Llegué al trabajo unos días antes de que la mayor parte de los empleados terminasen sus vacaciones. Me gusta disfrutar del  edificio casi vacío, caminar sus pasillos solitarios y comprobar que las cosas siguen igual que cuando me fui, todo en su mismo sitio sin haber sido tocado por nadie. Incluso el montón de papeles que a finales de julio, por las prisas de irme al pueblo, no llevé al contenedor de papel.

Después de disfrutar de un café de máquina, cogí los folios viejos y me dirigí al punto de reciclaje. Me indignó, como siempre me ocurre, comprobar que alguien, en lugar de tirar los papeles por la ranura, los hubiese dejado fuera. Después de echar los míos, tomé los que había en el suelo y, cuando iba a deshacerme de ellos, leí por casualidad, entre aquel montón,  el título de unas pocas hojas manuscritas unidas con una grapa y en cuya primera página podía leerse en tinta azul: «Vindicación de Íker Casillas». Nervioso, como haciendo algo prohibido, las plegué varias veces, me las metí en el bolsillo y me dirigí con prisa al despacho para leerlas con calma. ¿Quién habría escrito aquello? ¿Con qué intención? Después de su lectura me pareció que, antes que perderse para siempre un texto tan extraño, sería bueno transcribirlas y ofrecértelas, lector curioso.

Lo que sigue es una reproducción tal cual llegaron a mis manos. Únicamente he corregido algunas faltas de ortografía que contenía el manuscrito. Nada más he tocado. Aquí te lo dejo para que saques tus propias conclusiones.

VINDICACIÓN DE ÍKER CASILLAS

Si el mundo está a punto de volverse loco, el madridismo ha caído ya en la más terrible de las demencias que pueda padecer un ser humano. Las últimas críticas vertidas sobre el capitán del Real Madrid revelan un estado mental, un espíritu, al que la razón ha dejado desamparado y solo. Y hasta tal punto esto es esperpéntico, que estas mentes irracionales han llegado a convertir al portero más laureado de la historia del Real Madrid, mediante un valleinclanesco proceso de animalización, en el mamífero más underground que conocemos: lo han convertido —así lo definen— en un topo. «¡Topo, topo, topo! ¡El topor, el topor, el topor!», le gritan con boca anónima. ¡Payasos!

Podríamos pasar por alto estas maldades y dejarlo todo en una anécdota de personas aburridas, en un divertimento sin importancia. Pero dichas críticas han alcanzado tal magnitud y difusión, y nos parecen tan sinceras por su parte, que creemos conveniente reparar en ellas, detenernos y analizarlas, estudiando, uno por uno, los argumentos con que se pretende menospreciar una de las carreras deportivas más brillantes que vieron los años pasados, los presentes y esperan ver los venideros.

Se lo acusa de fallar en las salidas por alto: un equipo no debe depender de papá portero, que lo protege de los balones por alto cual Estado socialdemócrata. No: cada jugador debe saber valerse por sí mismo, en igualdad de condiciones. Y el portero que “va bien por alto” se aprovecha de que puede usar las manos para competir en ventaja con el delantero rival. Es una especie de “jugador de cuota”. Pues, no, señores: en un equipo liberal hay igualdad de oportunidades, y en córneres y centros al área, cada palo aguanta virilmente su vela. Así, Casillas no quiere privilegios forales ni discriminaciones positivas, sino que espera a pie firme el remate del delantero, para vencerlo en buena lid sobre la línea de gol. Casillas es, en este sentido, el perfecto “sportman”.

Se le reprocha su poca capacidad en el juego con los pies, en el saque en corto. Sí, Casillas es torpe e impreciso en el juego en corto. Pero, ¡por los clavos de Cristo! ¿No habéis denostado y ridiculizado el femenil y cursi «tiquitaca»? Entonces, ¿por qué exigís a nuestro portero que sepa jugar el balón en corto? Dejémonos de sofismas y tengamos, por una vez, un mínimo de coherencia.

Claro que, nos dicen, Casillas tampoco tiene un buen juego en largo. Se lo acusa de carecer de fuerza y de precisión. Bien, ¿y qué? Odiadores de Casillas, mírennos a los ojos y contesten: si nuestro portero supiera dar pases de 70 metros, acertando siempre con el delantero centro, ¿acaso jugaríamos a otra cosa? ¿No caeríamos en la tentación de supeditar todo nuestro juego a un recurso tan tosco como eficaz? Casillas nos permite hacer de la necesidad, virtud. Y así, sus saques van a parar al punto justo, entre los defensas y los medios, apenas en la línea divisoria de ambas mitades del campo. Casillas nos obliga a jugar rectamente, rechazando tanto el barroquismo superfluo como la simpleza expeditiva.

