Es el parque, el bar del parque. Niños con pelota al fondo. Camisetas del Madrid, del Barça, del Atleti. Un abuelo es el árbitro. La pelota se viene entre las mesas. Grada, familia. Cervezas, refrescos y café. Café con hielo. No hay bombón helado. Murmullo de juegos pilla-pilla por la orilla, naipes, cien en reyes, cotilleos, Podemos comunistas, fin de los tiempos, es el fin de la historia.
Un perro lame el grifo de la fuente que una niña le abre.
Tirantes, escotes, espaldas con lunares. Un pie mueve sus dedos fuera de una sandalia o acaricia una pierna de hombre por debajo de la mesa. ¡Besos, pero no darlos!.
Es primavera. Tristeza de estos días, de este mes de muerte y hospitales, de tanatorios, templos, sepulcros y ceniza. Toda muerte es horrible, ¡pero la tuya, tanto!, compañero de bici, tan temprano. Anoto todo rápido y pido más café. Son uno treinta. La camarera baila una música de ahora y llora un niño haber fallado un gol cantado. El parque. La Luna cuelga del cielo, sobre mi cabeza pende.

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