El viento, el aire. Vaivén de las cigüeñas en lo alto, cometas de San Blas o drones de amazón que han entregado un niño a algún cliente, una muñena de ésas que apacigua las ansias maternales no alcanzadas. Todo es sustituble. Decadencia.

El viento, el aire, las copas de los árboles perennes y algunas hojas que al final se rinden y mueren sobre una acera o un balcón sombrío al que nadie se asoma con carita de azucena. Dignidad de intentarlo aun a sabiendas del destino de hojarasca.

El viento, el aire. Banderas y pancartas, Puerta del Sol, Madrid. Hubo un encuentro, resultado del malhacer de nuestros gobernantes, que lo han quemado todo, y de ese fuego se han juntado las brasas en esta plaza íntima e incandescente que recibe los años siempre igual, los años siempre iguales. Siempre un kilómetro cero, correr y no avanzar, como la cinta de un gimnasio que andan los ancianos de la residencia en donde se terminan, tercera edad y última.

El viento, el aire que levanta tu falda y me enseña tus bragas españolas de diseño lascivo que unas manos de niña cosieron por un dólar cotidiano en un país propicio.

El viento, el aire. Nada. Es domingo. Febrero un año más, un año menos.

2 comentarios en “Viento

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