A Casillas se lo ha acusado, también, de conspirar con algunos periodistas para perjudicar a su antiguo entrenador (José Mourinho, quien lo tenía en poca estima) y para favorecer su posición dentro del equipo y del club. Dígannos la verdad si pueden ser honestos: ¿nunca han tenido ustedes el secreto deseo de putear a su jefe? ¿De airear sus trapos sucios? ¿De venderlo a la competencia? Pues eso es justamente lo que hizo Íker Casillas con José Mourinho. Casillas cumplió el sueño de cualquier empleado español. Casillas es un héroe jeffersoniano, ejemplo de virtudes republicanas, que sabe contrapesar el poder dentro del equipo y preservar la libertad del individuo frente al abusivo gobierno central (representado por Mourinho). Casillas, además, es al fútbol lo que Snowden, lo que Manning y lo que Assange son para una sociedad que ve en el control absoluto del Estado, en su poder omnímodo, una injerencia inadmisible que anula la sagrada libertad individual de las personas.

Se ha llegado a insinuar incluso que Casillas da sobres con dinero a algunos periodistas para que lo defiendan y promocionen. Y aunque esto fuese cierto, ¿ha de tenerse por una vileza? A la tropa de indocumentados y perroflautas que blanden tales argumentos, nosotros les decimos: ¿es que queréis que canten las alabanzas de Íker gratis? ¿Qué os habéis creído? ¿Que los periodistas profesionales son todos unos blogueros y tuiteros sin oficio, como vosotros? No, señores, no: como bien dice Arcadi Espada, el periodismo hay que pagarlo. Basta ya de «copylefts» y de «quinceemes».

Todas estas acusaciones, incluso en el caso de que fuesen verdad, son tan pueriles que tenemos que preguntarnos: ¿por qué tanto odio? ¿Por qué ese afán por destruir a un jugador que lo ha ganado absolutamente todo con el Real Madrid (su club de toda la vida) y con la Selección española? Nietzsche nos da la respuesta: Íker Casillas es el individuo cimero, superior, que persigue sanamente su propio interés y que, al hacerlo, triunfa. Y quienes lo atacan sólo proyectan sobre él su propia impotencia, su propia incapacidad de emularlo.

El Comité Invisipla

7 comentarios en “Vindicación de Íker Casillas

  1. Me ha parecido curiosa la caracterización de Casillas como “héroe jeffersoniano”. Jefferson personalmente ejecutó a un individuo en el césped de la Casa Blanca por traición. David Cox, oriundo de Carolina del Norte tardó 10 horas en morir tras recibir un único disparo proveniente del fusil de pedernal del entonces presidente de EEUU. Su traición había sido el filtrar información al enemigo. Un paralelismo poco acertado a mi entender.

    1. Pues no tengo ni idea. A mí esa referencia me ha obligado a ir a Wikipedia por no conocer prácticamente nada acerca de las ideas de Jefferson. No sé si esta alusión se ha hecho tomando en consideración sus ideas como un todo (en el caso de existir un pensamiento jeffersoniano propiamente dicho) o si se refiere a algún aspecto más concreto, esto es, aislado, de su ideario. Insisto: he querido respetar el manuscrito original sin eliminar nada.
      Su comentario, por cierto, me parece muy enriquecedor, y la incongruencia (si lo fuese) en que incurren los autores no hace más que resaltar el carácter extraño y misterioso del texto al que aludo en mi presentación.
      Le agradezco enormemente su contribución.

  2. Considero muy acertado retratar a Casillas como el individuo cimero. Como dijo Cernuda,

    El odio y destrucción perduran siempre
    sordamente en la entraña
    toda hiel sempiterna del español terrible,
    que acecha lo cimero
    con su piedra en la mano.

    ¿Cuándo dejarán los españoles de odiar a sus hombres mejores?

    1. Sin dejar de reconocer los logros de Casillas, imagino yo que, además de sus muchas luces, podrán encontrarse en él algunas sombras. Esa concepción de Casillas como héroe plano me parece, además de desacertada, injusta con él, máxime en unos tiempos, éstos, en los que lo sibilino se considera positivo.

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