Petrificada, ausente, sin lágrimas ni voz

Madrid, 26 de marzo, 1934

Mi queridísimo Don Miguel [de Unamuno],

Hablo constantemente de V. con mis amigos ateneístas, Meléndez, Rodolfo Reyes, Baroja, Vighi, Valero Martín… Le recuerdo con la devoción de siempre. Siento con toda mi alma su ausencia. He sufrido mucho recluida en un sanatorio de enfermedades nerviosas. Debí seguir el tratamiento en casa, pero a mi lado faltó una voluntad enérgica y los médicos convencieron a mi madre de la necesidad de un aislamiento total. Y una noche trágica me llevaron a viva fuerza al sanatorio. Al enfermatorio. Protesté, grité y me encerraron en una habitación alta pintada de amarillo, con una cama atornillada al suelo y sólida puerta de hierro que cerraban implacables. Me moría de miedo. Entre el sopor de los narcóticos, oía los gritos alucinantes de las locas y pasaba horas y horas acurrucada en un rincón como un animal enfermo, entre congojas de agonía y súplicas de una ternura que nadie quería darme.

Rodeada de seres mecánicos, insensibles al dolor humano comprendí que lo mejor era fingir una conformidad que no sentía. Creí ahogarme de angustia, me cruzaba el pecho un dolor de llaga. Al fin quedé petrificada, ausente, sin lágrimas ni voz.

[…]

No olvide el todo a su triste amiga
Margarita Ferreras

 

 

 

 

Revuelto en oleadas de agonía
trepa por mis raíces
y florece en sonrisa,
este instinto
que araña como un topo
en las sombras amargas
que me entierran en vida.

(Margarita Ferreras, Pez en la tierra. Ed. Torremozas).

 

 

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