Un bautizo

      Después de la misa, cuando había bautizo, un grupo de niños nos juntábamos en la plaza esperando a que saliesen los familiares o, más concretamente, el padrino, que era quien llevaba la bolsa. A las primeras voces de ¡padrino, tacaño!, metía la mano en ella y comenzaba a lanzar al aire las monedas de peseta y de duro. Las tiraba de poco en poco para que durasen todo el camino hasta la casa donde había de celebrarse el banquete familiar. Caía al suelo el dinero, y los niños hacíamos tumulto para cogerlas entre un bosque de piernas y brazos, de zapatos y katiuskas, compitiendo muchas veces con algunos mayores, que también las querían y, quizás, las necesitasen más. Por su mayor altura, algunos las agarraban antes de tocar el suelo, en el aire, para nuestra frustración y enfado.

      En una ocasión, mientras esperábamos la salida de la comitiva, un grupo de hombres que bebían vino del malo en la plaza, tiraban pesetas al pastor del pueblo, como quien tiraba penaltis. El hombre permanecía atento y, desde una poca distancia, le lanzaban la moneda. Él se estiraba como el portero en el fútbol, la agarraba y caía contra el suelo de tierra y polvo; si no la agarraba a la primera, después del golpe se levantaba rápido y la buscaba a su alrededor. Algunos picardeaban, haciéndole creer que iba hacia un lado y luego tiraban hacia el otro. Gritaban ¡gol!, se reían, bebían de sus vasos y se pinchaban unos a otros para ver quién era el siguiente en gastar la moneda. El infeliz esperaba tenso, la boina calada,  fija la mirada en la moneda y en la mano. Cuando se cansaron, pidieron más vino y se pusieron a hablar de cosas de mayores mientras el pastor se volvía contando las monedas al monte donde había dejado el rebaño al cuidado de los perros.

Los torpes

Los torpes no perdemos la calma ante las catástrofes. Con tranquilidad observamos cómo cae del armario de la cocina un vaso de plástico que golpea en su camino un plato, que también cae, que se rompre en el fregadero y salpica la encimera. Todo lo más, intentamos pararlo con la mano, pero nos encontramos en mitad del camino con una botella de aceite que, del manotazo, cae al suelo y lo engrasa todo.

Con tranquilidad, repito, los torpes nos vamos al balcón a fumar un cigarrillo mientras esperamos, mirando a la Luna, a que las cosas terminen de caer en la cocina.

Un día entero

Despertador: un sueño interrumpido, un sueño a medias. Café, las camas, desayunos, besos, una ducha caliente y un poco de prisa. Colegio, suerte en el examen, besos, casa, lavadora, ropa en el balcón, ropa en la mochila, gimnasio, cinta, kilómetros, bicicleta, pesas, músculo, venas y sudor, ropa empapada. Respiración. Café, terraza, pan. Una lectura, ¡algo de belleza! Algún periódico, noticias-propaganda, opiniones obvias, personales, desperdicio, basura, ninguna aportación, alguna gracia, alegría o enfado del lector, reafirmación, tiempo perdido, ningún aprendizaje. Mercado, frutas, verduras, carne, peces. Ensalada, puchero, sartén, cubiertos, platos, servilletas, alimento. Colegio, besos, deberes, restas con llevada, redacciones, parque, niños, madres, padres, correteos, lectura en una sombra, café, compras de última hora, las ocho de la tarde, casa, baños, ducha, cena, lavavajillas, juegos, buenas noches, besos, balcón con Luna y Venus en el cielo, café, silencio, sueño.
Los días sin verbo, sin acción, sin sujeto ni objeto.

Parque

Es el parque, el bar del parque. Niños con pelota al fondo. Camisetas del Madrid, del Barça, del Atleti. Un abuelo es el árbitro. La pelota se viene entre las mesas. Grada, familia. Cervezas, refrescos y café. Café con hielo. No hay bombón helado. Murmullo de juegos pilla-pilla por la orilla, naipes, cien en reyes, cotilleos, Podemos comunistas, fin de los tiempos, es el fin de la historia.
Un perro lame el grifo de la fuente que una niña le abre.
Tirantes, escotes, espaldas con lunares. Un pie mueve sus dedos fuera de una sandalia o acaricia una pierna de hombre por debajo de la mesa. ¡Besos, pero no darlos!.
Es primavera. Tristeza de estos días, de este mes de muerte y hospitales, de tanatorios, templos, sepulcros y ceniza. Toda muerte es horrible, ¡pero la tuya, tanto!, compañero de bici, tan temprano. Anoto todo rápido y pido más café. Son uno treinta. La camarera baila una música de ahora y llora un niño haber fallado un gol cantado. El parque. La Luna cuelga del cielo, sobre mi cabeza pende.