El error de los «mejores libros»

¿Los cien mejores libros?

En la frenética empresa de salvar al homunculus lector, desalentado en el laberinto de los libros, se le proponen más evasiones que soluciones, más arbitrios que remedios. Uno de los expedientes socorridos es ese de ofrecer listas de los mejores libros, que por una misteriosa influencia de la numerología tienden a cifrarse en la centena. La atención candorosa de las almas sencillas se prende, encantada, en la precisión, la claridad de ese rotundo número: cien. ¿Y cómo no va a perderse si, aunque no sea ese el ánimo de los proponentes y compiladores de las listas centenarias, luce en ellas el señuelo de un equívoco? El equívoco de que con echarse al cuerpo cien libros ya se entra en posesión y beneficio de la gran herencia cultural de los hombres. Atributo de la razón es aprender los límites de las cosas: y se desaniman muchos por lo indefinido de las fronteras de ese reino de la sabiduría humana, a cuyo señoría se les invita o empuja. ¿Qué gran cosa no será el que se nos brinden sus lindes —cien libros—, se sepa ya cuál es la meta de los esfuerzos del lector apurado? Los creyentes, a pies juntillas, en eso de los cien libros se me representan —sin que nadie deba ver malicia ni menoscabo en mi figuración— como mansueta criatura que se pasara la vida dándole vueltas y vueltas al rosario de leer, sin salirse del padrenuestro, el avemaría y el gloria patri, incapaces de plagarias ni oración que no se apoye en sus cuentas. No más batidas, exploraciones o aventuras por la floresta de la literatura secular. Antes había que dar uno mismo con los tesoros, descubrir por uno solo la inesperada maravilla, como los Pizarros o los Corteses, en las incógnitas tierras; pero ahora se las recorre con todas las ventajas que al viajero turista proporciona la previsión de Cook o el American Express. Los cien libros son algo así como el viaje planeado de una vuelta al mundo, el mundo de la cultura universal, con su itinerario fijo, sus señaladas etapas, y las curiosidades marcadas con los respectivos asteriscos, para ahorrarse el trabajo de tener que juzgar por cuenta propia […].

Tómese el conjunto de la producción artística e intelectual de todos los tiempos como una sola obra maestra del espíritu humano, y se verá que el expediente de creerla irreductible a cien libros se apareja a aquel de comprimir las dos mil páginas de Dickens en cuatrocientas. En los dos casos se violenta la verdad de las cosas, ahora la felicísima verdad de que hay más de cien, mucho más, libros óptimos; antes la imperiosa verdad de que Shakespeare necesitó para escribir su Hamlet todas las plabras que él puso, y no tan sólo aquellas a quienes haga el favor de perdonar la vida cualquier Perico el de los Palotes, atropellador de clásicos, que presume de saber mejor que Shakespeare cómo había que escribir su Hamlet. Y mejor que nosotros cómo hay que leerlo.

Pedro Salinas, «Defensa de la lectura», en El Defensor. Alianza Editorial.

 

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