Category Archives: Arcipreste de Ítaca

Receta

Materiales: una mesa amplia, una silla incómoda (no conviene descansar), un diccionario, un bolígrafo (o pluma estilográfica) y un folio en blanco (o cuaderno). Y luz suficiente (usted verá cuánta necesita).

Coloque la silla frente a la mesa y siéntese en ella. En la silla, no en la mesa.

Tome el diccionario y sitúelo sobre la mesa a su lado, cerca. Ahí tiene las palabras clasificadas por orden alfabético. Puede ayudarse, también, de un diccionario de sinónimos y antónimos o de un diccionario de ideas o de uno de perífrasis verbales, etc. Esto será el contenido.

Ponga el folio en blanco  (o el cuaderno) frente a usted. Tome contacto, acarícielo, si lo desea, como se acaricia una piel o unos labios o un vientre o una espalda o una barbilla o unos muslos o un pubis, etc.. Esto será el continente.

Agarre el bolígrafo con su mano hábil, téngalo en la mano, sosténgalo. Esto será la herramienta. Lo ortodoxo es sujetarlo con los dedos pulgar e índice tal como se muestra en la ilustración:

Ahora lo tiene todo. Elija del diccionario las palabras necesarias y combínelas siguiendo las normas gramaticales. Después, escríbalas, con el bolígrafo, sobre el papel respetando la ortografía. Una tras otra, una tras otra, una tras otra…

Se dará cuenta, al acabar, de que no le ha salido el poema o el cuento o el capítulo. Entenderá que el oficio del poeta o del escritor no es como el trabajo del ingeniero químico que fabrica el ácido clorhídrico o del farmacéutico que prepara alcohol de romero o del cocinero que hace una sopa de pescado. Eso que le ha faltado a usted, eso que no hay en su texto es, en principio, lo que busca el escritor, lo que persigue, su razón de ser.

 

Ilustración: http://muysencillo.com

Ars Amandi: Sexo y ropa.

     Ame a la mujer vestida. Localice sus partes desnudas y comience por ellas. La cara. Las mejillas tienen algo de fraternal o familiar que puede ser contraproducente, aunque, quién no ha tenido una prima que… Mejor los labios o la nariz o la barbilla o el cuello. Si no llevase guantes, podría besar sus manos con estilo aristocrático, y luego morder sus dedos o chuparlos mientras la mira a los ojos. También los de los pies si estuviese descalza (cosa que ocurre mucho en verano) y los tobillos. O ir piernas arriba, las rodillas. O el cuello o un hombro o un escote o un ombligo. Ame a la mujer vestida, y que vayan cayendo las prendas como se van desnudando los árboles en otoño: con naturalidad. El cuerpo desnudo que no ha sido desnudado pierde la gracia de la sorpresa, del descubrimiento. Y la ansiedad que produce no saber por dónde comenzar a besarlo.

También es recomendable toda la ropa, eso sí, contando con la ayuda de unos botones desabrochados o una cremallera bajada. Sea cuidadoso: es probable que a ella le guste ver cómo lo hace. Es un sexo urgente y pudoroso, un poco adolescente y un poco prohibido, un aquí te pillo de manos por entre los pantalones y las blusas, avanzando sobre capas de ropa interior, de gomas que aprietan los dedos, dedos que son como las raíces de un árbol que buscan la humedad de la tierra entre sus piernas. Usted ya me entiende. Posturas imposibles para hacer sitio, entrega, sometimiento de los cuerpos, escorzos, tensión. Es el deseo, que, como fuerza incontrolable, no está nada mal, punto de no retorno: cuando se pasa de risas a veras y se acabaron las tonterías. No subestime esta modalidad, y sea rudo y áspero cuando sus manos estén sobre la ropa, y delicado cuando estén sobre la piel. Es como ver con las manos, reconocer las formas mediante el tacto, visualizarlas pero no verlas. Es una gran responsabilidad. Los susurros atrevidos, algo indecorosos, pueden multiplicar el descontrol y adelantar el advenimiento. Usted tiene el control y debe decidir los tiempos. Como se aprende esto es con la práctica, con la interpretación de lo que va pidiendo un cuerpo cuando se estremece: más estremecimiento.

Cuento infantil

La niña dibujó sobre el folio un paisaje. Un paisaje de niña pequeña, de formas torpes y de escalas dispares, pero un paisaje sereno, con su cielo azul, con sus árboles, con sus casas y su río. Después tomó pintura blanca, y con un pincel lo cubrió todo hasta que el dibujo desapareció. Una vez seca la pintura, agarró nuevamente sus lápices y dibujó unas flores preciosas; unas, en un jarrón; otras, naciendo de un suelo verde, con mariposas y abejas; vida. Al rato cogió la pintura negra y tapó de nuevo el dibujo que había hecho. Ya está terminado, dijo en voz alta.
¿Acaso no te gustaba ninguno de los dos dibujos?, le pregunté curioso.
Sí, los dos me gustaban mucho, respondió segura.
¿Entonces, por qué los has borrado?, dije sorprendido.
No los he borrado —contestó más segura todavía—; siguen estando ahí, pero son un secreto.