Cómo comer un gato

El edificio de Telefónica, con sus dieciséis plantas, había dejado de operar en sus pisos superiores porque estaban acribillados y llenos de boquetes de proyectiles, y los ascensores no funcionaban; pero las cinco plantas inferiores aún permanecían en uso. Las telefonistas seguían sentadas frente a sus centralitas, y si lo deseabas, podías comunicarte con París. A la oficina de Correos de Madrid, cerca de la Alianza1, apenas le quedaban ventanas intactas, pero el correo salía puntualmente por vía aérea a Valencia. Al otro lado de la plaza, frente al edificio de Correos, el quiosco de flores que había estado en aquella acera durante años seguía funcionando, a pesar de que el Ministerio de la Guerra, contra el que los fascistas lanzaban con regularidad uno o dos proyectiles, estaba sólo a unos pocos cientos de metros de distancia.

Ralph Heinzen, el corresponsal de United Press en Madrid, afirmó que el sitio de la ciudad era uno de los más notables de los tiempos modernos, y que «iba a pasar a la Historia junto a los de Troya, Sagunto, París y Verdún». Durante los meses que pasé allí, se calculó que sobre Madrid cayeron más de tres mil obuses, que murieron casi mil personas, que cerca de tres mil resultaron heridas y dos mil setecientos edificios quedaron inhabitables, muchos completamente demolidos. El enviado de Associated Press, Charles P. Nutter, a quien yo conocía, escribió: «No pasarán» sigue siendo el lema ensangrentado de esta ciudad vapuleada por la guerra, fría, hambrienta y desamparada, Madrid, la capital de España.

Allí, la guerra y el hambre eran compañeros habituales. Con la llegada del otoño y la escasez de verdura fresca del campo, hasta las cebollas resultaron menos abundantes. Las peladuras de las patatas y el pellejo de las salchichas se hervían en Madrid para preparar sopa. En la Alianza, hasta la carne de caballo se convirtió en un lujo, carne tosca que nuestra hábil cocinera preparaba intentando que se pareciera lo más posible a un puchero. Era experta a la hora de hacer salsas que cubriesen el aspecto peculiar de las cosas. Junto a sus lentejas, servidas en una de las hermosas fuentes antiguas que pertenecían al marqués, la carne de caballo con salsa constituía una cena excelente.

Se decía que en zonas extremadamente pobres, como Atocha y Cuatro Caminos, la gente a veces se comía a sus gatos. Le pregunté al respecto a mi amigo Vicente.

¿Quién sabe? Puede ser —dijo encogiéndose de hombros—. Pero yo no me comería un gato así, sin más. ¿Y usted? La mejor forma de prepararlo es guisándolo con un conejo; así, cuando comes un bocado, no sabes de qué es. Cada vez que mastiques te puedes imaginar que es conejo.

Langston Hughes, Escritos sobre España. Ed. La Oficina.
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1Alianza de Intelectuales Antifascistas, cuya sede estaba en el Palacio de Zabálburu.

 

2 comentarios en “Cómo comer un gato

  1. Mi abuelo solía contarme que en esa época de guerra se comían las peladuras de las patatas en la sopa y que ponían las cáscaras de las naranjas al sol, y también se las comían. Entonces manjares…
    Y todo esto venía a cuento cuando alguno de nosotros no queríamos comernos la comida de mamá…

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