del tiempo y de la vida y del saber, en su temática. Y de la respiración en el estilo. Y también como un poeta de Dios y del amor en su conjunto. De esto quiero tratar; espero no estrellarme en mis razones. Allá voy.

Pero antes de seguir, conviene señalar cuál es, según el propio autor, su postura. Con claridad nos lo va diciendo en distintos poemas que expresan toda su poética. En «O home lobo», la primera de las cincuenta piezas, ya nos lo da a entender. El poeta consigue distanciarse para tomar perspectiva sobre el mundo. Es hombre, pero ya también es lobo, y va «collendo con fío cada pena / coma quen fai colección de dentes / que se caen […] Calado e cálido / escribe versos fermosísimos».

El poema, la escritura, es, además un rito. En «Versos que bautizan» insiste Lourido en este aspecto, y destaca la importancia del tiempo, «ese esvaradío ámbito», que le ayuda a comprenderse, que nos ayuda a comprendernos. El poeta es cuidadoso, intuye que la poesía es una herramienta delicada. En «Versos coma dedos» nos muestra la técnica. El poeta debe tocar, es el suyo un trabajo táctil, y enseña sus dedos, «que se mergullan na auga», y, sin miedo alguno, se zambulle en el «río que hai que remontar».  Y lo hace, como digo, sin miedo, porque el poeta busca y busca «no corazón da noite / terra fértil para o canto», y sabe que para ello debe enfrentarse a su historia, y «deixar que sangue o tempo as dores». El poeta intenta encontrarse: «[Eu] son estas aproximacións / á outra beira de min», y en esta búsqueda se demuestra trascendental, y encuentra su supervivencia a la vida fugaz, la eternidad que existe en él, en nosotros, a través del poema: «buscando pistas para o día de mañá […] / anacos que sobevivirán / a este tempo pequeno». Y encara su tarea con valentía, sabedor de que «hai que enfiar a saudade con algún / endecasílabo», y, así, nace la sinceridad con que escribe Lourido.

Poeta del tiempo y de la vida y del saber

Tiempo, vida y saber se presentan en el libro estrechamente relacionados. La vida es el tiempo  y de estos dos aspectos nace el conocimiento, la sabiduría, que presenta el poeta. El tiempo se aparece como recuerdo, que a veces es de los sentidos, «e lembro / o teu alento quente, a túa voz doente», o como recuerdo de una edad que, aunque perdida, nos acompaña desde la infancia, «nenos afogados / que levamos ao lombo», sin parar, «ecos de todos os que fuches / agóchanse os restos de ti / que non bebeu o tempo». Pero el tiempo es también ausencia, una ausencia aceptada, «escuma nun tempo sen nostalxias / tan fácil de vencer…»;  ausencia digerida, convertida en alimento, donde las nostalgias «docemente deixan un bico na meixela», pues comprende que «xa non bica nos beizos a tristura» y que no se posee más «ca una cunca / de tempo occidental», eso es todo, ahí es nada.

En este tiempo transcurre una vida, que para el poeta es río y es noche. Inmediatamente nos vienen a la cabeza Jorge Manrique y San Juan de la Cruz, efectivamente. Pero en lugar de recrearse en ellos o de repetirlos, lo cual habría sido comprensible y aceptable, Lourido nos da una aportación. Al río le pone un molino en su cauce, muchos molinos y, de esta forma, esa agua que irremediablemente desembocará, sirve de provecho moliendo la semilla, el fruto de la vida. Son «muíños / que se poñen a moer / facendo anacos pequenos» de palabras que se convierten en recuerdos que nos darán sentido y el sentido. El molino es instante, es la herramienta que permite poseer el tiempo de alguna forma. Frente al río de Heráclito, inaprensible, el río de Lourido pertenece de alguna forma al hombre, que lo domina: «é hora de soñar, / de por en pé as pontes e os muíños, / de xermolar».

