A menudo he conversado con Meursault en la sobremesa sobre los estilos de Manuel Jabois y de Hughes, y en más de una ocasión nos ha parecido ver en ellos ciertas similitudes, algunos rasgos (unas veces más evidentes y, otras, más velados) que nos han llevado a enmarcarlos en algún tipo de grupo o nueva generación de la que también formarían parte autores como Jorge Bustos o Pedro Ampudia, por citar alguno aunque no los únicos. Juegos, digo, de sobremesa, rápidos, intuitivos y quizá poco elaborados. No me refiero a comparaciones entre ellos como las que se pueden hacer con la intención de decidir quién es mejor, lo cual sería una terrible bobada injusta. Terrible por bobada y terrible por injusta.

En estos días he podido leer, sin embargo, sendos (1) textos (2) suyos referidos a la final de Roland Garros, y he sentido (ante un mismo tema todo es más fácil de intuir) la convicción  de poder contarle algo más concreto a Meursault sobre este asunto que hacía ya tiempo que habíamos aparcado. A raíz de dichas lecturas, se me han venido a la memoria algunas comidas y cenas que de pequeño se organizaban en casa, las cuales tal vez puedan ilustrar, a ojos de Meursault, una opinión que no supe expresarle bien en su momento. Veamos.

En una casa de labranza es común que se junte gente por la matanza, por la recogida del heno y del centeno, por las fiestas patronales… Ya me entienden. Recuerdo que en la mesa no solían faltar dos hombres, ya mayores, por quienes sentía yo cierta fascinación. Uno parecía ser un gran conversador, pues era quien quien más hablaba, y contaba historias tan interesantes y con tanta gracia que el resto de comensales escuchaban los detalles atentos y en silencio, como no queriendo que terminase nunca de contarlas y, si acababa, le pedían que contase alguna  más aunque ya hubiesen sido contadas en ocasiones anteriores. Yo, que era menor, no las entendía todas, pero me pasmaba también, como los demás, con aquellas anécdotas y con aquellas maneras tan particulares que gastaba, y lograba que por momentos olvidase mis entretenimientos de niño por escucharlo.

Del otro comensal al que me refería antes diría que era un hombre más reservado, sentado en una parte más oculta de la larga mesa de la cocina de casa. Hablaba poco, atento como estaba también a lo que contaba el primero. Decía alguna palabra, hablaba algo con el de al lado o con alguna de las mujeres que servían, me hacía algún gesto de vez en cuando… Al acabar la larga sobremesa que se estila en estas comidas, el hombre dejaba sobre el mantel preciosas figuras que, bien con sus manos o bien con una navajita que llevaba por llavero, había ido haciendo de muy poca cosa, pero que me parecían pequeñas obras de arte sacadas de la nada, como si se tratase de un mago: un caballo de un corcho de botella, una vaca de miga de pan, una bicicleta del alambre de una botella de champán -perdón, de cava-, etc. No sé si aquel hombre tenía una capacidad especial para ver en aquellos materiales (corcho, miga, alambre) los objetos que potencialmente eran o si, más concretamente, aquellos materiales eran en realidad los objetos mismos esperando por el genio que les devolviese su forma, su forma verdadera que los demás no éramos capaces de ver y que él nos mostraba como si todo fuese, en realidad, fácil.

2 comentarios en “Comensales

    1. ¡Ana! Son historias que he vivido, aunque aderezadas un poco, lo reconozco.
      Meursault es el apodo en internet (el nick)de un amigo con quien converso en las comidas, el cual tomó, efectivamente, su nombre de El extranjero.

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