¿Debe el mercado influir en la Educación?

Es una pregunta importante, actual. Los planes de estudio, poco a poco pero cada vez más, están introduciendo, desde las más tempranas etapas educativas, contenidos dirigidos, dictados, por eso que se llama «el mercado laboral», que parece que no es nadie pero son los de siempre. A veces se usa una expresión más eufemística, «lo que la sociedad demanda», que es una forma de hacernos a todos partícipes, demandantes, de lo que demandan y desean los de siempre.

Es un error gravísimo pretender que se eduque, como se suele decir, «para el día de mañana». ¿Y qué vais a dejar para hoy, para el presente?, les digo a mis alumnos cuando manifiestan ese carácter excesivamente utilitarista del conocimiento. Así no vais a disfrutar de lo que aprendáis; ahorrad un poco de dinero, sí, no seáis manirrotos (por cierto, hacedme el análisis morfológico de «manirrotos») cuando haya peligro de ruina, pero gastad todo el gozo de aprender ahora, que mañana habrá más y será mejor, etc.

El debate no es nuevo. Ya en los años cuarenta, Pedro Salinas pronunció un discurso en la Universidad de Puerto Rico titulado Defensa del estudiante. He seleccionado un extracto que dice así:

¿Qué es un estudiante?

El estudiante es el que estudia, el que está cursando estudios en una universidad u otro centro. Estudiar supone aplicar la inteligencia a los libros o a la adquisición de conocimiento. Esto es, consiste en fijar la atención mental en un punto para entenderlo. La simple actividad de estudiar no da categoría de estudiante, sino que es circunstancial. Es el propósito del estudio el que nos proporciona una base para distinguir entre las varias clases de estudiantes.

Este propósito puede ser el deseo de conocer la verdad, el afán de saber por saber; el deseo de hacer avanzar la ciencia, esto es, el terreno de lo conocido y posible por el hombre, el deseo de formar la personalidad, por el cultivo de la inteligencia; el deseo de servir directamente a la sociedad, de contribuir en una institución o actividad social al mejoramiento de la vida de todos. Y por último, el deseo de ganarse la vida, de buscar un modo de vivir que ponga al que estudia fuera de las incertidumbres de la necesidad material. La diferencia entre los primeros y el último es el desinterés: la actitud del estudiante, en los primeros, dirige su actividad, o a la materia de estudio en sí, a la filosofía, la física, etc., a sus verdades o a la sociedad, a los prójimos; en el último, la materia estudiada es un instrumento que se pone al servicio del provecho particular de cada uno, y acaba en un interés personal o individual. Así pues, existen ciertos valores objetivos que atraen , por sí, otro interés privado que supedita a aquellos.

Si se hiciera la historia del estudiante, se vería que al principio iban la mayoría a la universidad movidos por curiosidad intelectual, por la sed del saber, por la vocación intelectual. Y que la evolución del tipo de estudiante en los tiempos modernos ha tomado el sentido de conservar, a lo sumo a disminuir, el número de estudiantes altamente interesados y a crecer en proporciones fabulosas el número de los personalmente interesados. Las causas de este cambio hay que buscarlas en factores sociales, económicos, etc. Cuando reflexionamos sobre el estudiante, nos acercamos a un tipo humano, uno de los descritos por Spranger. Pero el estudiante de tipo egoísta puede recibir un gran beneficio de su paso por la universidad, y es penetrarse de esa atmósfera superior al lucro.

Hoy en día asistimos en nuestra sociedad al aumento de la valoración del conocimiento técnico y a su reflejo en la universidad y en el estudiante. Este hecho influye en la decadencia del tipo de estudiante que asiste movido por el deseo de conocimiento. Esta transformación se nota en el aumento de estudiantes que van a las aulas movidos por el deseo de capacitarse para ganar dinero, que priman sobre los que van impulsados por un deseo de mejorarse a sí mismos, de saber, de hacerse útiles para los demás. Siempre hubo estudiantes de las dos clases. La cuestión que se plantea es la de la proporción, pues actualmente los que predominan son los segundos.

¿Quién es el culpable de que se altere la proporción? ¿La sociedad? ¿La tendencia de la sociedad a la sobreestima de los valores económicos y prácticos? Sí, hasta cierto punto. Pero con la complicidad de la universidad. Yo diría más: la universidad es la verdadera responsable, puesto que ella debe ser la que en un momento de peligro para los valores superiores, salga a su defensa y se oponga a que queden arrollados y sumergidos por los inferiores. No puede ser la universidad una simple mandataria de la sociedad, sino que debe ser algo más: una directora. Uno puede ir a un sastre a encargarle un traje a la medida. Pero no se puede encargar a la universidad tipos de hombre a capricho. Por hacerlo así se ha hundido la universidad alemana. Porque Hitler, en vez de dejarla que hiciese hombres, la mandó que hiciera nazis.

