El niño pío

   «¿Dónde está el niño que fui?», se preguntan a menudo los poetas. Hoy por fin conocemos la respuesta: ese niño está en Twitter, tantos años silente. Vuelve a nacer, aprende a hablar de nuevo, mensajes breves, balbuceos desde su cuerpo adulto, con tanto pelo ya en los cojones o en el coño moreno o castaño o rubio o pelirrojo o depilado. No, me equivoco, no aprende a hablar: regresa a aquel lenguaje mediante el «baby talk», y, en vez de decir «sí», nos dice «chi» o dice «pupa» o pide mimos, tres ejemplos inocuos, sí, algo hay de ternura. La infancia perdida, cualquier tiempo pasado, la niñez con carrera, con máster, con trabajo. Ahora, sí, da gusto ser un crío. El niño travieso, gamberrete, un poco repeinado y relamido, sapientín. En su primera infancia, aquella con el cuerpo y con la mente por hacer, descubría el mundo, tomaba posesión de él, se enriquecía. Ese niño, hoy, destruye cuanto observa, cuanto le sale al paso. Y se ha vuelto fanfarrón. Como si no le quedase nada que aprender, otorga los diplomas del Grado en Cuñadismo y busca agravios desquiciado y busca aplausos, palmadas en el hombro, la mano de otros untándole la espalda, el lomo, tiralevitas, ¡ay! ¡Cómo son estos niños de ahora! La curiosidad se le ha vuelto vigilancia, quiero ver todo aquello que odio, porque, mirad, esto es lo que odio y esto y esto otro y también esto. No ama nada o no dice lo que ama, lo que anhela, lo que sueña; es un niño sin mente creadora, un niño destructor y destructivo. Busca, como digo, no aquello que le agrada, sino lo que le enfada y le molesta para hacer visibles su molestia y su enfado. Soy lo que me repugna. Es un niño chivato que parece feliz con el dolor ajeno que provoca el escarnio del punto delante de la arroba o diciéndole al jefe, al jefe del otro, que lo mande al paro porque no le gusta lo que el otro dice. Tan adulto y tan niño; en cierto modo, es un camino cortado, un Estado fallido, «es una fruta vana». A veces cuesta penetrar en la mente de un niño. Aunque igual me equivoco y, en realidad, no sea más que un adulto intentando follar, plumaje de urogallo, del ciervo la berrea, la llamada —tan bella— de la naturaleza.

Ars Amandi: Sexo y ropa.

     Ame a la mujer vestida. Localice sus partes desnudas y comience por ellas. La cara. Las mejillas tienen algo de fraternal o familiar que puede ser contraproducente, aunque, quién no ha tenido una prima que… Mejor los labios o la nariz o la barbilla o el cuello. Si no llevase guantes, podría besar sus manos con estilo aristocrático, y luego morder sus dedos o chuparlos mientras la mira a los ojos. También los de los pies si estuviese descalza (cosa que ocurre mucho en verano) y los tobillos. O ir piernas arriba, las rodillas. O el cuello o un hombro o un escote o un ombligo. Ame a la mujer vestida, y que vayan cayendo las prendas como se van desnudando los árboles en otoño: con naturalidad. El cuerpo desnudo que no ha sido desnudado pierde la gracia de la sorpresa, del descubrimiento. Y la ansiedad que produce no saber por dónde comenzar a besarlo.

También es recomendable toda la ropa, eso sí, contando con la ayuda de unos botones desabrochados o una cremallera bajada. Sea cuidadoso: es probable que a ella le guste ver cómo lo hace. Es un sexo urgente y pudoroso, un poco adolescente y un poco prohibido, un aquí te pillo de manos por entre los pantalones y las blusas, avanzando sobre capas de ropa interior, de gomas que aprietan los dedos, dedos que son como las raíces de un árbol que buscan la humedad de la tierra entre sus piernas. Usted ya me entiende. Posturas imposibles para hacer sitio, entrega, sometimiento de los cuerpos, escorzos, tensión. Es el deseo, que, como fuerza incontrolable, no está nada mal, punto de no retorno: cuando se pasa de risas a veras y se acabaron las tonterías. No subestime esta modalidad, y sea rudo y áspero cuando sus manos estén sobre la ropa, y delicado cuando estén sobre la piel. Es como ver con las manos, reconocer las formas mediante el tacto, visualizarlas pero no verlas. Es una gran responsabilidad. Los susurros atrevidos, algo indecorosos, pueden multiplicar el descontrol y adelantar el advenimiento. Usted tiene el control y debe decidir los tiempos. Como se aprende esto es con la práctica, con la interpretación de lo que va pidiendo un cuerpo cuando se estremece: más estremecimiento.

