La grieta

El jardín, muy bien atendido, exhibe una vida que parece fuerte: colorido, multitud, grandeza, frondosidad. Nada hay en él que no resulte deslumbrante. Tiende a la belleza y parece bello. Pero nada es verdad en él. El jardín es una ilusión de temporada.

La grieta pequeña en el muro de hormigón suele albergar en su interior alguna hierba pequeñísima cuya existencia uno no llega a comprender: cómo puede ser que  germine la semilla en semejantes condiciones, que nazca la planta, que eche raíz por entre la aridez del cemento, que crezca y que eche alguna vez una flor diminuta con polen suficiente hasta otra grieta, hasta otra flor. O la grieta en el asfalto del arcén de la autopista: los operarios se afanan en cortar los hierbajos que incomprensiblemente etc. La grieta es, frente al jardín, más pobre, menos vistosa, insignificante. Pero no es menos digna. Más, en todo caso. Y qué decir de esas flores que nacen, crecen, se reproducen y mueren encima de las tapias o sobre las tejas de alguna casa arruinada.

La grieta es el hábitat —puede decirse así— de don Lenocinio Vivales. En ella nació y en ella vive. Y en ella ha de morir. Al otro lado de su grieta está el jardín.

Cuentan que una vez salió de copas con dos compañeros de cuando el colegio con los que se encontró en el velatorio de un paisano. Estos dos amigos de la infancia habían entregado sus vidas (y sus almas) a la política, liberal el uno y marxista el otro. Y no les había ido mal, según parecía: uno iba vestido más pijito que el otro, que iba cuidadosamente desaliñado. Sus ropas eran caras por igual. Triunfan oros en el tute de la vida, y nuestro infeliz lleva todo copas.

Yo, sinencambio, ya veis, les dijo. Sigo igual que cuando niños, pero con peor salud. Me alegro por vosotros, etc.

Tú es que eres un perdedor, le soltó el liberal. Don Lenocinio bebía. Pero no te preocupes —continuó— porque ni tú ni los que son como tú merecéis la extinción. Las buenas personas somos caritativas y establecemos mecanismos adecuados para que no os falte el pan que comer ni alguna ropa que poneros si no tenéis, y podemos hacernos cargo, incluso, de vuestros hijos si vosotros no alcanzáis a darle lo mínimo exigible. No sois intrascendentes ni molestos, y no debéis caer en el error de pensar que estáis solos en el mundo. Sois caros, pero la bondad humana no entiende de dineros, etc.

¡No hagas ni caso!, saltó el marxista. La lucha no termina, ¡y venceremos! Tú, aunque no lo creas, eres igual que él y que yo y que todos y todas, y aquí está el partido para luchar por ti, que no puedes por ti mismo ni debes, etc.

Y así fueron bebiendo cubatas hasta que llegó la hora de ir a tomar la última.

Podíamos ir hasta ahí, dijo uno reforzando el “ahí” con un movimiento de cabeza y poniendo cara de lupanar.

Y fueron para allá. Don Lenocinio llevaba lo justo para una cerveza, pero se animó pensando que quizás el uno por caridad cristiana o el otro por justicia social se acordasen de él cuando etc.

Resultó que no. Los vicios, cada uno los suyos, escuchó por ambas orejas. Y allí se quedó el pobre, solo, bebiendo despacísimo la cerveza para hacer tiempo, en la barra de un burdel con cara de no tener ni un céntimo. La gloria, vamos.

Pero ocurrió que, mirando al suelo por lo cabizbajo que se encontraba, vio relucir entre las sombras un billete de quinientos que se le había caído a un ricohombre que estaba a su lado, rodeado de despampanantes señoritas. Don Lenocinio Vivales es una buena persona, puede decirse alto. Pero él vive en la grieta, no lo olvidemos. Y en la grieta hay que aprovechar cualquier oportunidad, que a un día de abundancia le suceden mil de necesidad y de calamidades.

Estiró como pudo la pierna y echó el pie sobre el billete perdido, y luego, recogiéndola hasta quedar otra vez erguido, se mantuvo quieto como si fuese de mármol durante el tiempo que el dueño legítimo tardó en cerrar su trato con las bellas ninfas y subir a la habitación. Libre la costa de moros (con perdón), no tuvo más que agacharse y dar gracias a Dios.

Recuperado el ánimo al instante, cuentan por ahí que aquella noche preparó una que valió por tres. Y que fue el último en irse. En irse a su grieta.

