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Días felices

Por las mañanas, antes de que pasen por la calle los barrenderos, se posan en la acera algunos pájaros que picotean del suelo el alimento. Llega después un hombre solo que se agacha para recoger las colillas que encuentra. Las toma con las manos, sopla sobre ellas para limpiarlas un poco, se las guarda en los bolsillos y continúa su camino escrutando cabizbajo el suelo.
Recuerdo, entonces, mis días en Santiago.Sin dinero, precario, siempre con poca comida. La barra de pan que iba alargando, el arroz cocido con pimentón, los espaguetis con pimentón, las patatas cocidas con pimentón. Si en el supermercado no había mucha vigilancia, podía añadir alguna salchicha o preparar una sopa de sobre. Después —o antes— salía a la calle a mirar, también, entre los coches o debajo de los bancos del parque o por el Obradoiro si a alguien se le había caído alguna moneda. Relucían como soles bajo la lluvia fina. Cuando la mala suerte se prolongaba, hacía autostop hasta la casa familiar, viaje que podía llevarme todas las horas de luz de un día, a veces algo más. Al menos allí no estaba solo.
He escrito más veces sobre estos meses; ya casi en mi memoria son días felices.

El niño suicida

De pequeño cogí fama de suicida. Nunca he sentido deseos de morir, y siempre he procurado no exponerme mucho a los peligros, al menos conscientemente. Con todo, todavía hay quien me pregunta alguna vez que cómo se me ocurrió lo de intentar ahorcarme. La cosa fue de este modo:
Era un sábado de hacia 1980 o así, es decir, tendría yo nueve o diez años. Estaba en casa viendo Sesión de tarde con unos amigos. Ponían una película de aventuras que bien podría haber sido de las protagonizadas por Errol Flynn o por Burt Lancaster. Una película de acción, golpes, espadas, etc. En una de las escenas finales apresaban al protagonista y lo llevaban a la horca, donde lo colgaban. Pero, cuando acudieron al rescate sus compañeros, que lo daban por muerto, resultó que no se había muerto y, finalmente, entre todos acababan derrotando a los malos.
Al terminar, salimos a la calle y, con la merienda en la mano, decidimos jugar a la película. Para la escena final, me subí a una piedra pequeña y me puse alrededor del cuello una cuerda de las de las balas de heno, alpacas las llaman, que colgaba clavada de una pared, con la mala suerte de que, acto seguido, resbalé y, aunque sólo me separaban del suelo unos pocos centímetros, fue distancia suficiente para que la cuerda se deslizase por mi cuello y me produjese una herida alrededor, una quemadura por la fricción. Sentí el escozor y me llevé la mano. Había muy poca sangre, pero me dolía mucho. Salí corriendo y llorando a casa, donde mi madre me curó la herida con agua y jabón.
Pero se corrió el rumor de que había intentado suicidarme y me ha quedado entre alguna gente fama de suicida a pesar de que haya explicado el caso muchas veces.
Cuando ahora alguien me recuerda el asunto, «¿Te acuerdas de cuando te quisiste colgar? ¡Mamaciña!», actúo como si estuviese arrepentido de semejante locura y suelo contestar con un «¡Ay, las cosas del amor, del desamor!».

Un bautizo

      Después de la misa, cuando había bautizo, un grupo de niños nos juntábamos en la plaza esperando a que saliesen los familiares o, más concretamente, el padrino, que era quien llevaba la bolsa. A las primeras voces de ¡padrino, tacaño!, metía la mano en ella y comenzaba a lanzar al aire las monedas de peseta y de duro. Las tiraba de poco en poco para que durasen todo el camino hasta la casa donde había de celebrarse el banquete familiar. Caía al suelo el dinero, y los niños hacíamos tumulto para cogerlas entre un bosque de piernas y brazos, de zapatos y katiuskas, compitiendo muchas veces con algunos mayores, que también las querían y, quizás, las necesitasen más. Por su mayor altura, algunos las agarraban antes de tocar el suelo, en el aire, para nuestra frustración y enfado.

      En una ocasión, mientras esperábamos la salida de la comitiva, un grupo de hombres que bebían vino del malo en la plaza, tiraban pesetas al pastor del pueblo, como quien tiraba penaltis. El hombre permanecía atento y, desde una poca distancia, le lanzaban la moneda. Él se estiraba como el portero en el fútbol, la agarraba y caía contra el suelo de tierra y polvo; si no la agarraba a la primera, después del golpe se levantaba rápido y la buscaba a su alrededor. Algunos picardeaban, haciéndole creer que iba hacia un lado y luego tiraban hacia el otro. Gritaban ¡gol!, se reían, bebían de sus vasos y se pinchaban unos a otros para ver quién era el siguiente en gastar la moneda. El infeliz esperaba tenso, la boina calada,  fija la mirada en la moneda y en la mano. Cuando se cansaron, pidieron más vino y se pusieron a hablar de cosas de mayores mientras el pastor se volvía contando las monedas al monte donde había dejado el rebaño al cuidado de los perros.

Los torpes

Los torpes no perdemos la calma ante las catástrofes. Con tranquilidad observamos cómo cae del armario de la cocina un vaso de plástico que golpea en su camino un plato, que también cae, que se rompre en el fregadero y salpica la encimera. Todo lo más, intentamos pararlo con la mano, pero nos encontramos en mitad del camino con una botella de aceite que, del manotazo, cae al suelo y lo engrasa todo.

Con tranquilidad, repito, los torpes nos vamos al balcón a fumar un cigarrillo mientras esperamos, mirando a la Luna, a que las cosas terminen de caer en la cocina.