Ante la noche, por su parte, el poeta se muestra paciente. No busca una salida hacia la luz, la cual adivina trascendente, y ante ella muestra paciencia: Lourido es un poeta de este mundo, del mundo que lo acompaña. La vida es noche y la acepta. Cabe únicamente la adaptación a esa oscuridad. «Crece, coma un vimbio, a miña noite, / dereita e veraz e tan flexible». Y su deseo, su necesidad es describir esta noche, para lo cual, sin miedo, sabe que «haberá que nadar cos ollos ben abertos».

anotacions_2El tiempo y la experiencia vital le dan al autor la sabiduría que necesita para explicarse la existencia, una realidad que va más allá de sí mismo. El poeta, que afronta ―insisto― con valentía («por vez primeira / durmirei toda a noite sen chorar») los acontecimientos, «isolado e feliz», ha aprendido y se siente capaz de explicarse a sí mismo su existencia y el mundo, la porción de mundo que le corresponde, la que cae bajo su responsabilidad de hombre. Afronta este trabajo reconociendo la humildad que necesita lo sincero, sintiéndose «pequeno pero máxico, / emisario dalgún ben, paxe do día que pasou / pola porta / deixando un rosel de tempo líquido». Posee una mirada ya invencible y posee, también,  lucidez; y conoce y sabe usar la herramienta del poeta, esto es, la palabra. Ahora puede ver y comprender, navegar «polo medo como si fose de papel […] cos ollos ben abertos / para fitar os dentes do caimán».

Poeta de la respiración

No quisiera dejar para el final la cuestión del estilo, sino incluirla ahora porque contribuye junto a la temática a dotar al libro del sentido trascendental con el que quiero concluir esta reflexión. Si aceptamos las palabras de Octavio Paz («no niego que existe una relación indudable entre la respiración y el verso: todo hecho espiritual es también físico»), comprobamos que Lourido nos ofrece una poesía para recitar, a media voz, pero no callada. Pronunciar sus palabras sencillas, cercanas, recorrer el verso, nos produce un placer que no es menor que el que producen las imágenes que evocan, también sencillas y cercanas, cotidianas, asequibles, certeras . Un estilo claro y sencillo que no va en detrimento del significado, sino que, al contrario, ayuda al lector, que nota el ritmo, que se acomoda al ritmo suave de las frases y que, como el corredor  de Octavio Paz, extrae de la carrera el placer de una pronunciación fácil que hace el verso hermoso. No hay alarde ni exhibición lingüística ni retórica (su retórica es una huida de la retórica) y, sin embargo, ¡cuánto trabajo, cuánto esfuerzo, se intuye para lograrlo! ¡Cuánta intención y cuánto oficio!

Poeta de Dios

Escribir sobre un libro sin conocer al autor es caminar por un acantilado sin cuidado. Alguien que lo conozca podría gritarme con razón, llegado a este punto, que Lourido es ateo. Entonces estaré dispuesto a rebajar el epígrafe escribiendo dios en vez de Dios, pero no haré más concesión: mi lectura es mía. Intentaré explicarme.

El poeta consigue distanciarse, tomar perspectiva. Para ello ha tenido que enfrentarse al sentimiento y dominarlo, sin expulsarlo, comprenderlo. Esta comprensión distanciada no es pasividad ni alejamiento sentimental. Su mirada está llena de reconocimiento, de aceptación, de amor. Pero es un amor que va más allá, como digo, de lo sentimental ―no digamos ya de lo carnal― y se convierte en un amor intelectual al que se llega mediante el conocimiento del mundo. Su visión de los marineros en el embarcadero («No peirao»), cuyo destino de trabajo duro se fraguó ya en la infancia, o de los niños hambrientos en «Ite missa est», donde los vigila, como también vigila a «os homes cos ollos baleiros» y a las «mulleres de bágoas coma pratos», o la del aparcacoches al que ve, derrotado, acercándose bajo la lluvia, comprendiendo la distancia que separa sus vidas, no son en ningún caso dejadez, sino una muestra de compasión, de amor no pasional, sino mayor, fundamentado en el conocimiento: un amor, repito, intelectual. Estas imágenes sobrecogedoras le producen un sentimiento contradictorio que no vence su esperanza: «dende aquí, / esquézome de ti, / tamén coas mans cheas de ti». El poeta no es inmune, y produce en él, en fin, la realidad, un cansancio («O cansazo»), pero es un cansancio que no rechaza, que «é fermoso como un bico da pedra / pola pel adentro», que lo reafirma, que le enseña, que lo ayuda a crecer. Todo cobra sentido de esta forma para el poeta, todo se enmarca, por fin, «na inmensidade dun amor / coma o de Deus».

Conclusión

anotacions_1En los tiempos que corren debemos defender el existencialismo. Aquí está la apuesta de Manuel Pérez Lourido, que mira al hombre, que habla consigo mismo («quien habla solo espera hablar a Dios un día»), que se explica el mundo y se explica la vida, y nos lo ofrece todo con la generosidad del poeta. El hombre son las vértebras que lo sustentan en su dimensión física, pero también los «lóstregos», los relámpagos, los fogonazos que lo hacen andar, que lo mantienen vivo sin que sepamos muy bien cómo. El hombre que nos muestra el autor es un ser lleno de dignidad. Lourido recupera esa dignidad que ha dejado olvidada el hombre en el sueño de los días y la despierta en la noche.

