Cortázar y lo lúdico en la literatura

«Para empezar, un escritor juega con las palabras, pero juega en serio; juega en la medida en que tiene a su disposición las posibilidades interminables e infinitas de un idioma […] Si ustedes se acuerdan —y creo que todos nos acordamos; aunque la hemos deformado un poco en el recuerdo, de todas maneras nos acordamos de nuestra infancia— estoy seguro de que todos ustedes recordarán muy bien que cuando jugábamos, jugábamos en serio. El juego era una diversión, desde luego, pero era una diversión que tenía una gran profundidad, un gran sentido para nosotros […]

»Cuando un hombre entra luego en la literatura esto puede perdurar; en mi caso ha perdurado: siempre he sentido que en la literatura hay un elemento lludico sumamente importante y que, paralelamente a lo que habíamos dicho del humor, la noción de juego aplicada a la escritura, a la temática o a la manera de ver lo que se está contando, le da una dinámica, una fuerza a la expresión que la mera comunicación seria y formal —aunque esté muy bien escrita y muy bien planteada— no alcanza a transmitir al lector, porque todo lector ha sido y es un jugador de alguna manera y, entonces, hay una dialéctica, un contacto y una recepción de esos valores.

»Hacia los años cincuenta, después de un proceso que les voy a resumir en pocos minutos, escribí una serie de pequeños textos que luego se publicaron con el nombre de Historias de cronopios y de famas. Hasta ese momento había escrito una o dos novelas y una serie de cuentos fantásticos; todo lo que había escrito podía considerarse como ‘literatura seria’ entre comillas, es decir, que si había elementos lúdicos —y sé muy bien que los hay—, estaban un poco más disimulados bajo el peso dramático y la búsqueda de valores profundos. Sucedió que, cuando di a leer esas historias de cronopios y de famas a mis amigos más cercanos, la reacción inmediata tendió a ser negativa. Me dijeron: ¿Pero cómo puedes perder el tiempo escribiendo estos juegos? ¡Estás jugando! ¿Por qué pierdes el tiempo haciendo eso? Tuve ocasión de reflexionar y convencerme —y sigo convencido— de que no perdía el tiempo, sino que simplemente estaba buscando y a veces encontrando un nuevo enfoque para dar mi propia intuición de la realidad. Seguí escribiendo esos pequeños relatos, que se sumaron al punto que finalmente dieron un libro. Cuando ese libro apareció sucedió, para mi gran alegría, que en América Latina había muchos, muchos lectores que también sabían jugar. Como dice la vieja canción infantil, sabían abrir la puerta para ir a jugar».

Julio Cortázar, Clases de literatura. Brekeley, 1980. Ed. Debolsillo. 2016

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