Category Archives: Apuntes

Receta

Materiales: una mesa amplia, una silla incómoda (no conviene descansar), un diccionario, un bolígrafo (o pluma estilográfica) y un folio en blanco (o cuaderno). Y luz suficiente (usted verá cuánta necesita).

Coloque la silla frente a la mesa y siéntese en ella. En la silla, no en la mesa.

Tome el diccionario y sitúelo sobre la mesa a su lado, cerca. Ahí tiene las palabras clasificadas por orden alfabético. Puede ayudarse, también, de un diccionario de sinónimos y antónimos o de un diccionario de ideas o de uno de perífrasis verbales, etc. Esto será el contenido.

Ponga el folio en blanco  (o el cuaderno) frente a usted. Tome contacto, acarícielo, si lo desea, como se acaricia una piel o unos labios o un vientre o una espalda o una barbilla o unos muslos o un pubis, etc.. Esto será el continente.

Agarre el bolígrafo con su mano hábil, téngalo en la mano, sosténgalo. Esto será la herramienta. Lo ortodoxo es sujetarlo con los dedos pulgar e índice tal como se muestra en la ilustración:

Ahora lo tiene todo. Elija del diccionario las palabras necesarias y combínelas siguiendo las normas gramaticales. Después, escríbalas, con el bolígrafo, sobre el papel respetando la ortografía. Una tras otra, una tras otra, una tras otra…

Se dará cuenta, al acabar, de que no le ha salido el poema o el cuento o el capítulo. Entenderá que el oficio del poeta o del escritor no es como el trabajo del ingeniero químico que fabrica el ácido clorhídrico o del farmacéutico que prepara alcohol de romero o del cocinero que hace una sopa de pescado. Eso que le ha faltado a usted, eso que no hay en su texto es, en principio, lo que busca el escritor, lo que persigue, su razón de ser.

 

Ilustración: http://muysencillo.com

Un día entero

Despertador: un sueño interrumpido, un sueño a medias. Café, las camas, desayunos, besos, una ducha caliente y un poco de prisa. Colegio, suerte en el examen, besos, casa, lavadora, ropa en el balcón, ropa en la mochila, gimnasio, cinta, kilómetros, bicicleta, pesas, músculo, venas y sudor, ropa empapada. Respiración. Café, terraza, pan. Una lectura, ¡algo de belleza! Algún periódico, noticias-propaganda, opiniones obvias, personales, desperdicio, basura, ninguna aportación, alguna gracia, alegría o enfado del lector, reafirmación, tiempo perdido, ningún aprendizaje. Mercado, frutas, verduras, carne, peces. Ensalada, puchero, sartén, cubiertos, platos, servilletas, alimento. Colegio, besos, deberes, restas con llevada, redacciones, parque, niños, madres, padres, correteos, lectura en una sombra, café, compras de última hora, las ocho de la tarde, casa, baños, ducha, cena, lavavajillas, juegos, buenas noches, besos, balcón con Luna y Venus en el cielo, café, silencio, sueño.
Los días sin verbo, sin acción, sin sujeto ni objeto.

Viento

El viento, el aire. Vaivén de las cigüeñas en lo alto, cometas de San Blas o drones de amazón que han entregado un niño a algún cliente, una muñeca de ésas que apacigua las ansias maternales no alcanzadas. Todo es sustituble. Decadencia.

El viento, el aire, las copas de los árboles perennes y algunas hojas que al final se rinden y mueren sobre una acera o un balcón sombrío al que nadie se asoma con carita de azucena. Dignidad de intentarlo aun a sabiendas del destino de hojarasca.

El viento, el aire. Banderas y pancartas, Puerta del Sol, Madrid. Hubo un encuentro, resultado del malhacer de nuestros gobernantes, que lo han quemado todo, y de ese fuego se han juntado las brasas en esta plaza íntima e incandescente que recibe los años siempre igual, los años siempre iguales. Siempre un kilómetro cero, correr y no avanzar, como la cinta de un gimnasio que andan los ancianos de la residencia en donde se terminan, tercera edad y última.

El viento, el aire que levanta tu falda y me enseña tus bragas españolas de diseño lascivo que unas manos de niña cosieron por un dólar cotidiano en un país propicio.

El viento, el aire. Nada. Es domingo. Febrero un año más, un año menos.

Pensando en las musarañas

No hace mucho vi un documental en el que se hablaba de la musaraña. Salía de su madriguera por la noche en busca de comida sin parar. Y recordé mi primer año de carrera en Santiago de Compostela, mi único año en Santiago, y recordé cómo algunas noches del fin de semana yo salía, también, del piso solitario y frío a pasear, a veces bajo la lluvia. Solía quedarme solo el fin de semana, envidiando —no, no creo que fuese envidia— a mis otros tres compañeros, que los viernes regresaban a casa con sus padres; envidiando —no, no creo que fuese envidia— que estaban con ellos sentados en el sofá de su cuarto de estar; envidiando —no, no creo que fuese envidia— el calor de los hogares; envidiando —no, no creo que fuese envidia— la televisión en color; envidiando —no, no creo que fuese envidia— una paella o una empanada o un filete frito con mucho ajo frito y con patatas fritas.

A mí me llegaban, siempre tarde, las 16.250 pesetas que me mandaban por transferencia para pagar mi cuarta parte de piso, y un poco más para ir tirando, para ir tirando un poco. Y ya era mucho. Soledad, soledad, soledad que me acompañas.

La musaraña salía en el documental a buscar el sustento cotidiano, y recordé mis paseos nocturnos por las calles de Santiago buscando, como la musaraña, en las aceras, entre los coches aparcados, bajo los bancos de algún parque, alguna moneda perdida, algún billete. Y a veces encontraba lo suficiente para una barra de pan o para tomar un café o para comprar Ducados. ¡Qué placer aquel paquete de tabaco nuevo, qué placer aquel café en el Jocar con mi paquete de tabaco nuevo y su televisor en color! Paseaba pensando a veces en las musarañas o en pedir o en robar. Pensando, pensando, pensando todo el rato y sin dejar de mirar al suelo.

Hoy recuerdo aquellos meses con una sonrisa sincera: todo estaba entonces por hacer y yo era joven.

Hierba que crece (Cuento de niños)

Decepcionada, una hierba del parque le dijo un día al jardinero:

—Si me dejases crecer hasta el final, daría dos flores blancas hermosas, que son mi razón de ser, y vendrían los insectos sobre ellas y, con mis pétalos, podría ayudar a algún enamorado, me quiere, no me quiere.

—De ti sólo se espera el verde, respondió el hombre, cuyas últimas palabras no se pudieron entender debido al ruido de la máquina segadora al encenderse.