Te escribo desde el barco

A MARGARITA BONMATÍ

[Membrete: S. S. Île de France/À bord le]

Sábado [5 de septiembre de 1936]

Te escribo desde el barco, que acaba de salir de Le Havre, para echar la carta en Southampton. El barco es grande, pero el camarote resulta un poco pequeño y somos tres en él. Los salones son hermosos y la cubierta. Hasta ahora no me mareo, aunque el mar no está muy tranquilo.

Viñas vino a despedirme a la estación. Muy pesimista. Las últimas noticias son malas para el gobierno: toma de Irún, incomunicación con Francia por este lado y probable caída próxima de San sebastián. Además, ya habrás visto por la prensa que hay un nuevo gobierno en Madrid, de tipo predominantemente socialista moderado, pero con dos comunistas, Bayo y Largo Caballero. Se ve que lo han formado para intentar dominar a las milicias colocando en el gobierno a sus jefes. Pero me temo que no logren nada. En el extranjero causará mal efecto, porque se podrá decir que ya mandan en España los comunistas y que se acentúa la marcha hacia el barbarismo. A mí me parece bien su formación por si así puedan restablecer la autoridad del gobierno sobre las milicias y crear el mando único. Pero me temo que ya sea tarde.

Pedro Salinas y Margarita (1921)

Según la gente de París, Viñas, Prieto, etc., Madrid está imposible, y Barcelona, peor. Todos mandan y nadie manda. Los ministros, apenas si tienen autoridad, y viven todos en el Ministerio de Marina sin atreverse apenas a salir. Las milicias anarquistas se presentan en donde quieren, se llevan a quien quieren y lo matan o lo sueltan. Al novio de Pepita Viñas, aunque era de Izquierda Republicana y muy amigo de Bolívar, lo han fusilado sin saber por qué. A don Ramón lo sacaron de su casa en un camión y lo llevaron al Centro del que se han incautado unos catedráticos de instituto cualesquiera. A Marañón, que estaba en Portugal y volvió a Madrid para que no dijeran que se emboscaba, lo llevaron a declarar y lo soltaron después de tres horas de interrogatorio. A Ortega lo han amenazado porque no quería hablar por la radio y el gobierno no puede nada contra esta anarquía que hace que no esté segura la vida de nadie y se mate sin ton ni son. ¡Qué suerte hemos tenido, Marg! ¡Qué días horribles deben de estar pasando allí! Pobres los de Santander, ¡si vuelven! Aunque en Cataluña es peor. ¡No sé lo que pasará allí! ¡Ahora que el Ministro de Instrucción es un comunista!

¡Adiós, guapa! ¡Demos gracias todos! Os abrazo mucho y os recuerdo mucho.

Tu Pedro

 

Pedro Salinas, Pasajero en las Américas. Fondo de Cultura Económica.

 

 

Florbela Espanca

 

 

 

 

Me pongo a estudiar y me enredo. Tomo los apuntes (horribles, deleznables; los opositores a Secundaria me comprenderán) y me entra el sueño. Estaba con la Generación del 27 y, harto de esos apuntes aburridos y sin sentido alguno, llegué al número 4 de la revista La Gaceta Literaria (fundada por Giménez Caballero y difusora de las vanguardias literarias españolas y de la Generación del 27). Allí se encontraba un artículo firmado por Augusto d’Esaguy titulado «Poetisas portuguesas». Entonces descubrí a algunas autoras. Entre ellas, a Florbela Espanca (1894-1930).

Juego de damas

Las cinco damas de una corte llena de color y poesía, enamoradas las cinco de un joven misterioso que ha legado a ella de lejanas tierras. Lo rondan, lo cercan y se ocultan mutuamente su amor. Pero el joven no les hace caso. El joven pasea el jardín enamorando a la hija del jardinero, joven, con la piel tostada y de ninguna belleza, aunque sin fealdad, desde luego. Las otras damas lo rondan y averiguan de qué se trata e, indignadas, tratan de matar a la joven tostada, pero cuando llegan ya está ella muerta con la cara sonriente y llena de luz y aroma exquisito. Sobre un banco del jardín encuentran una mariposa que sale volando y las ropas del joven.

 

Federico García Lorca. Prosa (Obras completas III). Galaxia Gutenberg.

El hecho de ser hombre

Emil CioranEl hecho de ser hombre es tan importante y tan nulo que no puede soportarse más que por el inmenso desconsuelo que encierra esa decisión. ¡Vivir con el sentimiento de que es más revelador ser hombre que Dios, que es dolorosamente significativo este ser y no ser de la condición humana y, sin embargo, que te aplasten los límites visibles de un drama aparentemente inconmensurable!

¿Por qué el vagabundeo humano es más desgarrador que el divino? ¿Por qué Dios parece tener todos los papeles en regla y el hombre ninguno? ¿No será que este último, por andar vagando entre el cielo y la tierra, se arriesga y sufre más que el Otro, instalado en el confort de lo Absoluto?