Verbi gratia

Estamos de acuerdo en parte, admitió don Lenocinio Vivales mientras se limpiaba del bigote unos restos de solysombra que le quedaban. Efectivamente —continuó—, con diez euros podemos comprar el doble de cosas que con cinco; y con dos manos, sí, podemos tocar el doble de teclas de un piano, llevar el doble de bolsas del supermercado o lucir el doble de relojes. ¡Pero no podemos decir, así en general, que con dos manos hacemos el doble de cosas que con una, porque hay cosas que usted jamás haría con la otra mano!

Interrúmpese aquí su razonamiento porque huelgan los ejemplos.

Párvulo

La maestra, dictante, ortográfica y puntuacional, tenía voz de perita en dulce —cariño, creo que ya—, boquita de piñón por donde salían las metáforas y las sinécdoques con una cadencia tan así, perdida entre suspiros del poema, que siempre eran los alumnos quienes tenían que esperar por ella. Con la excepción del pequeño Lenocinio Vivales, que, como Dios se había equivocado y lo había nacido zurdo, y como todavía no se daba maña suficiente con la derecha, iba más lento que el resto de sus compañeros.

Un día, mientras les profería a los alumnos aquello de la vaquera de la Finojosa, como veía que el joven Vivales no había pasado todavía del primer verso y ella estaba ya con otros pastores, paró el dictado y le preguntó con la vara: A ver, Lenocinio, que te veo con muy poco interés, dime alguna obra del Marqués de Santillana. Para lo cual no tuvo respuesta el desdichado, aunque sí la obtuvo, ya que pudo oír entre el silencio expectante una voz soplona que le decía: ¡La maté porque era mía!  ¡La maté porque era mía!

La maestra. (Con retintín) A ver, Lenocinio, que es para hoy…

Una voz soplona y susurrante. (Entre el silencio) ¡La maté porque era mía! ¡La maté porque era mía!

Lenocinio Vivales. (Decidido) La maté porque era mía.

La maestra. (Enfurecida) ¿Ah, sí? ¡Ven aquí! ¡Poseso!

Y la bofetada, aunque no sonó a tango, fue igual de dolorosa. Dolorosa para la maestra, pues el niño Vivales, ágil como pocos, poseía unos reflejos tales que le permitieron agacharse nada más vio venir la mano, que acabó golpeando con fiereza inusitada la recia madera de castaño de que estaba hecha una estantería cercana, dando al traste con el belén de plastilina y con las falanges primera y segunda de todos sus dedos.

Ese mismo día, Lenocinio sintió que ya no era un niño y se fue al bar a buscar a su padre. Padre, ya he aprendido todo lo que me tenían que enseñar. Hijo mío, al bar se viene a beber. ¡Un solysombra! Y así dejó nuestro amigo la vida inocente, dio el estirón y se puso a correr mundo, algunas veces de la mano del Maligno. De la mano izquierda.

Carta de don Lenocinio Vivales

Querido Duarte:

 

Andas escocido, por lo que parece. No me seas cínico, que nos conocemos bien. ¿Acaso tú no plagias? ¿No eres tú quien anda soltando alegremente por la red mis desventuras? ¿Me das algo a mí a cambio, que me has convertido en el hazmerreír de ADSLandia? ¿Te he pedido alguna vez explicaciones? Mira que tienes más motivos para estar contento que indignado, así que deja en paz al muchacho —al que probablemente le envidies más la juventud de lo que él te haya enfadado la vanidad— e intercede por él si esto que has liado llegase a suponerle un perjuicio académico grave, que seguro que no lo ha hecho por joder, sino por aprobar. Y agradécele, ante todo, que te haya elegido.

¡Anda que no ha habido ocasiones en que tú mismo has podido ser acusado! Aquellos exámenes que hacías, que tanto se parecían a los de R o a los de D, o aquel tupé y aquellas patillas que le copiabas a Robert Gordon. Las zamoranas que hacías cuando venía el balón, ¿las inventaste tú, tontolculo? Y qué decir de las gilipolleces que les susurrabas a las tías: esas frases que copiabas de aquellos discos que no voy a mencionar por el respeto que me mereces, y que al final te comías tanto como yo, es decir, nada.

Anda, Duartinho, sigue a lo tuyo —a lo mío— y déjate de sonetos y de ovillejos y de crueldades, y mándame 50 euros, que te los devuelvo en cuanto me paguen a mí un dinero que me deben.

Un abrazo de tu amigo

Lenocinio Vivales P.