Pérez Lourido, Manuel, Vértebras e lóstregos. Pontevedra. El Taller del Poeta. 2012

Poesía y respiración

Étiemble sostiene que el placer poético acaso sea de origen fisiológico. Y más exactamente: muscular y respiratorio. Para justificar su afirmación subraya que la medida del alejandrino francés ─el tiempo que tardamos en pronunciarlo─ coincide con el ritmo de la respiración. Otro tanto ocurre con el endecasílabo español y con el italiano. No explica Étiemble, sin embargo, cómo y por qué también nos producen placer versos de medidas más cortas o más largas. Durante muchos siglos el octosílabo fue el verso nacional español, y todavía después de la reforma de Garcilaso, las ocho sílabas del romance siguen siendo recurso constante de poetas de nuestra lengua. ¿Puede negarse el placer con que escuchamos y decimos nuestro viejo octosílabo?: ¿y los largos versos de Whitman?; ¿y el verso blanco de los isabelinos? La medida parece depender más bien del ritmo del lenguaje común ─esto es, de la música de la conversación, según ha mostrado Eliot en un ensayo muy conocido─ que de la fisiología. La medida del verso se encuentra ya en germen de la de la frase. El ritmo verbal es histórico y la velocidad, lentitud o tonalidades que adquiere el idioma en este o aquel momento, en esta o aquella boca, tienden a cristalizar luego en el ritmo poético. El «ritmo de la época» es algo más que una expresión figurada, y podría hacerse una suerte de historia de cada nación ─y de cada hombre─ a partir de su ritmo vital. Este ritmo ─el tiempo de la acción, del pensamiento y de la vida social─ es también y sobre todo ritmo verbal.

La velocidad vertiginosa y alada de Lope de Vega se convierte en Calderón en majestuoso, enfático paseo por el idioma; la poesía de Huidobro es una serie de disparos verbales, según conviene a su temperamento y al de la generación de la primera posguerra, que acaba de descubrir la velocidad mecánica; el ritmo del verso de César Vallejo procede del lenguaje peruano… El placer poético es placer verbal y está fundando el idioma de una época, una generación y una comunidad.

No niego que existe una relación indudable entre la respiración y el verso: todo hecho espiritual es también físico. Pero esa relación no es la única ni determinante, pues de serlo realmente  sólo habría versos de una misma medida en todos los idiomas. Todos sabemos que mientras los japoneses no practican sino los metros cortos ─cinco y siete sílabas─, árabes y hebreos prefieren los largos. Recitar versos es un ejercicio respiratorio, pero es un ejercicio que no termina en sí mismo. Respirar bien, plena, profundamente, no es sólo una práctica de higiene ni un deporte, sino una manera de unirnos al mundo y participar en el ritmo universal. Recitar versos es como danzar con el movimiento general de nuestro cuerpo y de la naturaleza. El principio de analogía o correspondencia desempeña aquí una función decisiva. Recitar fue ─y sigue siendo─ un rito. Aspiramos y respiramos el mundo, con el mundo, en un acto que es ejercicio respiratorio, ritmo, imagen y sentido en unidad inseparable. Respirar es un acto poético porque es un acto de comunión. En ella, y no en la fisiología, reside lo que Étiemble llama el «placer poético».

El mismo crítico señala  que para André Spire ─teórico del verso libre francés─ el placer poético se reduce a una suerte de gimnasia en la que intervienen los labios, la lengua y otros músculos de la boca y la garganta. Según esta ingeniosa doctrina, cada idioma exige para ser hablado una serie de movimientos musculares. Los versos nos producen placer porque provocan y suscitan movimientos agradables de los músculos. Esto explica que ciertos versos «suenan bien» mientras que otros, con el mismo número de sílabas no «suenan»; para que el verso sea hermoso las palabras deben estar colocadas en la frase de tal manera que sea fácil el esfuerzo que requiere su pronunciación. Como en el caso del corredor de obstáculos, el recitador salta de palabra en palabra y el placer que se extrae de esa carrera, hecha de vueltas y saltos en un laberinto que irrita y adula los sentidos, no es de género distinto al del luchador o al del nadador. Todo lo dicho antes sobre la poesía como respiración es aplicable a estas ideas: el ritmo no es sonido aislado, ni mera significación, ni placer muscular sino todo junto, en unidad indisoluble.

Octavio Paz, El arco y la lira (1956).