*

¿Qué andas buscando en medio de los mortales cuando tocas el órgano y ellos la flauta?

 

 

 

 

Emil Cioran, El ocaso del pensamiento. Tusquets.

Michel Foucault: un peligro que seduce

CLAUDE BONNEFOY: ¿Puede explicar esto, puede explicar cómo ha abordado la escritura? Le recuerdo que aquí lo que me interesa es Michel Foucault escribiendo.

MICHEL FOUCAULT: Tal vez le resulte un tanto sorprendente la respuesta que le voy a dar. Sé practicar sobre mí mismo —y me gusta practicar sobre mí mismo con usted— un ejercicio muy diferente del que he hecho con los demás. Cuando he hablado de un autor, siempre he tratado de no tener en cuenta sus datos biográficos ni los del contexto social o cultural del campo de conocimiento en los que haya podido nacer ni formarse. En cierto modo, siempre he tratado de prescindir de lo que suele llamarse su psicología para hacerle funcionar como puro sujeto hablante.

Pues bien, ahora voy a aprovechar esta ocasión para hacer conmigo exactamente lo contrario. Voy a cantar la palinodia. Volveré contra mí mismo el sentido del discurso que he mantenido a propósito de los demás. Voy a tratar de decirle lo que ha sido para mí, a lo largo de mi vida, la escritura. Uno de mis recuerdos más constantes —no el más antiguo ciertamente, pero sí el más terco— es el de las dificultades que he tenido para escribir bien. Escribir bien en el sentido que se le da en la escuela primaria, es decir, componer páginas de escritura perfectamente legibles. Creo, estoy incluso seguro de ello, que en mi clase y en mi escuela yo era el más ilegible. Y durante mucho tiempo, hasta los primeros años de la enseñanza secundaria. En el inicio de esta, me mandaban hacer páginas especiales de caligrafía, hasta tal punto me costaba manejar como es debido la pluma y trazar correctamente los signos de la escritura.

He aquí, pues, una relación con la escritura un poco complicada, un poco sobrecargada. Pero hay otro recuerdo mucho más reciente. Se trata del hecho de que, en el fondo, nunca me he tomado muy en serio la escritura, el acto de escribir. No me entraron ganas de escribir hasta los treinta años aproximadamente. Sin duda, había realizado estudios llamados literarios. Pero esos estudios literarios —la costumbre de comentar textos, de redactar disertaciones, de hacer exámenes—, como puede suponer, nunca despertaron en mí el gusto por escribir. Todo lo contrario.

Para llegar a descubrir el puro placer de la escritura, tuve que vivir en el extranjero. Estaba por entonces en Suecia, y me sentía obligado a hablar o en sueco, que conocía muy mal, o en inglés, que practicaba a duras penas. Mi escaso conocimiento de esas lenguas me impidió decir ——durante semanas, durante meses e incluso años— lo que realmente quería. Veía cómo las palabras que deseaba decir se disfrazaban, se simplificaban, se convertían ante mí en pequeñas marionetas irrisorias en el mismo momento en que las pronunciaba.

Dentro de esta imposibilidad en que me encontré de utilizar mi propia lengua, me di cuenta, primero, de que esta tenía un espesor, cierta consistencia, que no era simplemente como el aire que se respira, una transparencia absolutamente insensible; después comprendí que tenía sus propias leyes, que tenía sus corredores, sus caminos sin esfuerzo, sus líneas, sus pendientes, sus cuestas, sus asperezas; en resumen, que tenía una fisonomía y que formaba un paisaje donde uno podía pasear y descubrir alrededor de las palabras, en torno a las frases, bruscamente, puntos de vista que antes no aparecían. En esa Suecia en la que tenía que hablar un idioma extranjero para mí, comprendí que a mi lengua, con su fisonomía repentinamente particular, podía habitarla como si fuese el lugar más secreto, pero más seguro, de mi estancia en ese lugar sin lugar que constituye el país extranjero en el que uno se encuentra. En definitiva, la única patria real, el único suelo sobre el que se puede andar, la única casa en la que uno puede detenerse y cobijarse es la lengua, aquella que se ha aprendido desde la infancia. Se trataba, pues, para mí, entonces, de reanimar ese lenguaje, de construirme una pequeña casa de la lengua de la que yo sería el dueño y de la que conocería todos los rincones. Creo que es lo que me ha dado ganas de escribir. Al no tener la posibilidad de hablar, descubrí el placer de escribir. Entre placer de escribir y posibilidad de hablar, existe cierta relación de incompatibilidad. Allí donde ya no es posible hablar, se descubre el encanto secreto, difícil, un poco peligroso, de escribir.

Michel Foucault, Un peligro que seduce. Ed. Cuatro. 2012