Un bautizo

      Después de la misa, cuando había bautizo, un grupo de niños nos juntábamos en la plaza esperando a que saliesen los familiares o, más concretamente, el padrino, que era quien llevaba la bolsa. A las primeras voces de ¡padrino, tacaño!, metía la mano en ella y comenzaba a lanzar al aire las monedas de peseta y de duro. Las tiraba de poco en poco para que durasen todo el camino hasta la casa donde había de celebrarse el banquete familiar. Caía al suelo el dinero, y los niños hacíamos tumulto para cogerlas entre un bosque de piernas y brazos, de zapatos y katiuskas, compitiendo muchas veces con algunos mayores, que también las querían y, quizás, las necesitasen más. Por su mayor altura, algunos las agarraban antes de tocar el suelo, en el aire, para nuestra frustración y enfado.

      En una ocasión, mientras esperábamos la salida de la comitiva, un grupo de hombres que bebían vino del malo en la plaza, tiraban pesetas al pastor del pueblo, como quien tiraba penaltis. El hombre permanecía atento y, desde una poca distancia, le lanzaban la moneda. Él se estiraba como el portero en el fútbol, la agarraba y caía contra el suelo de tierra y polvo; si no la agarraba a la primera, después del golpe se levantaba rápido y la buscaba a su alrededor. Algunos picardeaban, haciéndole creer que iba hacia un lado y luego tiraban hacia el otro. Gritaban ¡gol!, se reían, bebían de sus vasos y se pinchaban unos a otros para ver quién era el siguiente en gastar la moneda. El infeliz esperaba tenso, la boina calada,  fija la mirada en la moneda y en la mano. Cuando se cansaron, pidieron más vino y se pusieron a hablar de cosas de mayores mientras el pastor se volvía contando las monedas al monte donde había dejado el rebaño al cuidado de los perros.

Los torpes

Los torpes no perdemos la calma ante las catástrofes. Con tranquilidad observamos cómo cae del armario de la cocina un vaso de plástico que golpea en su camino un plato, que también cae, que se rompre en el fregadero y salpica la encimera. Todo lo más, intentamos pararlo con la mano, pero nos encontramos en mitad del camino con una botella de aceite que, del manotazo, cae al suelo y lo engrasa todo.

Con tranquilidad, repito, los torpes nos vamos al balcón a fumar un cigarrillo mientras esperamos, mirando a la Luna, a que las cosas terminen de caer en la cocina.

Un día entero

Despertador: un sueño interrumpido, un sueño a medias. Café, las camas, desayunos, besos, una ducha caliente y un poco de prisa. Colegio, suerte en el examen, besos, casa, lavadora, ropa en el balcón, ropa en la mochila, gimnasio, cinta, kilómetros, bicicleta, pesas, músculo, venas y sudor, ropa empapada. Respiración. Café, terraza, pan. Una lectura, ¡algo de belleza! Algún periódico, noticias-propaganda, opiniones obvias, personales, desperdicio, basura, ninguna aportación, alguna gracia, alegría o enfado del lector, reafirmación, tiempo perdido, ningún aprendizaje. Mercado, frutas, verduras, carne, peces. Ensalada, puchero, sartén, cubiertos, platos, servilletas, alimento. Colegio, besos, deberes, restas con llevada, redacciones, parque, niños, madres, padres, correteos, lectura en una sombra, café, compras de última hora, las ocho de la tarde, casa, baños, ducha, cena, lavavajillas, juegos, buenas noches, besos, balcón con Luna y Venus en el cielo, café, silencio, sueño.
Los días sin verbo, sin acción, sin sujeto ni objeto.