En clase

©Tamara Lichtenstein

El otro día, unos pocos alumnos manifestaron en clase que se sentían desgraciados por el mero hecho de vivir. «¡Por qué he tenido que nacer!», se lamentaba uno. «¿Vivir para después morirte?», preguntaba otro. «Esto es una mierda, profe», afirmaba otra. Casi todos asentían. Se montó un pequeño guirigay existencial que yo, a pesar del ruido, no me atreví a parar; al contrario, me frotaba las manos para mis adentros y los dejaba decir. ¿Cómo iba a parar lo que tanto tiempo llevaba esperando? ¡Qué alegría al ver que van saliendo las preguntas! «¡Ahí os quería yo ver!», les dije mientras sonaba el final de la clase.

Preparé para el día siguiente tres poemas sencillos, fáciles, apropiados y bonitos. Nos sentamos formando un círculo y leímos. En primer lugar, «Vivo y mortal», de Blas de Otero. Después de comentarlo brevemente, seguimos con «Palabras para Julia», de José Agustín Goytisolo, y  acabamos la sesión con la lectura de «En paz», de Amado Nervo.

Los versos sonaban bellísimos por entre el silencio.