En clase

©Tamara Lichtenstein

El otro día, unos pocos alumnos manifestaron en clase que se sentían desgraciados por el mero hecho de vivir. «¡Por qué he tenido que nacer!», se lamentaba uno. «¿Vivir para después morirte?», preguntaba otro. «Esto es una mierda, profe», afirmaba otra. Casi todos asentían. Se montó un pequeño guirigay existencial que yo, a pesar del ruido, no me atreví a parar; al contrario, me frotaba las manos para mis adentros y los dejaba decir. ¿Cómo iba a parar lo que tanto tiempo llevaba esperando? ¡Qué alegría al ver que van saliendo las preguntas! «¡Ahí os quería yo ver!», les dije mientras sonaba el final de la clase.

Preparé para el día siguiente tres poemas sencillos, fáciles, apropiados y bonitos. Nos sentamos formando un círculo y leímos. En primer lugar, «Vivo y mortal», de Blas de Otero. Después de comentarlo brevemente, seguimos con «Palabras para Julia», de José Agustín Goytisolo, y  acabamos la sesión con la lectura de «En paz», de Amado Nervo.

Los versos sonaban bellísimos por entre el silencio.

Que come todo lo sano

© Tamara Lichtenstein

Ell amor ha tales mañas
que quien no se guarda dellas,
si se l’entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas
.

Ell amor es un gusano,
bien mirada su figura:
es un cáncer de natura
que come todo lo sano.
Por sus burlas, por sus sañas,
dél se dan tales querellas
que, si entra en las entrañas,
no puede salir sin ellas
.

Florencia Pinar (siglo XV).

Demasiado peligro para sólo una vida

© Tamara Lichtenstein

 

Alcoba cerrada

Por detrás de la puerta,
guardado por cerrojos de silencio y de agua,
esperando, desnudo, tu cuerpo. Tibiamente,
mansamente desnudo, hermoso hasta el dolor.
No entraré a descubrirte.
No violaré el santuario de tu carne entreabierta.
Demasiado peligro para sólo una vida,
demasiado pecado para tan sólo un alma.

Josefa Parra, Alcoba del agua (2002).