Notas rápidas sobre mi existencia en este siglo.

Comprended que no quiera vivir ni aquí ni ahora.
Mi mundo se acabó hace ya algunos años,
y vivo más por obligación
—criar una familia, pagar una hipoteca—
que por las ganas de seguir
hacia adelante.
¡Fue todo tan bonito a pesar del dolor!

Este mundo que piso,
en el que nada es verdad y a casi nadie importa
que todo sea mentira;
este mundo, profecía cumplida,
no es ya el mío ni me deja recuerdos.

Permitid que lo habite como un fantasma habita
las ruinas de una casa en la que fue feliz.
Dejadme vivir en los escombros.
No necesito más.
Quedaos con el resto, con el hoy y el mañana,
todo para vosotros,
metedlo donde os quepa,
dadle «like» y «me gusta»,
podéis ponerlo en Facebook,
haced lo que sepáis.

¡Dejadme!
Yo seré silencioso, no os meteré miedo, no asustaré a los niños
—¿queda algún pacifista, algún hippie hoy en día?—
Soy un fantasma bueno, un espíritu antiguo
ya para los modernos habitantes de ahora,
jóvenes de este siglo que empieza, que aborrezco.

(Sierra de Madrid, 24 de noviembre de 2019)

Ficción y poesía

Así son pues los poetas

las viejas prostitutas de la Historia.

(José Agustín Goytisolo)

 

Cuanto más profundizo en mi objeto de trabajo, mayor es la distancia que aprecio entre quien cuenta historias —historias preciosas, conmovedoras, inquietantes, geniales, inspiradoras— y el poeta. Aparecen  juntos, al lado uno del otro, en los libros de texto. Se enseña a los muchachos, dentro de la misma cosa, de la misma materia, lo que se hace en el oficio de escritor y en el de poeta.

Y, digo, cada vez los siento más distintos. Ficción y poesía. Espero ahondar en esta idea.

 

Receta

Materiales: una mesa amplia, una silla incómoda (no conviene descansar), un diccionario, un bolígrafo (o pluma estilográfica) y un folio en blanco (o cuaderno). Y luz suficiente (usted verá cuánta necesita).

Coloque la silla frente a la mesa y siéntese en ella. En la silla, no en la mesa.

Tome el diccionario y sitúelo sobre la mesa a su lado, cerca. Ahí tiene las palabras clasificadas por orden alfabético. Puede ayudarse, también, de un diccionario de sinónimos y antónimos o de un diccionario de ideas o de uno de perífrasis verbales, etc. Esto será el contenido.

Ponga el folio en blanco  (o el cuaderno) frente a usted. Tome contacto, acarícielo, si lo desea, como se acaricia una piel o unos labios o un vientre o una espalda o una barbilla o unos muslos o un pubis, etc.. Esto será el continente.

Agarre el bolígrafo con su mano hábil, téngalo en la mano, sosténgalo. Esto será la herramienta. Lo ortodoxo es sujetarlo con los dedos pulgar e índice tal como se muestra en la ilustración:

Ahora lo tiene todo. Elija del diccionario las palabras necesarias y combínelas siguiendo las normas gramaticales. Después, escríbalas, con el bolígrafo, sobre el papel respetando la ortografía. Una tras otra, una tras otra, una tras otra…

Se dará cuenta, al acabar, de que no le ha salido el poema o el cuento o el capítulo. Entenderá que el oficio del poeta o del escritor no es como el trabajo del ingeniero químico que fabrica el ácido clorhídrico o del farmacéutico que prepara alcohol de romero o del cocinero que hace una sopa de pescado. Eso que le ha faltado a usted, eso que no hay en su texto es, en principio, lo que busca el escritor, lo que persigue, su razón de ser.

 

Ilustración: http://muysencillo.com

Un día entero

Despertador: un sueño interrumpido, un sueño a medias. Café, las camas, desayunos, besos, una ducha caliente y un poco de prisa. Colegio, suerte en el examen, besos, casa, lavadora, ropa en el balcón, ropa en la mochila, gimnasio, cinta, kilómetros, bicicleta, pesas, músculo, venas y sudor, ropa empapada. Respiración. Café, terraza, pan. Una lectura, ¡algo de belleza! Algún periódico, noticias-propaganda, opiniones obvias, personales, desperdicio, basura, ninguna aportación, alguna gracia, alegría o enfado del lector, reafirmación, tiempo perdido, ningún aprendizaje. Mercado, frutas, verduras, carne, peces. Ensalada, puchero, sartén, cubiertos, platos, servilletas, alimento. Colegio, besos, deberes, restas con llevada, redacciones, parque, niños, madres, padres, correteos, lectura en una sombra, café, compras de última hora, las ocho de la tarde, casa, baños, ducha, cena, lavavajillas, juegos, buenas noches, besos, balcón con Luna y Venus en el cielo, café, silencio, sueño.
Los días sin verbo, sin acción, sin sujeto ni objeto.

Viento

El viento, el aire. Vaivén de las cigüeñas en lo alto, cometas de San Blas o drones de amazón que han entregado un niño a algún cliente, una muñeca de ésas que apacigua las ansias maternales no alcanzadas. Todo es sustituble. Decadencia.

El viento, el aire, las copas de los árboles perennes y algunas hojas que al final se rinden y mueren sobre una acera o un balcón sombrío al que nadie se asoma con carita de azucena. Dignidad de intentarlo aun a sabiendas del destino de hojarasca.

El viento, el aire. Banderas y pancartas, Puerta del Sol, Madrid. Hubo un encuentro, resultado del malhacer de nuestros gobernantes, que lo han quemado todo, y de ese fuego se han juntado las brasas en esta plaza íntima e incandescente que recibe los años siempre igual, los años siempre iguales. Siempre un kilómetro cero, correr y no avanzar, como la cinta de un gimnasio que andan los ancianos de la residencia en donde se terminan, tercera edad y última.

El viento, el aire que levanta tu falda y me enseña tus bragas españolas de diseño lascivo que unas manos de niña cosieron por un dólar cotidiano en un país propicio.

El viento, el aire. Nada. Es domingo. Febrero un año más, un año menos.