El dolor no es en modo alguno un privilegio

30 de octubre [de 1940]

El dolor no es en modo alguno un privilegio, un signo de nobleza, un aviso de Dios. El dolor es una cosa bestial y feroz, trivial y gratuita, natural como el aire. Es impalpable, no se deja agarrar y rehúye el combate; vive en el tiempo, es lo mismo que el tiempo; si tiene sobresaltos y alaridos, los tiene sólo para dejar más indefenso a quien sufre, en los instantes que seguirán, en los largos instantes en que se saborea el tormento pasado y se espera el siguiente. Estos sobresaltos no son el dolor propiamente dicho, son instantes de vitalidad inventados por los nervios para hacer sentir la duración del dolor verdadero, la duración tediosa, exasperante, infinita del tiempo-dolor. Quien sufre está siempre en estado de espera, espera del sobresalto y espera del nuevo sobresalto doloroso. Llega el momento en que se prefiere la crisis del alarido a su espera. Llega el momento en que se grita sin necesidad, con tal de romper la corriente del tiempo, con tal de sentir que sucede algo, que la duración eterna del dolor bestial se ha interrumpido un instante, aunque sea para intensificarse.

A veces se llega a sospechar que la muerte —el infierno— consistirá aún en el fluir de un dolor sin sobresaltos, sin voz, sin instantes, todo tiempo y todo eternidad, incesante como el fluir de la sangre en un cuerpo que ya no morirá.

¡La fuerza de la indiferencia! Es la que ha permitido a las piedras durar inmutables durante millones de años.

Cesare Pavese, El oficio de vivir. Seix Barral.

 

 

Recordemos los versos de «Lo fatal», de Rubén Darío:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

También me evoca el texto de Pavese esos versos de Cernuda en su poema «Donde habite el olvido»:

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Siempre me he preguntado si ese «sólo» de Cernuda podría ser, también, interpretado como un «solo».

 

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