Días felices

Por las mañanas, antes de que pasen por la calle los barrenderos, se posan en la acera algunos pájaros que picotean del suelo el alimento. Llega después un hombre solo que se agacha para recoger las colillas que encuentra. Las toma con las manos, sopla sobre ellas para limpiarlas un poco, se las guarda en los bolsillos y continúa su camino escrutando cabizbajo el suelo.
Recuerdo, entonces, mis días en Santiago.Sin dinero, precario, siempre con poca comida. La barra de pan que iba alargando, el arroz cocido con pimentón, los espaguetis con pimentón, las patatas cocidas con pimentón. Si en el supermercado no había mucha vigilancia, podía añadir alguna salchicha o preparar una sopa de sobre. Después —o antes— salía a la calle a mirar, también, entre los coches o debajo de los bancos del parque o por el Obradoiro si a alguien se le había caído alguna moneda. Relucían como soles bajo la lluvia fina. Cuando la mala suerte se prolongaba, hacía autostop hasta la casa familiar, viaje que podía llevarme todas las horas de luz de un día, a veces algo más. Al menos allí no estaba solo.
He escrito más veces sobre estos meses; ya casi en mi memoria son días felices.

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