Pedro Salinas, «Defensa del estudiante», en Defensa del estudiante y de la universidad. Ed. Renacimiento.

Carta de España

[…] Porque el régimen, que tan noble capacidad de asimilación ha demostrado en otros terrenos, se encuentra en este con un límite insalvable: la libertad de expresión inevitablemente conduciría al libre examen de la interpretación que él ha dado de sí mismo, de sus orígenes y de sus finalidades.Jaime Gil de Biedma

En lo que respecta a las artes, las ideas y la información, el new deal franquista no pasa de ser astucia, más o menos habilidosa, para buscar coartadas.Una más exacta idea del perímetro glúteo de Sofía Loren y la prueba, recientemente suministrada por las pantallas de cine españolas, de que en el extranjero un hombre y una mujer van a veces juntos a la cama sin estar casados y sin que ella sea puta —prueba que la inmensa mayoría de los púberes del litoral turístico había verificado ya particularmente, y a entera satisfacción suya—, a eso y poco más se reduce la información suplementaria que los españoles hemos obtenido gracias al celo ilustrado del nuevo Gran Visir de la Información:

Mente clara, gran cultura,

Los placeres de la carne,

Nunca del todo censura

Don Manuel Fraga Iribarne.

O como estrictamente informa la voz popular, también en consonante: «Con Fraga, hasta la braga». Más inteligente, aunque sea la suya una inteligencia tosca, que su predecesor, el difunto Arias Salgado, y políticamente más ambicioso, aunque casi toda su ambición sea vanidad, por lo que toca a la libre expresión de las ideas sólo difiere de él en los métodos, menos sencillos: mientras Arias se contentaba con silenciar las voces discordantes, sin ir más allá,Fraga Iribarne y Franco Fraga se esfuerza en seducirlas para que digan lo que conviene a su política —que no es exactamente la de Franco, puesto que es un hombre joven con esperanzas para después— y, si no lo consigue, intenta destruirlas. La verdad es que, al cabo de dos años de pontificado suyo, muchos escritores nos sentiríamos tentados de añorar a su predecesor. Era cerril, exasperante, pero en el fondo menos peligroso y hacía reír. Porque se trataba de una aparición inimaginable, de una idea que cualquier mente no española apenas alcanzaría a concebir, de una entelequia imposible de realizarse en otro país que en este, y en un cierto momento; sólo si de la unión de un mono y una monja pudiese nacer un mulo conocería el mundo una aproximada réplica del lamentado ex ministro.Arias Salgado ¡Cuán reconfortante, cuán íntimamente consolador, era ver en él la representación de la política cultural del régimen!

En tales circunstancias, el panorama literario español resulta forzosamente mortecino. El desdén de la realidad y una embarazosa convicción de estar defendiendo la buena causa mantienen todavía a una parte de los escritores en las posiciones de hace unos años. Sus poemas, novelas y ensayos —la censura consiguió hace muchos años liquidar toda posibilidad de un teatro vivaz e independiente— adolecen de lo que un buen poeta, José Ángel Valente, llama formalismo temático, y no son otra cosa que gestos rituales, exorcismos encaminados a expulsar los demonios, cada vez más insistentes, que atormentan su buena conciencia de escritores engagés. Otros están demasiado atareados en asimilar, y en padecer, la nueva situación, para poder escribir o para que lo que escriben no resulte, en el fondo y en la forma, incompleto y ambiguo.José Ángel Valente Pero no sería extraño que dentro de muy poco se desencadenase una intransigente reacción contra la literatura social que ha predominado, bajo diversas etiquetas y con varios matices, durante los últimos quince años. En los poetas más jóvenes, ese movimiento ya empieza a dibujarse.

Lo más importante de 1964 fue una catástrofe: la muerte del escritor y psiquiatra Luis Martín-Santos, desbaratado en un accidente de automóvil. Aunque su oído para el ritmo verbal era pobre y rara vez consiguió hacer bailar las palabras impresas en la página, poseía un talento literario considerable y era el escritor más inteligente, más educado, con más dominio de sus ideas y de su oficio de toda la joven literatura. Le adornaban, además, dos cualidades Camilo José Celararas en un español: seriedad y sentido del humor.Luis Martín-Santos Su primera y única novela, Tiempo de silencio, compone con La colmena, de Cela, y El Jarama, de Sánchez Ferlosio, el catálogo bien escaso de novelas valiosas aparecidas después de la guerra. Las tres juntas, y cada una a su modo, ofrecen una imagen memorable de Madrid y de España entre 1940 y 1955.

