Agrandaré mis prisiones

© Shae DeTar

Ya que no puedo ser libre
agrandaré mis prisiones.

 Cambiaré los tristes muros
por alegres horizontes.
No pisaré ningún suelo
sino abismos de la noche.
Techos que a mí me cobijen
cielos serán los mejores.

 Ya que no puedo ser libre
agrandaré mis prisiones.

Manuel Altolaguirre (últimos poemas, 1955-1959).

Que acaricia y canta

© Roza Vulf

El corazón es agua
que acaricia y canta.

El corazón es puerta
que se abre y se cierra.

El corazón es agua
que se remueve, arrolla,
se arremolina, mata.

Miguel Hernández, Cancionero y romancero de ausencias (1938-141).

Hay quienes se pierden

© Bettina Rheims

«Hay quienes se pierden por codicia y quienes se pierden por vanidad; quienes se pierden por ambición y quienes se pierden por no querer perderse; hay quienes se pierden por una criatura, y tú te perderías por unos ojos y por una voz.

Podrías seguirlos hasta el infierno (si ya no estás en camino), por una palabra, por una mirada, y aun te parecería poco el precio».

(Luis Cernuda, Variaciones sobre tema mexicano, 1952).

Petrificada, ausente, sin lágrimas ni voz

Madrid, 26 de marzo, 1934

Mi queridísimo Don Miguel [de Unamuno],

Hablo constantemente de V. con mis amigos ateneístas, Meléndez, Rodolfo Reyes, Baroja, Vighi, Valero Martín… Le recuerdo con la devoción de siempre. Siento con toda mi alma su ausencia. He sufrido mucho recluida en un sanatorio de enfermedades nerviosas. Debí seguir el tratamiento en casa, pero a mi lado faltó una voluntad enérgica y los médicos convencieron a mi madre de la necesidad de un aislamiento total. Y una noche trágica me llevaron a viva fuerza al sanatorio. Al enfermatorio. Protesté, grité y me encerraron en una habitación alta pintada de amarillo, con una cama atornillada al suelo y sólida puerta de hierro que cerraban implacables. Me moría de miedo. Entre el sopor de los narcóticos, oía los gritos alucinantes de las locas y pasaba horas y horas acurrucada en un rincón como un animal enfermo, entre congojas de agonía y súplicas de una ternura que nadie quería darme.

Rodeada de seres mecánicos, insensibles al dolor humano comprendí que lo mejor era fingir una conformidad que no sentía. Creí ahogarme de angustia, me cruzaba el pecho un dolor de llaga. Al fin quedé petrificada, ausente, sin lágrimas ni voz.

[…]

No olvide el todo a su triste amiga
Margarita Ferreras

 

 

 

 

Revuelto en oleadas de agonía
trepa por mis raíces
y florece en sonrisa,
este instinto
que araña como un topo
en las sombras amargas
que me entierran en vida.

(Margarita Ferreras, Pez en la tierra. Ed. Torremozas).

 

 

Toda la diversión se apagó

XI

Después de aquel sueño, de aquella reunión tan triste, toda la diversión se apagó; se apagaron las risas y los festejos, porque la situación en Madrid empezó a ponerse alarmante por la guerra. La gente de derechas empezó a asaltar a los obreros; los domingos, cuando salían a las afueras de la ciudad, los emboscaban quiténdoles el jornal y maltratándolos. Lo mismo hacían con los niños voceros que vendían periódicos de izquierdas por la calle. Por aquellos días, Alberti se destacó como comunista. Durante los últimos tiempos no había asistido a las reuniones en nuestra casa, porque en la suya juntaba a comunistas de todo el mundo para hablar de política. Así como se iba a casa de Aleixandre a pasarlo bien, se iba a casa de Rafael a hablar de política. Alberti se comportó con nosotros de manera muy desleal y desagradable, ya que un día se le ocurrió tomar los nombres de Aleixandre, Cernuda, Moreno Villa, el de Manolo [Altolaguirre] y el mío para incluirnos en un manifiesto comunista para el cual necesitaba el apoyo de los escritores. Lo tomó, poniéndonos en peligro, sin que ninguno de nosotros estuviera de acuerdo con la infiltración de la ideología comunista en España.

Una mañana muy temprano fue García Lorca a nuestra casa; quería estar a solas con Manolo y conmigo; se le veía triste y pensativo, en comparación a su carácter de siempre, alegre, yendo a casa a buscar gente. Estuvimos juntos toda la mañana y salió diciendo, muy amable,:«¡Adiós, adiós…!». Yo salí a despedirlo a la puerta y me dijo: «Concha, habrá un concurso de teatro en el que voy a formar parte del jurado, y seguro que el premio será para ti, por tu Carbón y la rosa». Aún hoy no he podido olvidar aquellas palabras cariñosas de Federico, fue la última vez que lo vi. Ese mismo día, por la noche, fuimos a la embajada de Chile; estábamos esperando a Federico cuando llegó Rafael Martínez Nadal, que era su mejor amigo, para decirnos que lo acababa de dejar en el tren rumbo a Granada.

Paloma Ulacia Altolaguirre. Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas. Ed. Renacimiento (2018)