Michel Foucault: un peligro que seduce

CLAUDE BONNEFOY: ¿Puede explicar esto, puede explicar cómo ha abordado la escritura? Le recuerdo que aquí lo que me interesa es Michel Foucault escribiendo.

MICHEL FOUCAULT: Tal vez le resulte un tanto sorprendente la respuesta que le voy a dar. Sé practicar sobre mí mismo —y me gusta practicar sobre mí mismo con usted— un ejercicio muy diferente del que he hecho con los demás. Cuando he hablado de un autor, siempre he tratado de no tener en cuenta sus datos biográficos ni los del contexto social o cultural del campo de conocimiento en los que haya podido nacer ni formarse. En cierto modo, siempre he tratado de prescindir de lo que suele llamarse su psicología para hacerle funcionar como puro sujeto hablante.

Pues bien, ahora voy a aprovechar esta ocasión para hacer conmigo exactamente lo contrario. Voy a cantar la palinodia. Volveré contra mí mismo el sentido del discurso que he mantenido a propósito de los demás. Voy a tratar de decirle lo que ha sido para mí, a lo largo de mi vida, la escritura. Uno de mis recuerdos más constantes —no el más antiguo ciertamente, pero sí el más terco— es el de las dificultades que he tenido para escribir bien. Escribir bien en el sentido que se le da en la escuela primaria, es decir, componer páginas de escritura perfectamente legibles. Creo, estoy incluso seguro de ello, que en mi clase y en mi escuela yo era el más ilegible. Y durante mucho tiempo, hasta los primeros años de la enseñanza secundaria. En el inicio de esta, me mandaban hacer páginas especiales de caligrafía, hasta tal punto me costaba manejar como es debido la pluma y trazar correctamente los signos de la escritura.

He aquí, pues, una relación con la escritura un poco complicada, un poco sobrecargada. Pero hay otro recuerdo mucho más reciente. Se trata del hecho de que, en el fondo, nunca me he tomado muy en serio la escritura, el acto de escribir. No me entraron ganas de escribir hasta los treinta años aproximadamente. Sin duda, había realizado estudios llamados literarios. Pero esos estudios literarios —la costumbre de comentar textos, de redactar disertaciones, de hacer exámenes—, como puede suponer, nunca despertaron en mí el gusto por escribir. Todo lo contrario.

Para llegar a descubrir el puro placer de la escritura, tuve que vivir en el extranjero. Estaba por entonces en Suecia, y me sentía obligado a hablar o en sueco, que conocía muy mal, o en inglés, que practicaba a duras penas. Mi escaso conocimiento de esas lenguas me impidió decir ——durante semanas, durante meses e incluso años— lo que realmente quería. Veía cómo las palabras que deseaba decir se disfrazaban, se simplificaban, se convertían ante mí en pequeñas marionetas irrisorias en el mismo momento en que las pronunciaba.

Dentro de esta imposibilidad en que me encontré de utilizar mi propia lengua, me di cuenta, primero, de que esta tenía un espesor, cierta consistencia, que no era simplemente como el aire que se respira, una transparencia absolutamente insensible; después comprendí que tenía sus propias leyes, que tenía sus corredores, sus caminos sin esfuerzo, sus líneas, sus pendientes, sus cuestas, sus asperezas; en resumen, que tenía una fisonomía y que formaba un paisaje donde uno podía pasear y descubrir alrededor de las palabras, en torno a las frases, bruscamente, puntos de vista que antes no aparecían. En esa Suecia en la que tenía que hablar un idioma extranjero para mí, comprendí que a mi lengua, con su fisonomía repentinamente particular, podía habitarla como si fuese el lugar más secreto, pero más seguro, de mi estancia en ese lugar sin lugar que constituye el país extranjero en el que uno se encuentra. En definitiva, la única patria real, el único suelo sobre el que se puede andar, la única casa en la que uno puede detenerse y cobijarse es la lengua, aquella que se ha aprendido desde la infancia. Se trataba, pues, para mí, entonces, de reanimar ese lenguaje, de construirme una pequeña casa de la lengua de la que yo sería el dueño y de la que conocería todos los rincones. Creo que es lo que me ha dado ganas de escribir. Al no tener la posibilidad de hablar, descubrí el placer de escribir. Entre placer de escribir y posibilidad de hablar, existe cierta relación de incompatibilidad. Allí donde ya no es posible hablar, se descubre el encanto secreto, difícil, un poco peligroso, de escribir.

Michel Foucault, Un peligro que seduce. Ed. Cuatro. 2012

 

8 comentarios en “Michel Foucault: un peligro que seduce

  1. Qué interesante extracto de entrevista, me ha encantado cómo describe su lengua materna cogiendo consistencia en las circunstancias en las que se encontraba.
    Hace tiempo que no te he visto en TW, de hecho creo que ya no estás (esto sería como para compartirlo, aunque pocos lean). Hay unos cuantos que os echo de menos, tú y otra chica, de Galicia. La vida.
    Te mando un saludo con cariño.

  2. Muchas gracias por tu comentario (y por compartir el post). Foucault es siempre muy seductor (está un poco denostado últimamente).
    Lo de tw era ya algo cansino. ¡Vivo mejor ahora…!
    ¡Un saludo!

    • Claro, yo si no es por mi libro de poemas que soy a conocer por ahí, la verdad es que lo hubiese dejado también, o por lo menos algunas rachas. Aunque a veces se leen extractos de libros, interesantes, algo me sigue aportando. 🙂 un beso

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s