Luis GoytisoloResulta deprimente meditar en cómo se han perdido los creadores de esos libros: Martín-Santos, muerto; Sánchez Ferlosio, voluntariamente apartado de la literatura —por nihilismo y por un prurito muy español de fastidiar y fastidiarse—; Cela, el de más edad, convertido en viajante de su obra ya escrita. Y fuera de esas tres no hay ninguna que valga verdaderamente la pena. Las afueras, de Luis Goytisolo, quizá.

Hay, eso sí, un buen escritor a quien siempre se leeRafael Sánchez Ferlosio con placer y de quien se puede esperar que nunca dará sorpresasMiguel Delibes desagradables, aunque tampoco, es posible, ninguna otra clase de sorpresas: Miguel Delibes. Si los escritores españoles supiesen cantar y organizasen una representación de Don Giovanni, a Delibes inevitablemente —a veces me pregunto si no hay en ello justicia—le correspondería el papel de don Octavio,que no es brillante, ni seductor, ni tiene tanta vitalidad, pero es honrado y valiente y al final se casa con doña Ana.Ana María Matute Y ahora, ese nombre me hace pensar que Ana María Matute sería una conmovedora doña Elvira.El pie de la letra (Lumen)

 

 

 

 

Jaime Gil de Biedma, «Carta de España (o todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1965)», en El pie de la letra. Ed. Lumen.

Cortázar y lo lúdico en la literatura

«Para empezar, un escritor juega con las palabras, pero juega en serio; juega en la medida en que tiene a su disposición las posibilidades interminables e infinitas de un idioma […] Si ustedes se acuerdan —y creo que todos nos acordamos; aunque la hemos deformado un poco en el recuerdo, de todas maneras nos acordamos de nuestra infancia— estoy seguro de que todos ustedes recordarán muy bien que cuando jugábamos, jugábamos en serio. El juego era una diversión, desde luego, pero era una diversión que tenía una gran profundidad, un gran sentido para nosotros […]

»Cuando un hombre entra luego en la literatura esto puede perdurar; en mi caso ha perdurado: siempre he sentido que en la literatura hay un elemento lludico sumamente importante y que, paralelamente a lo que habíamos dicho del humor, la noción de juego aplicada a la escritura, a la temática o a la manera de ver lo que se está contando, le da una dinámica, una fuerza a la expresión que la mera comunicación seria y formal —aunque esté muy bien escrita y muy bien planteada— no alcanza a transmitir al lector, porque todo lector ha sido y es un jugador de alguna manera y, entonces, hay una dialéctica, un contacto y una recepción de esos valores.

»Hacia los años cincuenta, después de un proceso que les voy a resumir en pocos minutos, escribí una serie de pequeños textos que luego se publicaron con el nombre de Historias de cronopios y de famas. Hasta ese momento había escrito una o dos novelas y una serie de cuentos fantásticos; todo lo que había escrito podía considerarse como ‘literatura seria’ entre comillas, es decir, que si había elementos lúdicos —y sé muy bien que los hay—, estaban un poco más disimulados bajo el peso dramático y la búsqueda de valores profundos. Sucedió que, cuando di a leer esas historias de cronopios y de famas a mis amigos más cercanos, la reacción inmediata tendió a ser negativa. Me dijeron: ¿Pero cómo puedes perder el tiempo escribiendo estos juegos? ¡Estás jugando! ¿Por qué pierdes el tiempo haciendo eso? Tuve ocasión de reflexionar y convencerme —y sigo convencido— de que no perdía el tiempo, sino que simplemente estaba buscando y a veces encontrando un nuevo enfoque para dar mi propia intuición de la realidad. Seguí escribiendo esos pequeños relatos, que se sumaron al punto que finalmente dieron un libro. Cuando ese libro apareció sucedió, para mi gran alegría, que en América Latina había muchos, muchos lectores que también sabían jugar. Como dice la vieja canción infantil, sabían abrir la puerta para ir a jugar».

Julio Cortázar, Clases de literatura. Brekeley, 1980. Ed. Debolsillo. 2016

Sharon Olds

Hace unas semanas descubrí a la poeta estadounidense Sharon Olds (San Francisco, 1942) a través de las magníficas ediciones bilingües de la editorial Bartleby Editores. Es un poesía descarnada, de imágenes durísimas, que transmite un desasosiego constante.
Hoy me ha llegado Los muertos y los vivos (The dead and the living, 1983). El cuarto poema de este libro, ‘Retrato de un niño’, describe la fotografía de un pequeño muerto en Yerevan, Armenia, en 1921. (más…)