Era la clase, y había, también, monotonía de lluvia tras los cristales. Un niño de diez años hacía sus tareas. Calzaba unas zapatillas de andar por casa, un poco rotas las puntas, algo descosidas las suelas. En el pupitre de detrás, otro niño se fijó en aquel calzado, que le llamó la atención y que, en voz alta y con crueldad infantil, le hizo notar a la maestra que su calzado no era el apropiado.

Así se ventilan mejor los pies, respondió ella decepcionada.

Aquel alumno ignorante era yo, fui yo. Y aquella lección que aprendí ese día no la olvidé nunca; la recuerdo siempre.

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