Pasando

© Alfred Cheney Johnston

Los días, el tiempo, la vida, todo va pasando, pasando,
pasando, pasando, pasando, pasando, pasando,
pasando, pasando, pasando, pasando,
pasando, pasando, pasando,
pasando, pasando,
pasando.
No eres tú quien se irá.
Eres tú quien se queda,
quien se va quedando, quedando, quedando…

Café

Voy a moler café. Voy a hacer café. A veces no me lo tomo; otras, sí. Pero me gusta que la casa huela a café por la noche. El olor a café es un contexto. El olor a café, como la claridad de aquel gran poeta en aquellos dos versos, «ocupa las cosas haciendo de ellas vida», o algo así escribió, no exactamente así, pero así.

El café. Yo no sabía cómo era la planta del café hasta que la vi en los cerros centroamericanos, en aquellos cerros de los terratenientes cultivados por manos pobres, modestas. El café le ganó el sitio a la selva y al añil.

Me gusta tocar los granos del café con mis manos antes de molerlos, llevármelos a la nariz, olerlos, buscando el aire de su origen, respirando aquel aire de aquellos cerros dominados por el sudor de hombres y mujeres; tocar con mis manos los mismos granos que tocaron aquellos dedos de gentes humildes y olvidadas que aquí, en España, en esta mierda de país, insultamos burlándonos de su forma de hablar, de su seseo, de la tez de su piel, de sus costumbres. El español paleto, el «chele» gilipollas que hace nada dormía sobre un haz de pajas y freía las patatas en el sebo derretido de los cerdos.

La cafetera suena sobre el fuego vitrocerámico, que no es fuego. Hemos, también, perdido el fuego. Comienza el olor por la cocina, se propaga. Tomaré un libro, tal vez de Roque Dalton o de Brenda Gallegos. Hoy me apetece escaparme de esta España de dos bandos, de esta España de dos rebaños de carneros testaraces, de cuernos retorcidos, de alma podre y de peores intenciones. De esta mierda de España, ya sin hambre, completamente ociosa y depravada, de esta España de españoles a los que el sumidero de la Historia aguarda.

Sensación

Harto como me encuentro de mantener
la pose interesante,
cansado de dar brillo
a lo que sólo es mediocre
y aburrido,
y envuelto ya de un aire mortuorio
de todo lo que ha ido muriendo,
que es tanto y fue tan poco,
quiero darme la vuelta
y tirar los pantalones hacia abajo,
y enseñaros el culo,
también harto él de estar sentado
escribiendo bobadas como esta.
He aquí mi verdad.
Era todo mentira
lo demás.

Hemos perdido el tiempo

El terremoto. Es menos de un segundo cada día, pero es menos. Calculando así por encima, quizás no llegue al minuto en todo un año, pongamos un minuto. Y al cabo de los años, cuando llegue el Momento —memento mori—, ¿cómo no echaré de menos ese tiempo? Unos minutos o una hora o una noche entera más contigo; depende de los años. Un poco más de tiempo para decir te quiero o para recordar. O para tomar aire y mirar alrededor y pensar ¡joder, joder, joder! O cogerte la mano o despedirme, en general, de mis asuntos. O un beso más o una mirada más por la ventana. Un poco más de tiempo. Un rato más. Lo hemos perdido.