Café

Voy a moler café. Voy a hacer café. A veces no me lo tomo; otras, sí. Pero me gusta que la casa huela a café por la noche. El olor a café es un contexto. El olor a café, como la claridad de aquel gran poeta en aquellos dos versos, «ocupa las cosas haciendo de ellas vida», o algo así escribió, no exactamente así, pero así.

El café. Yo no sabía cómo era la planta del café hasta que la vi en los cerros centroamericanos, en aquellos cerros de los terratenientes cultivados por manos pobres, modestas. El café le ganó el sitio a la selva y al añil.

Me gusta tocar los granos del café con mis manos antes de molerlos, llevármelos a la nariz, olerlos, buscando el aire de su origen, respirando aquel aire de aquellos cerros dominados por el sudor de hombres y mujeres; tocar con mis manos los mismos granos que tocaron aquellos dedos de gentes humildes y olvidadas que aquí, en España, en esta mierda de país, insultamos burlándonos de su forma de hablar, de su seseo, de la tez de su piel, de sus costumbres. El español paleto, el «chele» gilipollas que hace nada dormía sobre un haz de pajas y freía las patatas en el sebo derretido de los cerdos.

La cafetera suena sobre el fuego vitrocerámico, que no es fuego. Hemos, también, perdido el fuego. Comienza el olor por la cocina, se propaga. Tomaré un libro, tal vez de Roque Dalton o de Brenda Gallegos. Hoy me apetece escaparme de esta España de dos bandos, de esta España de dos rebaños de carneros testaraces, de cuernos retorcidos, de alma podre y de peores intenciones. De esta mierda de España, ya sin hambre, completamente ociosa y depravada, de esta España de españoles a los que el sumidero de la Historia aguarda.

Individuo y lenguaje

Individuo y lenguaje

Pensemos primero en lo que el lenguaje representa para el individuo solo, para el ser humano, en sí mismo, antes de atender a lo que significa para ese mismo hombre en sus actos de relación con sus semejantes. Por tener el lenguaje misión primordial comunicativa, y servir de enlace entre persona y persona, solemos fijarnos únicamente en éste su valor social. ¿Pero no es, antes, algo más que eso? Imaginémonos un niño chico, en un jardín. Hace muy poco que aprendió a andar: le llama la atención una rosa en lo alto de su tallo, llega delante de ella y, mirándola con los ojillos nuevos, que se le encienden de alegría, dice: «¡Flor, flor!». Nada más que esto. ¿A quién se lo dice? Pronuncia la palabra sin mirar a nadie, como si estuviera solo con la flor misma. Se lo dice a la rosa. Y a sí mismo. El modular esa sílaba es para él, para su ternura, gran hazaña. Y ese vocablo, ese leve sonido, «flor», es en realidad un acto de reconocimiento, indicador de que el alma incipiente del infante ha aprendido a distinguir, de entre las numerosas formas que el jardín le ofrece, una, la forma de la flor. Y desde entonces, cada vez que perciba la dalia o el clavel, la rosa misma, repetirá con aire triunfal su clave recién adquirida. Significa mucho: «Os conozco, sé que sois las flores». El niño asienta su conocer en esa palabra.

Pedro Salinas. Defensa del lenguaje. Madrid, Alianza Editorial, 1992 (edición no venal).

Era la clase

Era la clase, y había, también, monotonía de lluvia tras los cristales. Un niño de diez años hacía sus tareas. Calzaba unas zapatillas de andar por casa, un poco rotas las puntas, algo descosidas las suelas. En el pupitre de detrás, otro niño se fijó en aquel calzado, que le llamó la atención y que, en voz alta y con crueldad infantil, le hizo notar a la maestra que su calzado no era el apropiado.

Así se ventilan mejor los pies, respondió ella decepcionada.

Aquel alumno ignorante era yo, fui yo. Y aquella lección que aprendí ese día no la olvidé nunca; la recuerdo siempre.

Pensando en las musarañas

No hace mucho vi un documental en el que se hablaba de la musaraña. Salía de su madriguera por la noche en busca de comida sin parar. Y recordé mi primer año de carrera en Santiago de Compostela, mi único año en Santiago, y recordé cómo algunas noches del fin de semana yo salía, también, del piso solitario y frío a pasear, a veces bajo la lluvia. Solía quedarme solo el fin de semana, envidiando —no, no creo que fuese envidia— a mis otros tres compañeros, que los viernes regresaban a casa con sus padres; envidiando —no, no creo que fuese envidia— que estaban con ellos sentados en el sofá de su cuarto de estar; envidiando —no, no creo que fuese envidia— el calor de los hogares; envidiando —no, no creo que fuese envidia— la televisión en color; envidiando —no, no creo que fuese envidia— una paella o una empanada o un filete frito con mucho ajo frito y con patatas fritas.

A mí me llegaban, siempre tarde, las 16.250 pesetas que me mandaban por transferencia para pagar mi cuarta parte de piso, y un poco más para ir tirando, para ir tirando un poco. Y ya era mucho. Soledad, soledad, soledad que me acompañas.

La musaraña salía en el documental a buscar el sustento cotidiano, y recordé mis paseos nocturnos por las calles de Santiago buscando, como la musaraña, en las aceras, entre los coches aparcados, bajo los bancos de algún parque, alguna moneda perdida, algún billete. Y a veces encontraba lo suficiente para una barra de pan o para tomar un café o para comprar Ducados. ¡Qué placer aquel paquete de tabaco nuevo, qué placer aquel café en el Jocar con mi paquete de tabaco nuevo y su televisor en color! Paseaba pensando a veces en las musarañas o en pedir o en robar. Pensando, pensando, pensando todo el rato y sin dejar de mirar al suelo.

Hoy recuerdo aquellos meses con una sonrisa sincera: todo estaba entonces por hacer y yo era joven.